mayo 29, 2020

Críticas: Cuando cae la nieve

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Las fórmulas del (mal) telefilm.

Hay un tema espinoso en toda producción extranjera sobre la Unión Soviética: ¿qué idioma y acento usarán los personajes soviéticos si estos son encarnados por actores no pertenecientes a las gélidas tierras del Gulag? El verano pasado llegó a la nuestros cines El niño 44 (Child 44, Daniel Espinosa, 2015), un thriller protagonizado por Tom Hardy, Gary Oldman, Noomi Rapace y Vincent Cassell; respectivamente, dos británicos, una sueca y un francés. La obra de Espinosa optó por la fama de su elenco actoral, en detrimento de un abordaje más cercano de la cultura que retrata. No sólo por el origen de los intérpretes sino por el propio corte de superproducción, el idioma escogido para los diálogos no podía ser otro que el inglés. Decisión entendible en ese punto del proyecto y que se quiso maquillar con otra, nada novedosa pero siempre chirriante. ¿Por qué no mantener el idioma pero sovietizar el acento? Actores foráneos interpretando a personajes soviéticos que hablan en inglés con acento ruso; ¿qué puede salir mal?

Situación llamativa y molesta por lo notoria que resulta, no deja de ser la capa más superficial de la cinta. Cuando cae la nieve (Despite the falling snow, Shamim Sarif, 2016) se desmarca de esta extravagancia y asume la naturaleza de su proyecto. El idioma es el inglés y el acento es puramente british, sin que importe que se trate de la historia de Katya y Alexander, en una maniobra de coherencia interna que finalmente resulta menos artificial que la de El niño 44. Sin embargo, si bien difieren en el estrato más superficial –e irrelevante–, su esencia es la misma, y poco de positivo hay en esta afirmación.

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En su libro El guion clásico de Hollywood (Paidós, 1996), Mario Onaindia reflexiona sobre la composición de estos libretos, separando su contenido en una trama y una subtrama. La primera, habitualmente relacionada con una relación amorosa, es la parte aparentemente más relevante de la historia, a la que más peso se le da. Por su parte, la subtrama es la contextualización de la primera en un espacio cronocultural determinado, lo que elimina la sensación de estar contando la misma historia de siempre –aunque en muchos casos se trate más de una ilusión que de una realidad–. Esta subtrama, aunque más esquemática, suele ser la parte más interesante del film, como así señala Onaindia en su ensayo, puesto que, si el elemento diferenciador se desarrolla adecuadamente, acaba convirtiéndose en la verdadera esencia del relato. Infravalorar estas reflexiones lleva al fracaso a buena parte de las producciones cinematográficas, como es el caso de El niño 44 y Cuando cae la nieve, situación especialmente grave en este segundo caso.

La película de la directora de origen indio Shamim Sarif se interesa por ambientar sus varias historias de amor en la pretérita Unión Soviética y actual Rusia, con La Guerra Fría y las consecuencias del hundimiento y desmembramiento soviéticos como telones de fondo. Unos escenarios socioculturales que, visto el resultado final de esta cinta, se aproximan más al capricho que a la indagación histórica. No hay conocimiento de causa en los planteamientos y la mirada es la de la turista que siente que se empapa del país de destino aunque viaje en su burbuja de impermeabilidad cultural y se desplace en un autobús turístico con audioguía en siete idiomas y paradas de 5 minutos para selfies. El retrato parte del tópico y no abandona sus autocomplacientes orillas, en las que dibujar a comunistas como ogros es demasiado tentador como para no hacerlo, a pesar de que el protagonista masculino sea uno de ellos.

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Lo que parece un conflicto insalvable encuentra una resultona solución, que ya aparecía en última película de Spielberg. El puente de los espías (Bridge of spies, 2015) también aborda el conflicto de potencias entre EE.UU. y la URSS de la segunda mitad del siglo XX, y en ella tampoco hay interés real en mostrar una realidad alternativa sobre el frío gigante euroasiático. Pero esta visión está abocada a la desaprobación por partidista y reduccionista, de ahí que exista el personaje de Mark Rylance. El actor británico interpreta al “comunista afable”, un inofensivo anciano al que se le puede perdonar sus inclinaciones políticas. Un enemigo inofensivo, un malo redimible, un “negro de piel poco oscura”. Un lavado de manos equiparable al que se da en Cuando cae la nieve con el personaje de Alexander, al que interpreta Sam Reid, pero llevado aun más lejos al retratarlo como a un pobre diablo inconsciente que gracias a la espía anticomunista abre los ojos y entiende todas las maldades de su sistema, en contraposición a las maravillas del capitalismo.

Si la construcción de la subtrama indigna, la de la trama aburre. Los tópicos no se limitan al contexto histórico, y las historias de amor –tanto la del presente como la del pasado– son un refrito de iniciales intereses que se convierten en nobles sentimientos redentores de todo personaje mínimamente oscuro. La telaraña de relaciones entre personajes y el modo en que se da la información, con sus correspondientes giros inesperados y efectistas, la llevan al terreno del melodrama con tintes telenovelescos, en una producción que no sólo en el fondo, sino en la forma, se hermana con los telefilms de sobremesa que tanto daño han hecho al imaginario popular, al eliminar la idea de que pueda haber contenido de calidad para la pequeña pantalla en el formato del largometraje. Sólo las pinceladas homosexuales y un par de integraciones de la trama pasada y la actual en un mismo plano son reseñables, que no destacables, en una obra que cuesta entender que llegue a estrenarse en cines.

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