28 de noviembre de 2022

Críticas: Zeros and Ones

Los cimientos de un nuevo amanecer.

Hay largometrajes que llegan a ver la luz del sol gracias al prestigio y trayectoria de los nombres que los respaldan. El título que nos ocupa es un trabajo de embriagadora anomalía, en el que el simple hecho de que vaya a recibir un estreno comercial habitual resulta fascinante. El diseño del material promocional y la personalidad de la distribuidora española que la trae a salas sin duda inducirán a la confusión al espectador que vaya a verla, pues desde el marketing se está vendiendo como una película radicalmente diferente a lo que realmente es. Hablemos pues largo y tendido de Zeros and ones, la última película del veterano y consagrado realizador Abel Ferrara, protagonizada por Ethan Hawke y galardonada con el premio a Mejor Director en el pasado Festival de Locarno (dato mucho mas esclarecedor para que el lector imagine el tipo de película que tenemos entre manos). Un episodio más en una última fase más experimental de la carrera de un director que se abrió un hueco en el corazón de la cinefilia con sus icónicas películas policíacas de los 90. Y para un servidor, quizás su película mas atractiva de su último lustro. Un viaje desafiante de identidad única y rasgos rompedores que ofrece un recomendable acertijo cinéfilo. Eso sí, una película complicada que dista de ser digerible para la mayoría de la población, y a la que el lector debe aproximarse con precaución y conocimiento de causa.

Una posibilidad de lo que podríamos dar en llamar pos-cine pandémico. Un intento embriagador y valiente de dar salida desde los confines de la expresión cinematográfica al nuevo mundo del COVID, que todavía se resiste a crear sus propias imágenes. Un desconcertante ejemplo de thriller apocalíptico en el devastado mundo de las cuarentenas. Una inquietante y seductora rareza que desde unos rasgos de género reconocibles abre sus propias vías cinematográficas. Un reivindicable ejemplo de cómo el talento puede suplir toda carencia de recursos, todo un triunfo del estilo sobre los dogmas comerciales. Una asfixiante pesadilla clandestina por espacios ocultos. Una intriga policial en una noche eterna, un antihéroe deambulando por una Roma desierta. Un rompecabezas en el que un antihéroe busca prevenir un complot deambulando por variopintas comunidades al margen de la normalidad ciudadana (vemos desde mafias rusas a fanáticos religiosos musulmanes o escorts asiáticas). Un conjunto surrealista de estampas en las que un Hawke desdoblado en dos personajes asistirá a los tejemanejes de aquellos que acabarán (por demolición) con la noche eterna de un mundo en descomposición y sembrarán las semillas del nuevo amanecer (no en vano, en una secuencia asistimos a lo que bien podría un nuevo pesebre).

Pero lo verdaderamente atractivo no es este galimatías en el que nos empapamos más de la esencia del viaje y de sus ideas que de su argumento, sino su puesta en escena: un tratado de imágenes obtusas, en la que la cámara se cierra siempre sobre sus personajes. Planos muy cerrados y cortos, así como seguimientos rápidos en operación manual o electrónica en ambientes con poca luz, apoyándose en el grano y las texturas difuminadas de la fotografía de Sean Price Williams para sumirnos en un infierno terrenal. Atmósfera viciada y asfixiante, tejida gracias al apoyo de la inquietante banda sonora de Joe Delia, cuyas sonoridades rockeras son determinantes para suscitar tensión y dotar de estilo los lugares inquietantes por los que transitamos. Una propuesta que supera toda carencia en sus niveles de producción con personalidad formal, que propone a su vez unas fascinantes transiciones, conectando espacios a través de pantallas y transmisiones por teléfonos móviles. Es tan convincente la extravagancia que dos vídeos explicativos de Hawke se integran coherentemente como parte de la película.

Un estimulante ejercicio de estilo, eso sí, prácticamente incomprensible. Y a su vez, tan perturbador como exigente. Malsano, sucio, borroso y explícito. Un filme enteramente desarrollado de noche, en el que muchas veces prácticamente no se ve nada. Bien por desenfoque, bien por falta de luminosidad, la propuesta se apoya en un acto de fe por parte del espectador, que puede no aceptar la propuesta estética y salir despavorido de un filme en el que nadie enciende nunca una luz, ni se recurre a trípode o plano abierto alguno. Todo aquel que busque un argumento convencional, no tendrá nada que encontrar en Zeros and ones.

Uno de los viajes cinematográficos mas singulares e irrepetibles que puede proponer la cartelera actual, lúcido y demente por partes iguales. Aquellos que gusten de dejarse llevar por juegos desquiciados y que estén dispuestos a liberar su mente, bien harán en no dejar pasar Zeros and ones.

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