mayo 27, 2020

Festival Mujeres de Cine 2020

Primera edición del Festival Mujeres de Cine online.

La alerta sanitaria por COVID-19 (más conocido como Novel Coronavirus) ha confinado a gran parte de la ciudadanía de todo el mundo en sus casas y ha puesto en jaque al sector audiovisual, que busca en el streaming una alternativa temporal al clásico visionado en salas. Es el caso de festivales como el D’A que, lejos de posponer o cancelar su edición de este año como si han hecho otros grandes del sector como el Festival de Cannes o el Festival de Cine de Málaga, ofertará su programación en VOD gracias a la plataforma Filmin. Por otro lado, el portal Mujeres de Cine ha aprovechado la ocasión para poner en marcha el primer Festival online de cine dirigido por mujeres, y recoge en su web una selección del mejor cine femenino actual. Títulos como La Portuguesa, La hija de un ladrón o La vida sin Sara Amat pudieron verse online durante el mes de marzo.

Adaptada de la homónima obra de Robert Musil por parte de la escritora Agustina Bessa-Luís, la obra de Rita Acevedo, La Portuguesa, es un ejercicio de contemplación exquisita. Cada plano se compone de manera ejemplar para retratar la vida de una mujer que espera desde hace más de 10 años el regreso de su marido que ha partido a la guerra. Pero lejos de centrarse en el fulgor de la batalla, Acevedo gira la cámara hacia el drama de su protagonista, cuya vida se supedita a los breves espacios en los que su marido está ausente. Todo lo demás queda fuera de plano; el papel del hombre también.

En las ruinas del castillo la portuguesa deambula, sin rumbo, aquejada de una profunda melancolía. Atrapada entre actividades y repetitivos ritos burgueses, la joven lucha por mantener sus principios, innovadores y revolucionarios para la época, pese a las presiones de su entorno. Pocas son las personas que parecen entender su desazón. Los espacios naturales que rodean el castillo son refugio, donde reflexiona junto a dos o tres personas de confianza de su séquito, los animales y el espectador. En una realización casi teatral, Acevedo nos invita a sentarnos a reflexionar y a contemplar, recreándose en la belleza de unos planos casi pictóricos y con escasos movimientos de cámara. Un ejercicio cinematográfico de lo más estimulante.

El despertar de las hormigas

Directamente de Costa Rica nos llega El despertar de las hormigas, ópera prima de la realizadora costarricense Antonella Sudassassi, que firma también el guion de una historia que nos habla del papel de la mujer en este país, en el seno de una cultura arcaica y patriarcal. Isa es modista y vive en una casa minúscula en un modesto pueblo de Costa Rica. Aunque quiere a sus hijas y a su marido, Isa se siente atrapada, sola y perdida. Siente en lo más profundo de su ser que merece algo mejor, otra vida lejos de la barraca y el entorno en el que vive. Y ese viaje, el despertar que da nombre a la cinta, es un proceso maravilloso del que nosotros, el espectador, somos cómplices. Rodado con un respeto y una belleza que a veces se nos hace incómodo, pero que nos permite conectar con su protagonista a todos los niveles.

Es en la sencillez de la cámara de Sudassassi donde reside la fuerza de su discurso. Elaborado con pequeñas escenas tan mágicas como austeras, que fraguan poco a poco la pequeña transformación de Isa y su empoderamiento como mujer. Esta sublevación pasa por el control económico de la unidad familiar, hasta ahora dominada por su marido Alcides, y por el de la maternidad, cuando Isa decide no tener un tercer hijo. Pero este proceso es también un camino de autoconocimiento, de reflexión e introspección en su propia feminidad. Una feminidad que resiste el embiste constante de las adversidades y que pasa por una decisión tan mundana como simbólica como es no cortarse el pelo. La mujer de Sudassassi resiste, se reinventa y es capaz de salir a flote ante cualquier circunstancia.

Ojos Negros

El despertar femenino que proponen Acevedo y Sudassassi en sus respectivas obras, tiene su continuidad en Ojos Negros, la cinta debut de Marta Lallana y Sandra García. Concebido como un proyecto fin de carrera de la Universitat Pompeu Fabra, la obra de estas dos jóvenes promesas narra el tránsito de Paula, una joven adolescente que llega al pueblo de Ojos Negros para pasar un verano con su tía y su abuela a las que no ve desde hace tiempo. Siguiendo los pasos de obras como Call Me By your Name o Estiu 1993, Lallana y García conforman un relato humilde y sobrio, basado en el fuera de campo, en la que los silencios y las miradas adquieren un peso determinante.

En el horizonte tosco y árido sobre el que se levanta el pueblo turolense, Paula empieza a crecer, a desprenderse del recuerdo que traía consigo de la gran ciudad. Y lo hace a través de su relación con Alicia, una chica de su misma edad que conoce en el pueblo, pero también con su familia, a la que va descubriendo poco a poco en los tiempos muertos que pasa en la casa. Ojos negros es una oda a la amistad y a la juventud. Un paseo melancólico por tierras áridas, olvidadas, por esos años tan convulsos que forman la adolescencia, pero que a la vez se convierten en los momentos más inolvidables de nuestras vidas.

<3

“Es verano en Madrid y los parques se llenan de jóvenes excitados, hiperconectados y ansiosos que liberan sus pulsiones: encontrar el amor, despertar el deseo…”, María Antón se estrena en el documental con <3 (Pico tres). Concebido como una especie de paraíso distópico, el parque del Retiro en Madrid es el lugar escogido por Antón para configurar un arriesgado discurso sobre el amor o más bien, de los amores, que existen en la juventud actual. Amor heterosexual, homosexual, poliamor, cibernético… existen tantos tipos de amor como usuarios frecuentan el parque. Aunque el documental no se identifica con ninguno de ellos, Antón se vale de Ana para que nos guíe a lo largo de las experiencias que tenemos con varios personajes que nos cuentan su particular concepción del amor.

Estas entrevistas se entremezclan con la naturaleza viva y vigorosa que se abre paso en el Retiro. El agua fresca que emana de las fuentes, las hojas que se agitan con la suave brisa del viento, las barcas del estanque llenas de gente, el verde de la vegetación frondosa que sirve para ocultarse de miradas impúdicas… Todo ello converge en un espacio que emula a una especie de Jardín de las Delicias pero con un toque postmoderno. Los jóvenes actuales ya no acuden allí a jugar y a pasar la tarde sino más bien a hacerlo con sus smartphones, a quedar con desconocidos a través de Tinder o hacerse selfies con un palo extensible. Es ahí, en esos extraños testimoniales que actúan como retratos representativos de una comunidad, donde la cinta de Antón adquiere especial interés. En los momentos en los que no pretende trascender y convertir su cinta en un ejercicio pretencioso de reflexión metafísica sobre una generación que se atisba perdida.

Hayati (Mi vida)

Precisamente de una generación perdida o incluso de todo un pueblo perdido, es de lo que habla Hayati (Mi vida), la primera obra de las realizadoras de ESCAC, Sofi Escudé y Liliana Torres. El documental se erige como un golpe en la mesa, como un grito al vacío de las repercusiones que la Guerra de Siria ha tenido, y sigue teniendo, en la mayoría de sus habitantes y lo hace a través de una familia de exiliados. El patriarca de la misma, Ossamah Al Mohsen, fue el protagonista de la famosa zancadilla que le propinó una reportera televisiva húngara cuando intentaba cruzar la frontera entre Turquía y Hungría con su hijo en brazos. Pero esta escena tan potente no es ni por asomo la punta de lanza del documental de Escudé y Torres, que prefieren centrarse en el día a día de cuatro refugiados sirios en Turquía. A través de las incontables conversaciones que mantienen con sus familiares, descubrimos que el exilio tampoco es una solución: sus seres queridos están lejos y lo único que les une a ellos es una línea telefónica de pésima calidad.

No obstante, y pese a la fuerza inicial de la vivencia de Al Mohsen, el relato de las realizadoras de ESCAC se queda a medio gas. No porque ambas no intenten de manera exhaustiva recalcar lo dramático de la situación, sino porque su insistencia se vuelve en ocasiones ofensiva. Personalmente soy de la opinión que una escena funciona mucho mejor cuando no se verbaliza de manera explícita el conflicto, sino que subyace bajo una acción o una situación diferente, pero de la que transpira la esencia de dicho drama. En el caso de Hayati, sus directoras están tan preocupadas de manifestar lo injusto de la situación que se olvidan de trazar un relato interesante y conmovedor que pueda atrapar al espectador, más allá de desplazar la cámara de conversación telefónica en conversación telefónica.

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