25 de octubre de 2021

Festival de Sitges 2021: Crónica 3

Animación de altura en Sitges.

Una de las mejores películas del año. Mamoru Hosoda nos ha brindado su obra maestra con Belle, un conmovedor drama romántico que aglutina todas las constantes, temas e inquietudes artísticas de su corpus fílmico. Tras pasar por el Festival de Cannes, el cineasta japonés ha visitado Sitges para recoger el Gran Premio Honorífico. Un justísimo reconocimiento que pone en valor el cine de animación y reivindica el anime en particular. Cine a la altura de cualquier otra película de acción real. En su nuevo filme, Hosoda bifurca el mundo real y virtual a través de Suzu y Belle, las dos caras de la misma moneda: la joven adolescente encerrada en sí misma y su alter ego en U, un espacio virtual en el que crearse una nueva identidad es el vehículo idóneo para volver a encontrar la propia voz y superar cualquier trauma que lastre el porvenir en la realidad tangible. Su alter ego pronto se convierte en una estrella de la música en mitad de la asombrosa plataforma de Internet. El director de Summer Wars ofrece un brillante espectáculo visual y sonoro al servicio de una historia arrebatadora y, sí, emotiva.

Belle se desarrolla en distintos planos narrativos, pero todos confluyen en el viaje central de Suzu, su proceso de creación de otra identidad para comprender cómo manejar la suya propia, superar el duelo por la muerte de su madre, aprender a comunicarse de nuevo con sus seres queridos y cristalizar sus anhelos en un fulgurante éxito musical. Hosoda emociona con una triple historia de amor: romántico (el compañero de instituto de Suzu), paternal (la maltrecha relación con su padre) y fraternal (la Bestia en el mundo virtual a modo de revisitación de La bella y la bestia) en un compendio de los temas que han apuntalado su obra previa. Belle tiene muchos homenajes a Disney y no solo al clásico de 1991. De hecho, su maravillosa BSO es deudora, tanto en los temas orquestarles como en el magistral conjunto de canciones. Otra de las señas de identidad del director de Wolf Children es la confluencia del mundo real y virtual y en Belle es fascinante cómo usa la animación para reflejar las inquietudes y temores de la adolescencia y, sobre todo, esa otra identidad que tenemos a través de las aplicaciones y nuestra exposición pública. Una película con tantas capas como aciertos en su desarrollo. Nada está fuera de lugar y todo desemboca en un acto final absolutamente conmovedor. La sublimación de la obra de Mamoru Hosoda. Imprescindible.

¿Dónde está Anna Frank?

Sin miedo a equivocarme y aventurando los días venideros, ¿Dónde está Ana Frank? es la mayor decepción de este Festival de Sitges. Tras el excelente documental Vals con Bashir y la magistral El congreso, Ari Folman se ha labrado un nombre propio en el cine de animación contemporáneo. El anuncio de un nuevo proyecto suyo es un acontecimiento para todo apasionado de la animación como un servidor. No obstante, su acercamiento a la figura de la joven judía víctima del holocausto es una película tan bienintencionada y didáctica para las nuevas generaciones como inane y simple. Uno no observa (casi) rastro del brío del cineasta israelí. Sí lo hay en el uso de la técnica animada para recrear el horror del nazismo (la representación de los oficiales alemanes), el origen literario de Kitty, surgida literalmente del puño y letra de Ana Frank, o las secuencias líricas.

¿Dónde está Ana Frank? yuxtapone la realidad histórica del diario de la protagonista con la fantasía de la amiga imaginaria que es invocada aquí y ahora para atizar contra la crisis de los refugiados. Folman acierta en esta simbiosis de pasado y presente en un ejercicio reivindicativo de memoria histórica, aunque con un tono demasiado infantil, subrayado en exceso y desprovisto de todo su ingenio argumental. Quizás esta ¿Dónde está Ana Frank? haya que tomarla como un buen filme infantil, uno al que la cuña «esta película debería pasarse en escuelas e institutos» le queda como anillo al dedo. Quizás sea su único propósito, de hecho, es un encargo de la Fundación Ana Frank al propio Ari Folman. La adaptación casi fidedigna y completa de El diario de Ana Frank es muy discursiva y resulta poco interesante, puesto que ya conocemos la historia y no tiene emoción alguna. La parte más potente es la del presente, cuando la película deviene una advertencia del más allá en cuanto al presente aciago y a la repetición de erros históricos y una crítica al odio creciente. Lástima que ocupe poco espacio en el metraje y su alegoría sea tan poco sutil. ¿Dónde está Ana Frank? es tan irregular como efectiva, pero está muy lejos de los dos anteriores trabajos de Ari Folman.

Pompo: La magia del cine

Con menos relumbrón, entiéndalo como ausencia de un cineasta venerado en todo el mundo, también se ha visto en el Festival de Sitges Pompo: La magia del cine. Takayuki Hirao presenta una de esas películas que son una delicia para cualquier cinéfilo, cine dentro del cine. La historia gira en torno a la producción del nuevo proyecto cinematográfico de un estudio japonés a partir de un guion olvidado en un cajón. Gene, amante del séptimo arte y asistente de Pompo (el autor del libreto descubierto) toma las riendas de la dirección de este inusual proyecto y pone de manifiesto las dificultades del proceso creativo. Ahí radica el mayor aliciente de este anime, en su defensa a ultranza de la pasión por el trabajo, la dedicación vital a aquello que uno ama, en este caso, el cine. Si bien es cierto que la historia ha sido contada decenas de ocasiones y que algunas fugas hacia el anime teen más lacrimógeno restan entidad al conjunto, también lo es que esta Pompo es un buen filme de animación. También se echa de menos algo más de emoción que queda solventada por el carisma de sus personajes y los guiños cinéfilos.

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