octubre 14, 2020

Festival de San Sebastián 2020: Crónica 3

Dos grandes películas en la tercera crónica del 68SSIFF.

El cine como retrato del momento actual, como denuncia política y advertencia de los males de la sociedad y sus poderes fácticos. Pero también el cine como muestra de la parte más humana de este mundo, vehículo de esperanza y revelador de realidades escondidas. Allí se encuentran dos de las películas que se han podido ver a lo largo de esta primera mitad de la 68ª edición del Festival de San Sebastián: Nuevo orden y Limbo.

Polémica y brutal en sus formas, el último filme de Michel Franco, flamante ganador del León de Plata en Venecia, tampoco ha dejado a nadie indiferente en su paso por Donosti. Nuevo orden es la historia de cómo una revolución social instigada por la grave y profunda desigualdad de clases en México termina con la implantación de un régimen dictatorial y opresivo por parte del ejército.

Cambiarlo todo para que nada cambie, que diría Tomasi di Lampedusa, o dicho de otra manera, mucha violencia y pocas nueces. Porque no nos engañemos: el poder nunca pasa a ser de la clase desfavorecida, en este caso representado por la comunidad indígena del país. De ahí el impacto de la cinta de Franco, un implacable montaje de imágenes que dejan sin respiración, teñidas todas ellas por el rojo de la sangre y el verde de la pintura de los sublevados, los dos colores de la bandera mexicana.

Ya lo ha dicho repetidamente el realizador: esta película es una advertencia, un grito de alarma a lo que puede llegar a suceder en un futuro próximo en su país. Aunque también es cierto que la historia, y concretamente el pasado reciente de Latinoamérica, está repleta de episodios de violencia extrema en las que el ejército acaba por dilapidar los sueños de liberación de las clases más pobres. Las imágenes de cadáveres apilados unos encima de otros en el atropellado inicio de Nuevo orden recuerdan, sin ir más lejos, a aquellas del Estado Nacional de Chile durante el golpe de Estado de 1973.

Pasado, presente o futuro. Sea como sea, lo cierto es que Franco sacude e incomoda con la espectacularidad de su propuesta. Todo un acierto a pesar del mal cuerpo con el que uno emerge de la sala de cine.

Limbo

No es mal cuerpo en cambio con lo que uno sale de ver Limbo, segundo largometraje del escocés Ben Sharrock y que, como su ópera prima, Pikadero, se ha podido ver en la sección de Nuevos directores. ¡Y qué pena que esta no estuviera en Sección Oficial este año! Porque es increíble cuando una película encuentra el tono perfecto entre comedia y drama para contar una realidad tan seria como es la dura espera del asilo de una persona refugiada en el país de acogida tras dejar atrás a su familia, su profesión y su vida.

Decía su director Ben Sharrock estos días que tardó mucho tiempo en encontrar la forma correcta de aproximación al tema, a dar con el tono idóneo y alejado del punto de vista occidental de la situación. Pues lo ha conseguido, y con creces. Nada de condescendencia, al contrario. Una historia contada desde los propios protagonistas y con gran humanidad. Y en esa humanidad, como todo en el vida, hay cabida para todo: la rabia, la guerra, el racismo, el miedo, la nostalgia, y también la bondad, la empatía, la música, el “descanso” de Rachel y Ross y sí, también un pollo.

Con un humor que recuerda por momentos a Aki Kaurismäki, Limbo se perfila como una de las películas del festival. Ambientada en una isla de Escocia, su atmósfera fría y lluviosa, llena de grandes planos fijos que engullen constantemente a los personajes, no hace más que reforzar la constante sensación de encierro e incapacidad de los protagonistas, desamparados en un mundo nuevo en el que han puesto todas sus esperanzas para salvarse de la guerra, para ser libres de ser quienes son. Y una vez más, como ha pasado ya con otras de las películas de la presente edición del Zinemaldia, la música cobra un papel clave en la resolución final del filme, de una fuerza vital abrumadora.

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