agosto 12, 2020

Americana Film Fest 2020: Crónica 2

Lo mejor y lo peor del Americana Film Fest.

Ningún festival sin su peñazo. Es decir sin una película que cause sopor, letargo y uno tenga el deseo irremediable de que termine pronto para salir de la sala y poder entrar en otra que subsane el error de haber seleccionado ese título por una razón u otra. En el caso de Burning Cane fue por uno de sus protagonistas (Wendell Pierce visto en las series Treme y The Wire) y por su triunfo en el pasado Festival de Tribeca (mejor película, fotografía y actor). A priori, elección ideal. A la práctica, craso error. La película es el debut del joven director Philip Michael Youmans, de 19 años, y explora la relación entre una madre y su hijo y la de éste con su propio hijo mientras la religión juega un papel primordial en sus vidas. Un drama familiar de corte clásico, ahogado en su discurso eclesiástico, distante en todo momento y lastrado por una estética formal demasiado ensimismada en el juego artístico del joven cineasta. Producida por Benh Zeitlin, director de Bestias del sur salvaje, esta ópera prima naufraga en su cometido y provoca auténtico estupor con su devoción cristiana tan exacerbada que nunca está al servicio de la narración, sino de la condena de los personajes. Maniqueísmo retrógrado. El final, por cierto, es de traca.

Uno de los must de esta edición del Americana era sin lugar a dudas Honey Boy, el celebrado debut de Alma Har’el desde su estreno en el Festival de Sundance y sus posteriores reconocimientos en el Sindicato de Directores y los Independent Spirit. Ha supuesto una ligera decepción, no tanto por el horizonte de expectativas en torno a ella por sus cuantiosos elogios, sino por toparse con una historia paternofilial tan modélica, cortada por el patrón clásico y cuyo resultado es más bien frío. No obstante, hay en ella ingenio y un interesante juego meta como obra de expiación de Shia LaBeouf, cuyo personaje es un alter ego de su propio padre y el personaje, a dos épocas, de Noah Jupe y Lucas Hedges es él mismo. La película tiene esta poderosa historia autobiográfica, pero todo en ella es un amalgama de los tópicos del cine indie americano de las dos últimas décadas, incluso su propuesta visual causa déjà vu en todo momento. Lo mejor es el tándem interpretativo formado por Noah Jupe y Lucas Hedges en el papel de Otis, un niño y un joven que descubren tempranamente, en dos épocas capitales distintas, la cara oculta de Hollywood y el precio a pagar por el envite de esa industria feroz. En un momento dado, su doble relato sí resulta cautivador y conmovedor: un grito entre los árboles, a los 12 años ansía una libertad coartada por el padre; a los 22, la esperanza de salir a flote. Honey Boy es un buen drama, un debut prometedor en algunos aspectos, pero dista mucho de ser una gran película.

Matthias et Maxime

Para un servidor, el otro must del certamen era Matthias et Maxime, el nuevo trabajo de Xavier Dolan tras la injustamente maltratada Sólo el fin del mundo y la inédita The Death & Life of John F. Donovan. Como dice el refrán: café para cafeteros, Dolan en estado puro que irritará a sus detractores y gustará (e incluso encantará) a sus seguidores más fieles. Centrada en la historia de amistad entre el Matt y el Max del título, la película ahonda en el distanciamiento entre ambos desde el beso furtivo que se dan rodando el cortometraje de una amiga. Son amigos desde la infancia y ahora sus vidas (más bien, su estado emocional) se tambalean porque ese gesto, tan natural y tan simbólico, les genera un mar de dudas y los conduce a replantearse sus preferencias sexuales. Matthias et Maxime reúne todos los tics de la filmografía de Dolan, es, al fin y al cabo, una obra surgida de reincidir en ciertos temas, percepciones del mundo sentimental y consecución de un universo cinematográfico propio, aunque sin aportar nada nuevo, un reciclaje notable, pero desprovisto de frescura o imaginación. Ahora bien, esto significa que la nueva película del director de Mommy es notable. No todos los cineastas pueden presumir de autoreferenciarse con resultados tan óptimos. Matthias et Maxime resulta irregular en todo momento, pero sus puntos fuertes ganan la partida claramente, entre ellos, la capacidad innata de Dolan para construir imágenes poderosas (ese travelling por la fachada bajo la lluvia, las miradas de Matthias) y secuencias para el recuerdo. En este sentido, la más meritoria es aquella en que el grupo de amigos estalla a rabiar de alegría y eufóricos cantan una canción al unísono. La efervescencia de todos ellos y el hermetismo de Matthias. Más allá de la relación fraternal entre los dos protagonistas, la película también es muy estimulante en su retrato de la amistad entre un grupo de amigos y como el paso del tiempo afecta de un modo u otro a las relaciones. Junto a Swallow, Matthias et Maxime es lo mejor de este Americana 2020.

Seberg

Por último, la séptima edición del festival se ha despedido con Seberg, el filme centrado en la figura de la protagonista de Al final de la escapada durante los años en que estuvo vinculada a los Black Panthers y en los que abanderó la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Este atípico biopic recibió una fría acogida en su presentación de gala en el Festival de Venecia y posteriormente en San Sebastián. No es para menos, porque si bien es cierto que, en su primera mitad, la película funciona como un thriller de espionaje y de denuncia contra las campañas difamatorias y el poder del Estado para dinamitar una causa colectiva y una figura controvertida; a partir de cierto punto la historia muta en algo más folletinesco y el tedio capitaliza el resto del metraje. Buena parte del problema es el grado de importancia que va tomando el agente del FBI Solomon en la trama, su culpabilidad y afectaciones en el entorno doméstico son absolutamente anodinos y restan valúa al objeto primordial de la obra: la decadencia de Jean Seberg. Todo lo que rodea a la vida privada de la actriz y su errática carrera profesional, afectada por directores que la maltrataron y por su activismo social, es mucho más interesante que lo que termina plasmándose en pantalla. Jean Seberg merecía una película mejor. Sin embargo, Kristen Stewart sí está a la altura del cometido y está magnífica como reencarnación de la actriz gala.

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