octubre 14, 2020

Críticas: White God (Dios blanco)

White God - Cinema ad hoc

“Todo lo que es terrible necesita de nuestro amor” – Rainer Maria Rilke

Junto a la reveladora cita del poeta germánico que abre esta crítica, apelando a un sentimiento colectivo, otro breve inciso aparece cuando se ilumina la pantalla. La dedicatoria del sexto largometraje de Kornél Mundruczó a su recientemente fallecido compatriota Miklós Jancsó, cuya trayectoria estuvo en buena parte dedicada a testificar la opresión en la Hungría comunista, puede predisponer a leer de forma alegórica un trabajo que resulta transparente en su intención política.

Los primeros instantes de White God contienen información suficiente para ayudarnos a reinterpretar todo lo que sucede a continuación. Las imágenes independientes y ralentizadas de la joven Lili huyendo en una urbe desierta de la persecución de una desbocada manada de perros, utilizadas en todos los vídeos promocionales e identificables con el clímax de una atractiva película de terror, no nos incitan por sí solas a discurrir sobre la posición de sumisión subvertida que impera en las mismas. Su premeditada potencia visual, además del fuerte carácter anticipatorio que las impregna, condiciona el resto de un visionado que transcurre por cauces más directos. Son los siguientes compases, que presentan al personaje jugando con su mascota Hagen, ofreciéndole una confianza observada con recelo por el resto de humanos, los que inician esta reflexión. El padre de Lili trabaja en un matadero, hacia donde desfilan las vacas a su destino de adecuarse al consumo humano. Y los perros de raza mixta, como Hagen, deben pagar un ineludible impuesto especial por existir, técnica de control social que se impone en su amistad y provoca la separación que supone el conflicto principal de la película, prácticamente irrelevante al lado de las conclusiones a las que da pie.

White God (2) - Cinema ad hoc

Mundruczó, que hasta ahora era conocido por abordar paisajes humanos más aletargados, confronta aquí el ruido y la música, la acción y la contemplación. Es su modo de mostrar la división latente entre los dos grupos opuestos pero tangentes que conforman este universo: los opresores, que castigan la huida de Hagen y lo someten a un confinamiento que niega todo carácter independiente; y los oprimidos, que una vez en manada dejan de aceptar esa condición pasiva que siempre habían rumiado en silencio ante el visto bueno social. Inconscientemente, uno busca en esas reuniones silenciosas –siempre primorosamente filmadas, otorgando a los canes la condición medular que tienen aquí sin privarles de ninguna espontaneidad– un resorte argumental que desencadene el sublevamiento de la secuencia inicial, pero lo acabamos hallando en la violencia ejercida por la parte dominante. Es difícil no leer White God como la enésima versión de la rebelión de las masas contra un poder asfixiante y abusivo. Hacerse una idea básica del debate sobre racismo que lleva décadas imperando en Hungría, país en el que la extrema derecha ha ascendido hasta ser ya la segunda fuerza política, termina de reforzar la lectura alegórica. Aquí, en el último acto, los apestados suplen sus habituales y esperables instintos primarios de obediencia por el único de la venganza. “Lo más aterrador es que los perros ya no se comportan como animales”, difunden los medios. No hay nada que perder cuando se te ha negado todo.

El camino hasta llegar a esta cima resulta algo errático. Mundruczó juega a expandir un universo de sumisión que ya desarrolla en el primer acto, con lo que es inevitable sentir la extensa parte central algo descompensada, contando con la presencia episódica de secundarios de escasa relevancia como el del compañero de orquesta de Lili. No sucede así con el apartado de la rebelión canina, en el que las repeticiones ayudan a palpar ese sentimiento de impotencia que se traduce en la catarsis colectiva posterior. El discurso de White God está justificado y condicionado por el genio de una apertura y un cierre que guardan la práctica totalidad de su esencia.

White God (3) - Cinema ad hoc

Hungarian Rhapsody no. 2 de Liszt y las múltiples referencias al Tannhäuser de Wagner, cuyas partituras interpreta Lili en la orquesta, sirven como fondo musical utilizado para marcar el contraste entre las inútiles medidas represoras y la rendición final ante la armonía. La irrupción de los perros en el concierto supone la ruptura de esta dualidad imponente, tras un montaje paralelo entre su huida y la pieza representada. El adiestramiento final mediante la música, en el plano más bello de la película, acaba postrando al opresor y la sensible figura mediadora ante el cese de la violencia: las fieras se amansan y la posibilidad de un vínculo queda así creada, aunque sus consecuencias sean una incógnita. En los créditos, tras casi dos horas de brillante trabajo sonoro, impera un reflexivo y significativo silencio. Un gran broche para una obra de bella discordancia, que se niega a ser clasificada en la quietud o la furia.

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