agosto 12, 2020

Críticas: Todos los caminos de Dios

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La culpa, compañera del camino.

Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!

Mateo 27:3-5

Estos versos bíblicos acerca del fin de Judas son el punto de partida para el primer largometraje dirigido por Gemma Ferraté y escrito junto a Eduard Sola, una película concebida como si fuera una pieza compuesta para una orquesta de cámara, surcada por las distintas fases de aproximación y alejamiento entre dos hombres. Uno huye agobiado por la culpa y el otro le sigue como una sombra redentora. Durante la huída se desarrolla una obra audiovisual que logra el equilibrio entre sonido e imagen, sin hipotecar una forma expresiva por otra, sino combinándolas en un ejercicio cinematográfico puro que integra el ritmo sonoro de la naturaleza, la respiración humana y la música, atemperadas con la velocidad en la sucesión de planos y las transiciones entre secuencias.

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Todos los caminos de Dios parte de aquel episodio de la Biblia con la necesidad de abordar la culpa, el arrepentimiento, la amistad, el amor, la soledad, la cercanía del prójimo y la humanidad por encima de todos sentimientos y estados anímicos. El film juega a un nivel de subtexto en el que no se mencionan los conceptos anteriores, sino que muestra todo en pantalla mediante el gran trabajo físico de dos actores, que pasan la mayor parte del metraje en movimiento, caminando, trepando a los árboles, luchando, nadando y en escasas ocasiones hablando. Unas interpretaciones físicas poco comunes para tratarse de un drama, actuaciones que se equilibran con el uso potente de las miradas, esos reflejos perfectos de la situación interior que sienten ambos personajes. El vestuario de ellos y algún diálogo delata que nos encontramos en una época contemporánea, pero la naturaleza que los rodea se desborda, hasta que consigue descontextualizar y universalizar el relato.

Al principio la cámara sigue a Judas en una playa iluminada por la luz crepuscular, un espacio abierto que atormenta sus pasos y su aliento ante el mar embravecido, olas que chocan contra las rocas de las calas. La tierra, el aire y el viento oprimen hasta la asfixia esa fuga hacia el laberinto del bosque y la aparición de Iu, el joven que lo perseguirá continuamente entre los árboles y grutas. El agua vuelve más adelante, en una charca purificadora. Seguido este baño por la luz del sol que ilumina un sendero definido por primera vez en todo el metraje, luz solar que despeja la bruma de las secuencias anteriores, acompañada por el fuego de una hoguera que completa los cuatro elementos, principios naturales fotografiados en una gradación cromática que abarca desde el azul frío, con el verde apagado y metálico. Pasando por gamas de otros verdes y ocres intensos más fértiles. Concluyendo con tonos cálidos, anaranjados y rojos que proyectan las llamas del fuego.

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Gemma Ferraté demuestra un conocimiento expresivo en su exposición visual, usando todos los elementos estéticos con fuerza emocional. Las escalas de planos medios conjuntos y en plano/contraplano para enfrentar o reconciliar a los protagonistas. Los primeros planos que transitan por los pensamientos de cada uno de ellos. O esos planos generales del bosque y el mar que puntúan la evolución de los caracteres y dotan de grandeza el intimismo de la propuesta. Escenas ordenadas en tres actos separados por las elipsis y breves fundidos a negro que otorgan un sentido a la historia, sin abstracciones, pedantería ni efectismos visuales.

Todos los caminos de Dios se puede leer como el amor entre dos seres humanos, más allá del sexo y de la desconfianza, más allá de prejuicios y condenas. Una historia que sirve tanto para creyentes como para ateos porque llega a esa zona en que la culpa nos puede hacer iguales.

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