octubre 12, 2020

Festival de San Sebastián 2020: Entrevista a Antonio Méndez Esparza

Antonio Méndez Esparza: «Está claro que Courtroom 3H es un documental, pero hay una mirada detrás, un artificio».

Tres años después de competir por la Concha de Oro con la celebradísima La vida y nada más, el director español, afincado en Estados Unidos, Antonio Méndez Esparza ha regresado al Festival de San Sebastián con Courtroom 3H. Su nueva película es un notable documental, rodado íntegramente en el Tribunal de Familia Unificado de Tallahasee (Florida), y una de las mejores películas de la Sección Oficial del certamen donostiarra.

Courtroom 3H ya se ha estrenado en salas de toda España y su director nos cuenta las claves de la película en una charla que mantuvimos en el emblemático Hotel María Cristina de Donostia.

– La película arranca con una frase de James Baldwin: “Si uno realmente desea saber cómo se administra la justicia en un país se acerca al desprotegido y escucha su testimonio” ¿Qué te llevó a seguir el espíritu de Baldwin?

Antonio Méndez Esparza: La película la filmamos sin la consciencia de esa frase. Por el contrario, por ejemplo, en La vida y nada más el propio título era como el faro donde partir. El caso de Courtroom 3H es distinto, es una estructura con la Corte de Menores y las familias como protagonistas y, luego, poco a poco, los abogados y el juez fueron cobrando importancia. Es verdad que durante el montaje, que fue un proceso muy largo, buscábamos respuestas y referencias y, en ese momento, surgió la cita de James Baldwin. Nos dio un punto de partida, e incluso una justificación, y seguimos ese camino tejiendo una cierta unidad emocional. La idea de la película es mostrar este prisma de la sociedad norteamericana.

– Como cineasta, muestras la realidad y te apartas de cualquier moralidad. Lo dejas en manos del espectador. ¿Cómo lo lograste?

A. M. E.: No diría que soy incapaz de apartarme, porque soy consciente de que lo he hecho y del poder del cine y la ficción para poder hacerlo. Lo que sí es cierto es que durante el rodaje yo era casi un mueble, no tenía órdenes por dar y restaba sentado, quieto, observando, siendo espectador de la Corte y, poco a poco, ir fui sumergiéndome en todo ello y pensado cuál sería la película que surgiría de ahí. Está claro que Courtroom 3H es un documental, pero hay una mirada detrás, un artificio.

– Sorprende que en la segunda parte los abogados tengan mayor protagonismo. La abogada que se implica emocionalmente con el caso tiene peores resultados. ¿Fue difícil no implicarte con las historias personales?

A. M. E.: ¡Claro! No quería implicarme, porque son situaciones muy delicadas. De hecho, ponen en entredicho tu decisión de filmarlo. Las audiencias con las familias tienen un ritmo muy rápido, apenas tienen tiempo de hablar con sus abogados, entonces tampoco no tienes tiempo de establecer vínculo con ellos. Pero en muchas ocasiones te ves desbordado por las emociones y, en algunos momentos, te conmueves. Tomas decisiones subjetivas y te vas posicionando con cada caso. Intentábamos no estar muy cerca de ellos, ni de los abogados. Tampoco quería que nadie me contara que iba a ser la película, sino descubrirlo con mis propios ojos.

Courtroom 3H

– No das ninguna conclusión explícitamente, aunque se pueden intuir. Algunas de ellas pasan por criticar el sueño americano. ¿Es posible cumplirlo con este sistema judicial?

A. M. E.: Este juzgado responde a una realidad de desestructuración familiar y de indefensión e intenta mitigar un problema. El sueño americano es una excepción para el que consigue sobreponerse a todas las constricciones sociales. Hay casos de éxito. El sistema es imperfecto, pero orgánico y con ciertas posibilidades de mejora. Por otro lado, el sueño americano para estas familias es estar juntos, tener trabajo, hogar y seguridad económica. De hecho, son las tres cosas que el Tribunal reclama para obtener la custodia de los menores.

– Poder grabar las vistas es un derecho constitucional, pero ¿cómo fue el proceso de rodaje?

A. M. E.: Con la Corte de este Tribunal ya empecé los contactos preparando el guion de La vida y nada más e incluso conocí al juez. La película gustó y al proponerles hacer una nueva película sobre la corte, estuvieron muy predispuestos. Los jueces son muy conscientes de que es bueno que se sepa la realidad del país. El Departamento de Familias también estuvo muy dispuesto. Encontré un apoyo muy sorprendente: los jueces tienen muy claro el sentido de transparencia y prefieren enseñar su trabajo para recibir crítica. Debe primar la institución judicial a la persona (el juez).
Para la segunda parte de los juicos sí tuvimos que presentar un argumento jurídico para que se declarasen de interés general, ya que eran juicios secretos. Ahí nos encontramos con trámites legales difíciles. Hubiese sido trágico hacer esta película sin la parte de los juicios.

– Más de 300 vistas grabadas y apenas dos horas entre las dos partes de la película. ¿Cómo fue la mastodóntica tarea del montaje con tanto material?

A. M. E.: Fue un proceso muy complicado por el hecho de que no había un arco argumental definido. Nos costó dar con las teclas perfectas, para que no pareciera que hay cortes porque sí e intentar construir una unidad emocional. No obstante, también hay una parte de artificio y entró un poco la ficción: montamos planos de otra escena en un momento concreto que nos interesaba dramáticamente. Ésta parte me resulta divertida y siempre decía: «Aquí empieza Gravity«.

– Con artificio de montaje o no, a veces, hay más tensión y fuerza emocional que en una película o serie de ficción de juicios…

A. M. E.: La tensión y las escenas de las vistas y los juicios reales es tal que ya parecen por sí solas escenas dramáticas, incluso puedes llegar a pensar que son actores. La idea es trasladar la sensación que se vive en la Corte, aunque a veces sea con algún truco de montaje. No obstante, la mayor parte de la tensión proviene de que el sistema judicial decide sobre lo más íntimo, la familia.

Courtroom 3H

– ¿Siempre lo planteaste como un documental o en algún punto rondó la idea de convertir alguna historia en una ficción?

A. M. E.: No, pero alguna vez sí me pasó por la cabeza rodar alguna escena de ficción y mezclarlo. Al final, tampoco sé ni porque lo hubiera hecho. Era un pensamiento suicida.

– Han pasado dos años desde que ganaste el premio John Cassavetes de los Independent Spirit Awards con La vida y nada más. ¿Ha cambiado tu vida profesional de algún modo?

A. M. E.: Nada, nada. Son excepciones que te ayudan a ti como cineasta: te da confianza y cierta satisfacción. Las carreras pueden cambiar, claro, pero depende de muchos factores como el fervor de la crítica hacia una película, un éxito comercial, etc. Y, por otro lado, hay que saberse manejar en el circuito comercial y querer encontrar el éxito.

– ¿Cómo llegaste a cruzar el charco y contar estas historias alejadas de España?

A. M. E.: En realidad es la vida. En 2013 me fui de España y estuve un tiempo en Estados Unidos sin saber muy bien qué hacer. Me planteé volver, pero luego tuve que abrazar mi realidad: vivir en Estados Unidos. Por eso mis historias están ambientadas ahí. Ahora estoy desapegado de ahí, pero también de España. Me apetecería hacer algo aquí.

– Si vinieras a España a rodar finalmente tu nueva película, ¿qué historias te gustaría contar?

A. M. E.: Estamos dándole vueltas a una adaptación de Que nadie duerma de Juan José Millás. Es una novela fabulosa. Llevo tanto tiempo fuera de España que la realidad de ahora se me escapa aunque, a su vez, me siento muy cercano. Siempre he abrazado el presente, pero el de ahora de España se me escapa y entonces partir de una novela es una forma de tener un esqueleto del que partir. Me gustaría que la película que hiciera fuera una oportunidad de descubrir el momento español que sea en el momento del rodaje.

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