octubre 19, 2020

Críticas: El reflejo de Sibyl

Retorcer la realidad.

La autoficción o el uso de la creación artística como medio para purgar traumas del pasado y vehículo para sanar viejas heridas que supuran de nuevo. Este ha sido el tema central de muchos de los títulos del último año como las últimas obras de Pedro Almodóvar, Martin Scorsese, Quentin Tarantino y Noah Baumbach. En cierto modo, Justine Triet también podría sumarse a esta envidiable lista con El reflejo de Sibyl, aunque sea una película mucho menos formidable y redonda, sobre todo, por su arriesgado juego de vampirización entre unos personajes y otros y la desacompasada mezcla entre drama y comedia.

Todo se desarrolla alrededor de Sibyl, una terapeuta que decide dedicarse de nuevo a su verdadera pasión: la escritura. Para ello deja de visitar a todos sus pacientes y empieza a centrarse en escribir una nueva novela; sin embargo, la historia de su nueva paciente, Margot, una joven actriz, la conduce por mundos inhóspitos y le reportará viejos pensamientos, frustraciones y actos reprochables del pasado. Simple y llanamente cae en sus redes y Sibyl empieza a manipular la vida de Margot, hipnotizada por el drama de ésta y motivada por descifrar todos los vericuetos de su relación con el galán Igor, su compañero sentimental en su próxima película. No obstante, Sibyl no calibra demasiado bien que su teatro de marionetas y puede dar un vuelco de 180 grados.

La cineasta francesa deslumbró con su debut, la notable La batalla de Solferino, y ya demostró su buen manejo con los códigos de la comedia en la estimable Los casos de Victoria. Ahora en el El reflejo de Sibyl propone un divertido cóctel, cuyos ingredientes nunca terminan de combinarse con acierto, pero siempre tienen buen gusto. Dicho de otro modo, la cinta va de más a menos, porque contra más se enmaraña todo el entramado entre los personajes y el retorcido juego de autoficción se retuerce todavía más, la ingeniosidad y la lucidez del arranque deriva en excentricidades demasiado forzadas. Triet se muestra más inspirada en la comedia, con auténticos momentos de carcajada, que en el drama, donde las vicisitudes y los vaivenes emocionales de Sibyl no terminan de ahondar del todo y mucho menos dejan un poso emocional. El rodaje en la isla de Strómboli evoca a El desprecio de Godard tanto por la atmósfera y los paisajes como por la sensación de tiempo muerto para unos personajes que parecen condenados a vivir ahí su plenitud y nunca poder regresar a la dura realidad. Huidas hacia delante que cambian las tornas en el juego de posiciones de poder. Al fin y al cabo, los celos, las pasiones y la búsqueda de la inspiración artística terminan siendo las herramientas idóneas de manipulación de todos ellos, no solamente de Sibyl.

Uno de los mayores alicientes de la película es su reparto, empezando por la cabeza de cartel, la actriz fetiche de Triet: Virginie Efira, estupenda en el rol de Sibyl, muy divertida y con grandes dotes en el registro dramático. También destaca Adèle Exarchopoulos, una de las mejores actrices de su generación, pero que ha gozado de poca fortuna tras su salto en La vida de Adèle. Una gozada recuperarla en un papel hecho a su mayor gloria. Por otro lado, Gaspard Ulliel sigue demostrando que, tras su faceta como modelo, también se esconde un actor superdotado. El reflejo de Sibyl compitió en la Sección Oficial del último Festival de Cannes, rodeada de grandes películas, algunas son de las citadas en el primer párrafo y, si el guion hubiese tenido un par de revisiones más y alguna decisión fílmica fuese más arriesgada, la película podría mirarse sin problema alguno con las otras. No obstante, Justine Triet todavía tiene camino por recorrer y ofrecer su primera gran obra, por el momento, sigue demostrando poseer mimbres para configurarla en un futuro más o menos cercano.

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