mayo 28, 2020

Críticas: The Gentlemen: Los señores de la mafia

Juego de artificio con ‘estilazo’.

Un vaso de whisky ensangrentado, trajes a medida llevados con auténtico porte, una fotografía colorista y movimientos de cámara coreografiados. Si no puedes innovar, sé el más cool. Una máxima del marketing. O aplicada al cine: marcar la diferencia en historias archiconocidas. Ya lo dice el propio título y se vislumbra en el póster promocional: señores británicos como la copa de un pino y con el estilo impecable de todo gentleman. De todos modos, el estilo visual en las películas de Guy Ritchie es una seña de identidad palpable, así que no es de extrañar encontrarse con este look para la enésima visitación al cine de mafias y al juego de engaños perpetuado por los distintos clanes y el propio guion. Para esta demostración de clase británica también es esencial nutrirse de un reparto entregado a la causa: ya sean británicos de pura cepa, ingleses de adopción y un norteamericano en su salsa jugando a ser un british de toda la vida.

No lo vamos a negar: The Gentlemen: Los señores de la mafia tiene un alto nivel de testosterona, pero es salvajemente divertida y, en cierto modo, autocrítica con el estereotipo masculino en estos relatos de villanos y mafiosos. El cóctel de violencia, lenguaje malsonante y humor negro funciona con la precisión de un reloj suizo, pero el guion de Ritchie (coescrito con Ivan Atkinson y Marn Davies) se guarda un original as en la manga: un juego metacinematográfico que reporta cuantiosos gags, los más inspirados del filme, y de paso ofrece un bombón de papel para Hugh Grant. El protagonista de Notting Hill saca oro de su rol secundario con una estupenda interpretación; el epílogo de su personaje es sensacional.

La película está bien armada y construida desde el minuto uno sobre un juego de artificios, giros inesperados, falsas expectativas y cambios estructurales que, pese a no estamparse en el (ab)uso del factor sorpresa, sí que se resiente de erigirse sobre una fórmula que presenta síntomas de desgaste a lo largo del metraje en momentos puntuales. El montaje, excelente trabajo de James Herbert, va hilando las distintas tramas y alternando el foco de atención en los múltiples personajes, orbitando todos ellos alrededor de Mickey Pearson (Matthew McConaughey), el mayor capo del Londres contemporáneo, y el intento por arrebatarle la posición de poder y sus negocios. El rompecabezas, habitual en las películas de Ritchie, es una herramienta más para el humor y los engaños narrativos, aunque en algunas ocasiones reporte pérdidas de interés y descuide durante demasiado tiempo algunas ramificaciones del relato principal. Por ejemplo, el divertidísimo personaje de Colin Farrell, que bien podría merecer un spin-off, tarda mucho en aparecer por primera vez y luego queda deslucido entre el protagonismo coral.

The Gentlemen: Los señores de la mafia nace en la efervescencia del Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión europea por cuestiones, en la inmensa mayoría de los votantes de los defensores, puramente económicas. Aquí, todos los gentlemen también quieren quedarse con el botín y el negocio global, una lucha por ser el líder del mundo libre bajo las leyes de uno mismo. Como los dos Paddington o El niño que pudo ser rey, el cine británico con vocación comercial no puede dejar de introducir inteligentes analogías con el presente adverso; quizás solo sea fruto del subconsciente de sus responsables, pero lo que resulta clarividente es que revisitar estas películas en el futuro servirá para entender la fractura social en la sociedad británica, el odio racial del nacionalismo más recalcitrante o la avaricia de los nostálgicos del Imperio de antaño.

Guy Ritchie no innova ni propone la quintaesencia en el cine de entretenimiento, pero sí aporta frescura y diversión a raudales en un tipo de historias en cuya trillada formula resulta difícil sorprender o, como mínimo, cautivar al espectador. Lo mejor de The Gentlemen: Los señores de la mafia es su juego meta narrativo, el cruce entre realidad y ficción y las desternillantes coñas entre Charlie Hunnam (otro actor estupendo en su rol) y Hugh Grant, culminando en esa escena final en el despacho de cierta productora y cierto orondo productor. Por último, este Ritchie menos ambicioso (Operación U.N.C.L.E. y The Gentlemen: Los señores de la mafia) resulta mucho más redondo y satisfactorio que la pedantería de otros títulos suyos más celebrados.

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