agosto 12, 2020

Críticas: Malasaña 32

Miedo del miedo que da.

De un tiempo a esta parte, el cine de terror viene repitiendo los mismos tópicos: los mismos sustos facilones, subidas de música en momentos intensos, escenas con espejos, reflejos en televisores, etc. La sombra de los expedientes Warrens e Insidious particulares es alargada. Y, bien utilizada, puede conseguir grandes taquillas o incluso mantener acongojado al espectador en su butaca a través de fórmulas mil veces vistas como subir la música en el momento en que habrá un susto. O incluso mantener un plano fijo en silencio bastante raro, hasta que «lo que no pudiera suceder, suceda». No os voy a mentir, incluso en esas ocasiones disfruto como un enano de este género. Pero la copia en este caso es manifiesta, no se encuentra nada original, la experiencia es insuficiente y tristemente reduce las expectativas a cero.

El tándem formado por Albert Pintó y Caye Casas, dirigieron a cuatro manos su ópera prima hace dos años, Matar a Dios, con un imaginario mucho más personal, diferente y único. En Malasaña 32 sólo Albert Pintó se pone tras la cámara y el producto es mucho más impersonal, perecedero y vacío que su predecesora. Tenemos reciente el ejemplo además de esa sorpresa que fue Verónica de Paco Plaza que, repitiendo todos estos mismos dogmas, conseguía su propio universo a través de la idiosincrasia de un barrio obrero madrileño, un Vallecas universal, aparentemente anodino, pero con un fuerte componente nostálgico en las modas y en las músicas que la acompañaban, con Héroes del silencio como telón de fondo.

Malasaña 32 tiene demasiadas similitudes con la película de Plaza pero naufraga en todas y cada una de sus comparaciones. La protagonista y conductora de la historia es una mujer joven (Begoña Vargas aquí, lo más solvente de la cinta en el apartado interpretativo y Sandra Escacena en Verónica), con hermanos pequeños que vive en un barrio marginal madrileño. Aquí la figura de la hermana intermedia se cambia por el siempre correcto Sergio Castellanos que también tiene especial importancia en la resolución de la trama. Y la figura del hermano más pequeño es Iván Renedo, una copia casi exacta del fantástico niño que nos engatusó en Verónica, interpretado por otro Iván pero de apellido Chavero.

Aquí los terrores no se buscan sino que se encuentran y hemos cambiado a Héroes del silencio por Rafael o Julio Iglesias. Madrid sigue apareciéndose pero ya no estamos en Vallecas sino en Malasaña. Los personajes están mucho menos perfilados y desarrollados y no nos importan sus conflictos, por lo que puede parecer que no los interpretan bien pero es un problema de guión, no están bien escritos, se les coloca como diana para los miedos pero nos da igual cómo sea y eso, para el espectador, produce desconcierto. No empatizamos con ellos, parece que vamos a asustarnos más por suerte del montaje que por dejarnos llevar por una historia de fantasmas supuestamente basada en hechos reales.

Si a todo esto le sumamos que los decorados parecen de cartón piedra, hay poco en la película que pueda resultarnos creíble, intenso, interesante. Una verdadera tristeza porque, como verdadero amante del cine de terror, me gusta que me sorprendan, que me asusten sin esperarlo, que me acongojen y que me conmuevan por ver el sufrimiento de las supuestas víctimas en pantalla. Pero esta película no ha conseguido ni siquiera que pasadas las horas me dé por investigar sobre los sucesos reales que la inspiraron. Siento como si los decorados, el vestuario, esa luz (quizás lo mejor de la película) entre temerosa, sucia o decrépita, el guion o las interpretaciones fueran solo piezas encubiertas de un puzzle para conseguir un gran éxito en taquilla (esta vez por parte de Warner). Pero las piezas están repetidas y la película en realidad solo da miedo del miedo que da, como decía Pedro Guerra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *