octubre 12, 2020

Críticas: Vida oculta

Que mi nombre no se borre de la historia.

Siempre que vemos una película sobre el nazismo o que estudiamos su historia y sus lamentables hechos, nos surge la pregunta de cómo pudo ascender socialmente de una manera tan rápida; sólo por miedo o también por desesperación, por desidia. Pero. aunque fueron pocos, también hubo desertores y, lo más interesante: objetores de conciencia, gente que hasta el fin de sus días se negó a abrazar, saludar o apoyar, aunque fuera con una mirada de aprobación, un régimen tan gris. Esos héroes anónimos se convirtieron en mártires de sus propias ideologías y demostraron que el nazismo no hubiera sido lo que fue sin el apoyo popular. Esto que parece de perogrullo puede que me convierta en una diana sencilla en un mundo donde está bastante mal vista la opinión contraria, donde lo políticamente correcto prima en asuntos tan delicados. Y, ojo, no digo que fuera fácil oponerse al régimen pero hay quien lo hizo a sabiendas de lo que se estaba jugando, de no volver a ver a sus familias, la maravillosa y variopinta naturaleza o a su propia y mundana existencia. Y nos preguntamos también si ese gesto, aparentemente simbólico, de rechazar el abrazo del nazismo puede servir para algo. Joaquín Fabregat se lo pregunta al inicio de su critica en el blog La imagen que habla: «Si cree que su gesto, negarse a combatir en el ejército nazi y jurar lealtad a Hitler, servirá para algo, si trascenderá más allá de los muros de la prisión en la que está encarcelado, si se convertirá en ejemplo de que, desde las convicciones personales, basadas en una férrea conciencia espiritual, religiosa y humanística, se puede cambiar el rumbo de la historia.» Y toda la trama ahonda en esta cuestión y seguramente no seamos los únicos que nos hayamos preguntado a lo largo de varias películas por ello. Aquí seguro que alcanzáis otro nivel de cuestionamiento, puede que más espiritual y mucho más existencialista.

La película que nos ocupa es el nuevo experimento fílmico de Terrence Malick, aquel cineasta esquivo y de dilatada carrera que nos ha regalado al menos dos obras maestras: La delgada línea roja y El árbol de la vida, pero que también ha sido el responsable de varias películas posteriores a ésta última, llenas de estética pero con poco fundamente como: To the wonder y Knight of cups, pero además soporíferas y con un tratamiento del tiempo exasperante y avasallador. Lo cierto es que tras su Palma de oro en Cannes, (merecida pero también arrebatada a Melancholia), su cine se ha vuelto más narcisista, exclusivamente estético y demasiado místico. Pero tengo que reconocer que cuando un cineasta que admiro llega a su cenit, suelo contemplar apesadumbrado como en su posterior filmografía suele querer imitar las formas de la original, sus mayores virtudes, sin llegar ni por asomo a su codiciado tesoro inicial. Lo suelo llamar películas ombligo, desde el estilo ya por fin encontrado de un gran cineasta al paroxismo de su propio estilo, que se convierte en petulante y arrollador, pero también infringe muchas veces al espectador una manifiesta impaciencia ante el producto tan poético, tan personal, tan místico, que no se entiende absolutamente nada. Los entendidos sí, o eso dicen, o eso les hacen decir en las revistas, claro. Pero incluso los que nos pasamos toda la vida viendo películas, podemos afirmar que las películas ombligo suelen estar sólo realizadas como un Dorian Gray, para su propio consumo y fascinación. El del demiurgo creador, el del afamado director que consiguió en el pasado tocar las puertas del cielo.

Me congratula decir que Malick parece haber pasado ese periodo de absoluta densidad en una estética espectacular y ha subido de su ombligo y se ha atrevido a hacer otra película para el público. La película número diez de su carrera es un cuento quizás pocas veces contado, el de una vida placentera y plena en Europa a los pies de la guerra, con los primeros prolegómenos del nazismo, y de alguien que pese a todo lo que podía perder, se negó a seguir sus protocolos y sus rutinas como ciudadano de a pie. Vida oculta es densa, preciosista, poética, visceral y consigue como casi todo su cine trasladarnos no ya a esos alucinantes parajes, casi místicos, sino a los estados emocionales de sus protagonistas en el momento en el que está aconteciendo la película. En La delgada línea roja volvíamos de una guerra llenos de existencialistas preguntas; en El árbol de la vida conseguíamos ser padres omniscientes de toda la sociedad y en Vida oculta sufrimos ante el desasosiego que implica vivir en un mundo donde opinar lo contrario puede significar el ostracismo, la reclusión, la privación de la libertad y la muerte. A ello contribuye principalmente su buen hacer con la cámara y un superlativo trabajo de dirección de fotografía perpetrado por Jörg Widmer y con una banda sonora exquisita, que funciona como hilo continuo desde que empezamos a escribir esta crítica, del afamado James Newton Howard. Sin menospreciar el incuestionable y alucinante trabajo de cámara de Malick con esos angulares y esos movimientos que le convierten en un Dios en la Tierra, consigue trascender ya no sólo por sus homilías fílmicas, sino y, sobre todo, por cómo las cuenta.

Interpretaciones, fotografía, estética, música, al servicio de la sensibilidad, del sentimiento, de lo étereo, de lo eterno. La eternidad, la vida y la muerte desde los inicios de una de las ideologías que más daño ha hecho en nuestra Europa reciente. La filosofía y el existencialismo siempre dan la mano al cineasta y se convierte en un nuevo mesías con cada creación, en un párroco sin sotana dispuesto a dar su homilía en forma audiovisual. Y esto que, a todas luces, para un ateo como yo, es lo más lejano a atractivo, se convierte en un experimento fascinante, casi necesario, sobre la importancia que le damos a las ideas, sobre ser firme en las convicciones, pase lo que pase, y más en los tiempos revueltos que acontecen (en la película y en nuestra historia presente).

Son 180 minutos de metraje (que hubiera sido mucho más lucidos si se recortaran) en los que nos trasladamos a Radegund, Austria en el año 1939, donde el granjero Franz vive junto a su mujer e hijos en un lugar paradisiaco y una plácida existencia. Se niega a jurarle lealtad al régimen nazi que acaba de ganar en su vecina Alemania. Se niega a rendirle pleitesía a Hitler y renuncia a ir al frente. Y es aquí donde volvemos al principio de la crítica: ¿Merece la pena? ¿Mereció la pena? ¿Estar condenado al ostracismo de vecinos y amigos, a la falta de libertad, a la no visita de tus seres queridos y en última instancia a la muerte, por haber sido firme en las convicciones morales, por haber realizado una introspección y una reflexión excelsa en contra de un regimen totalitario?

Extraña que un cineasta tan visceral, personal y espiritual haya acabado estrenando en España su nueva película de la mano de Disney, pero es cierto que es la más asequible para el gran público. O en realidad no extraña tanto. Disney siempre ha sido conservador en sus moralizantes historias infantiles y aquí siendo mucho más objetivos, siempre hay un halo espiritual, bondadoso, casi convertida en una hagiografía inesperada, que en ocasiones da miedo. Y también ocurre que Disney está absorbiendo todo y lo que hace un año se estrenaba en Fox ahora tiene que pasar Walt Disney. Quizás dentro de nada veamos lo nuevo de David Lynch o Martin Scorsese con el sello Disney, no nos extrañaría.

Vida oculta es un simbólico ejercicio de David contra Goliath en el terreno de las ideas. Puede parecer densa para el gran público, aburrida o farragosa en ocasiones, pero la excesiva duración se lima con el dominio estético y del oficio, con unas imágenes que parecen pertenecer al propio paraíso. No llega a ser El árbol de la vida, pero Malick ha vuelto para quedarse.

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