agosto 11, 2020

Críticas: Tribunal

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Crónica de un juicio.

Las películas judiciales funcionan muy bien en la pantalla porque poseen un código narrativo que resulta siempre reconocible. Comenzando por la presentación de los protagonistas y sus antagonistas. Estos suelen ser el abogado defensor, su fiscal oponente y el juez sabio, aunque excéntrico, en ocasiones. Todos ellos debaten en torno a la inocencia o culpabilidad de la persona acusada, apoyados por testigos, policías y algún colaborador más. Por supuesto cualquier film judicial que se precie debe tener un giro cuando finaliza el segundo tercio del metraje, e incluso algún golpe de efecto más si se trata de mantener el suspense, además del drama. No se debe olvidar un buen ritmo en los diálogos, con réplicas y contrarréplicas que ya quisieran en cualquier pieza teatral o monólogo de comedia. Y ese alegato final, capaz de emocionar al jurado, al público presente en el juicio y a los espectadores que ven la proyección desde la platea.

El esquema genérico de Tribunal tiene todos los elementos mencionados, dispuestos en un orden parecido a otras películas de temática similar, pero con fuerza suficiente para saltarse todas las reglas genéricas y conseguir un film distinto. La ópera prima de Chaitanya Tamhane sigue desde el principio a Narayan Kamble, un profesor de sesenta y cinco años, famoso por sus canciones de protesta, que canta en festivales de talante social en algunas zonas marginales de Bombay. Durante una de sus actuaciones es detenido por la policía y puesto a disposición judicial, al ser acusado de haber motivado el suicidio de un obrero, en realidad fallecido por motivos de inseguridad durante el desempeño de su trabajo. A partir de aquí se desarrolla un largo proceso en el juzgado, motivado por la frialdad e inmovilismo del estamento jurídico de la India, un grupo de jueces y juristas más preocupados por el horario de salida o los retrasos, que por su cometido judicial.

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El joven realizador, además guionista de la película, logra un trabajo dramático de carácter costumbrista gracias a una dirección dramática sobria, ayudado por un elenco heterogéneo en el que resulta difícil distinguir a los actores profesionales de los que no lo son. Demuestra también mucho oficio en el emplazamiento de la cámara, ubicada en la mayor parte de las secuencias registrando planos generales, seguidos de planos medios conjuntos con varios personajes y, en escasos momentos, rodando primeros planos de algún personaje principal. Buenos ejemplos son esos encuadres en los que sitúa al espectador detrás de las personas que asisten al juicio. O en otros más cercanos, tras las espaldas del abogado y la fiscal, que miran de frente al juez presente en su púlpito, delante de ellos, una manera sutil de implicarnos desde el patio de butacas ante el seguimiento del proceso. También destacan otros planos generales en picado, que captan zonas muy transitadas de la capital, durante los desplazamientos y recorridos de los intérpretes. El autor escoge un punto de vista alejado que enmarca a todos los personajes que actúan dentro del plano, casi siempre utilizando la profundidad de campo para poder mantener la atención en todas los puntos de interés del cuadro, un método de trabajo que exige una actuación más orgánica de todo el reparto, desde los actores principales hasta el último figurante que se mueve, realiza acciones o charla con la persona que tiene a su lado. Por si fuera poco la imagen se beneficia de un tratamiento formal directo, que no embellece ni retoca unos escenarios muy coloridos a simple vista, en cuanto al vestuario habitual de los habitantes de Bombay y los edificios que aparecen. O más decadentes en el caso de inmuebles antiguos y pobres.

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Sin embargo, aparte de estos aciertos de narrativa visual, hay que sumar otros como son la neutralidad en la presentación de los hechos que originan la trama, y las sesiones del juicio. En este desarrollo Tamhane no fija su mirada en las reacciones de aprobación o desaprobación de los implicados, ni puntea los momentos climáticos, sino que expone todo el material sin esconder nada, para que sea el propio espectador quien decida qué considera importante según su propia elección. Sin olvidar la forma, tan sencilla como poderosa, con que despliega las secuencias fuera del juzgado, más costumbristas, que suceden entre las jornadas del proceso judicial, escenas en las que varían los protagonistas de las mismas, desarrollando el carácter y circunstancias personales del abogado defensor, un treinteañero soltero y utópico. Después otras retratan a la fiscal, también madre, ama de casa y sustento de su marido e hijos. Una serie de secuencias que terminan con el juez, un cincuentón más preocupado por disfrutar de sus vacaciones que del veredicto que ha de emitir. Todos estos desvíos de la trama principal establecen un ritmo dinámico que, en lugar de dispersar el conjunto dramático, organiza un retrato colectivo de la sociedad india contemporánea, aún separada en sus castas tradicionales. Una sociedad muy necesitada de una justicia que sigue regateando la libertad por causa de su atávica intransigencia.

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