17 de junio de 2021

D’A Film Festival 2021: Crónica 1

Primera crónica desde el D’A Film Festival 2021.

Si servidor tiene que escoger un favorito de entre todos los festivales de cine que se organizan cada año en Barcelona, sin dudarlo: el D’A. El certamen dedicado al mejor cine de autor de los últimos doce meses y las propuestas más singulares del cine español, con estrenos mundiales en muchos casos. Esta undécima edición tiene formato híbrido, con todas las sesiones presenciales, pero también algunos títulos disponibles en la plataforma Filmin para poder llegar a espectadores de todo el país y compensar la reducción de los aforos en las salas de cine. Una de las películas que ha estado al alcance de todos es El teléfono del viento, uno de los mejores títulos de esta edición. ¿La película más devastadora del último año? Muy probablemente. Nobuhiro Suwa es uno de los mejores cineastas japoneses del cine contemporáneo y con su nueva obra ha regresado a su país natal tras unos años rodando en Francia y siendo un alumno aventajado de la nouvelle vague.

En El teléfono del viento articula un drama sobre el duelo a través del viaje por carretera de Haru, una joven de 17 años que perdió a sus padres y hermano en el tsunami de 2011. Ahora vive con su tía, pero un día amanece con la necesidad imperiosa de reencontrarse con su antiguo hogar, quizás el lugar que le reportará la calma emocional deseada. En su trayecto, Haru se encuentra con una infinidad de personas que la ayudan, con comida y transporte sí, pero sobre todo a aprender a gestionar su dolor; con las historias de todos ellos comparte la experiencia y la desazón emocional. Suwa construye una road movie en torno al viaje de Haru que, finalmente, se convierte en un caleidoscopio del duelo nacional, un fresco que dibuja con tristeza, y también esperanza, las cicatrices de un Japón asolado por la tragedia. Sin hacer ningún spoiler, la última escena de la película es sumamente conmovedora, un plano largo que recoge un monólogo soberbio, el desamparo y la necesidad de conexión humana. Precisamente, descubrir este drama en tiempos de pandemia eleva su mensaje del contacto social como salvavidas.

Spring Blossom

A las antípodas de emocionales encontramos Spring Blossom (Seize printemps), el luminoso debut de la jovencísima Suzanne Lindon, hija del reconocido actor Vicent Lindon. A sus 19 años ofrece una embriagadora comedia romántica entre su personaje (una adolescente en su último año de instituto) y un actor de 35 años; ambos son dos peces fuera del agua en sus respectivos círculos sociales, la pandilla de amigos y los compañeros de trabajo, respectivamente. Rápidamente, bajo el espíritu primaveral, aparece una conexión entre los dos, un romance fugaz, primerizo para ella, juguetón para él. Lindon se muestra muy dotada en el trabajo de dirección, con un notabilísimo uso del encuadre, y todavía mejor en la escritura del guion. Los momentos musicales son un derroche de imaginación estupendo y, sobre todo, resaltan como instantes especialmente bellos para reflejar las dudas, los temores, la felicidad y la seducción de los protagonistas. Una ópera prima muy prometedora que nos presenta a una cineasta en ciernes a la que, sin duda, deberemos seguir con atención. Lindon, además, es capaz de emocionar con una sencilla e íntima escena entre la protagonista y su madre y luego con una mirada y cambio de rumbo al pasear.

Poppy Field

El D’A también se ha puesto político con dos obras resaltables. Por un lado, Poppy Field, ganadora del Premio del Jurado a la mejor película, es el debut del director rumano Eugen Jebeleanu que, en un ejercicio de economía narrativa, enclaustra al protagonista, un agente de policía homosexual, en una asfixiante situación. Un hervidero que ha estallado a causa de la homofobia persistente en la sociedad (una protesta fascista en un cine cuando se proyecta un filme con relación lésbica) y en el odio a sí mismo del protagonista (ese bofetón que tantos problemas le acarrea). Una enérgica denuncia contra la intolerancia que, si bien no muestra nada nuevo ni sobresale en ninguno de sus apartados, sí tiene los suficientes alicientes como para apreciarla dentro de la selección del festival de este año.

Por otro lado, Residue es otra feroz crítica, en este caso, al racismo estructural en EE. UU. y a la gentrificación de los barrios en las grandes ciudades (aquí, Washington D.C.). Cine político a través de la mirada de un joven cineasta que decide reencontrarse con su pasado a través de la escritura de un guion. Todo ha cambiado quince años después de que se fuera a vivir a Los Angeles y entra en un estado de desarraigo físico y emocional. El debutante Merawi Gerima acierta en el uso de la luz y las sombras, en el fuera de campo, en lo que se enseña y lo que se esconde. Otra estimable película y debut, ésta con un alto reconocimiento internacional: ganó el premio John Cassavetes en los Independent Spirit. La película más autoral bajo el paraguas del Black Lives Matter.

Residue

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