27 de febrero de 2024

Críticas: El viaje de Ernest y Célestine

Alegato de la vocación.

En un panorama de distribución de riquezas tan descompensado como el de la animación, que podamos disfrutar de una producción animada con personalidad y solvencia técnica de parte de una gran productora europea es una excelente noticia. En un verano de sinsabores en taquilla pero apreciables producciones en el cine comercial, es un refrescante cambio de tercio que La Cachette haya llevado a cabo una secuela de una película aplaudida por la crítica hace 11 años. Dirigida por Jean-Christophe Roger y Julien Chheng nos encontramos con El viaje de Ernest & Célestine, nueva adaptación de los relatos ilustrados de Gabrielle Vincent. Un último vestigio de la literatura infantil europea de burguesía culta que tan buenos réditos dio a mediados del siglo pasado y que tan pocos representantes cinematográficos ha encontrado en la última década. Por sus ideas, formas e intenciones, nos encontramos ante una de las mejores propuestas de cine familiar que la cartelera tiene que ofrecer. Un viaje que recrea el sentido de la maravilla juvenil y que nos sumerge en mundos atractivos con nada desdeñable espíritu crítico, pero que opta por mermar su potencial de vuelo con esquemas convencionales narrativos. Un filme impecable en su virtuosismo técnico que en última instancia prefiere conformarse con ser un relato audiovisual infantil de amplio alcance, con todo lo que ello conlleva.

Largometraje de aventuras de espíritu clásico por parajes exóticos, su naturaleza literaria se encuentra tanto en su forma como en su fondo. Instado por una inquieta Célestine (Ernestina en la traducción española de los libros originales) a volver a una tierra originario de la que huyó, Ernest la acompaña enfurecido en una incursión que hace las veces de evocador alegato de la libertad. En estos instantes estremecedores de censuras en redes sociales y alzamiento de extremismos en Europa, es una decisión valiente y llena de posibilidades situar la acción en una nación ficticia donde la expresión artística está reprimida. En un afán por solventar un problema laboral, y pudiendo conocer más a un huraño pero bonachón Ernest en el proceso, la intrépida y decidida Célestine se ve mezclada en un entramado familiar de aspiraciones fraternales frustradas con el que todos podemos encontrar paralelismos con nuestra vida cotidiana. En una sociedad capitalista neoliberal de productividad extrema, es verdaderamente bello que un filme alerte sobre las amarguras personales que pueden derivar de impedir a un hijo perseguir su vocación. Es natural para los padres desear la mayor prosperidad y estabilidad laboral para sus hijos, pero sobre la base de cortar los sueños de raíz corremos el riesgo de aniquilar la libertad de expresión, tal y como sucede en la ciudad de los osos y parientes de Ernest. Este elemento distópico, especialmente presente en los primeros compases del metraje, es el aspecto más interesante de la producción.

La química ente Ernest y Célestine es robusta, divertida y de caracteres complementarios, y el tempo de la narración es dinámico. El tono alegre, que equilibra un frenesí de slapstick y vehículos en funcionamiento propio de la aventura con rasgos cómicos apoyados en el patetismo de movimientos y sin forzar la carcajada desde el texto, logra que el espectador se sumerja rápidamente en la diégesis propuesta y acepte con naturalidad sus códigos pese a no estar familiarizado con ellos. La animación 2D, inocente y apegada al estilo gráfico de una ilustración infantil con uso expresivo de blancos y pocos trazos, exquisita. Pero así como introduce con convicción mundos imaginativos con asombro, el filme abandona toda intención de sorprender o sofisticar sus posibilidades expresivas conforme presenta su conflicto nuclear. Cómo le sucede a tantos largometrajes del sello Disney, los personajes se arrastran a predecibles dinámicas de separación iracunda, generalmente apoyada en revelaciones ocultas o malentendidos, que derivarán en reencuentros con mayor amistad que al inicio, un esquema tan gastado y rígido que frustra a cualquier espectador veterano. Perturbadora ironía que, en un cuento que busca inspirar la imaginación de los niños y alentar su llama creativa, tanto sus formas como su relato se sientan obligados a negar soluciones arriesgadas e imaginativas para suscribirse a estructuras argumentales reconocibles tan rígidas como los cuerpos de seguridad que parodian. En la superficie hay una insurrección cultural, en el trasfondo las herramientas cinematográficas, como casi siempre en el cine de animación familiar comercial, siguen domadas. Su primer acto abre las puertas a una experiencia audiovisual de espíritu añejo y juguetón, pero servidor abandonó la sala con la sensación de haber afrontado una experiencia rutinaria.

Fábula de exaltación de la amistad de espíritu literario y amor por la música, El viaje de Ernest & Célestine provocará una honda sonrisa en los admiradores de la obra original, divertirá a los más pequeños y satisfará como efectiva secuela de la aplaudida primera parte del 2012. Servidor tan sólo fue decepcionado de que no sea más que eso.

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