26 de noviembre de 2022

Críticas: Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades

Al desnudo (pero no tanto).

En los 80, Osamu Tezuka puso a un niño a saltar, cada vez con mayor impulso, para descubrir el mundo que le rodeaba en su cortometraje animado Jumping. En Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades una sombra amplía cada vez más su campo de visión mediante saltos a través de un desierto. Un mismo punto de partida que nos propone un personaje ávido de conocer aquello que le rodea. En el caso de Alejandro González Iñárritu, se trata de una especie de autoconocimiento a partir de ciertos destellos de su propia vida reflejados en un alter ego, Silverio Gama, interpretado con soltura por Daniel Giménez Cacho.

Iñárritu se toma en serio lo de referenciarse, ya no solo por representar pasajes de su vida muy íntimos, también por contemplar de cerca su propio cine. No se nos puede olvidar que es el autor de una de las películas más tristes y enfangadas del cine reciente (y me refiero a Biutiful), donde los bajos fondos de una ciudad eran un lugar común para su protagonista, pero se ha decantado por su inspirada hiperactividad a base de travellings de Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) para estilizar su nueva historia.

Silverio, siempre presente en escena, sucumbe a los encantos visuales de eternas secuencias donde la pomposa imaginería del director va tomando forma, mientras baila con la cámara, metafórica y literalmente, para rellenar con retórica su idealización del mundo. Puede sonar negativo, pero en realidad es una parte importante del espectáculo que en ocasiones nos engancha por su pericia. Existe una pega, claro, y es que Iñárritu no se conforma con la ilusión recreada a través de espejos (también literales y figurados), cayendo en la sobre-explicación de algunos pasajes del film a modo de cierre de sus círculos, pareciendo así, aunque sea levemente, que no confía en la interpretación del espectador, aunque lo oculte con una intención de exponer sus propias ensoñaciones.

Silverio sufre el síndrome del impostor a su llegada a México, esa ciudad que, citando las palabras de su chófer «es un estado mental». En la mente y la ensoñación se sumerge la historia para reproducir la ebullición que se sucede en la cabeza del protagonista. Desde un inicio nada es literal, y “bardo” juega con las distintas acepciones de su significado: Silverio como poeta lírico, Silverio adentrándose en fango donde hundirse.

Esa imagen impostada que le genera dudas circula en su profesión y en su relación con México, solo hay que ver una encendida conversación con su hijo sobre la migración mientras fuera se va desatando una gran tormenta, o la reproducción de una hipotética conversación con Hernán Cortés citando al poeta Octavio Paz, para mostrar a continuación los entresijos de un rodaje cinematográfico, como equivalencia de la artificialidad y la lenta muerte de la cultura—y no reprimo citar el guiño a la ballena de Armonías de Werckmeister, transformada en la derribada escultura de un Dios ancestral—.

Porque parece que el director ha vuelto a su país natal siendo consciente de que iba a teorizar México desde fuera, y banalizar su propio retrato para conseguir una apariencia espectacular. Hay escenas que son puro vicio como su paseo por las entrañas de los platós de televisión, o el baile festivo a ritmo de un David Bowie sin aderezos; pero también sucumbe a la tentación de edulcorar algunos temas familiares como su hijo Mateo o la relación con sus padres, pasajes que intentan emocionar sin grandes efectos, pero que cuesta asimilar como estigmas de su propia elocuencia.

Dentro de su acierto de querer interpretar la realidad y el sueño como un todo, y mejorando la crisis existencial que se convertía en un catálogo de experimentos fílmicos de Birdman, parece que a Iñárritu le gusta lo que ve de sí mismo y dentro de su complacencia prolonga en exceso algunas de sus imágenes, dejándonos huérfanos de interés después de ciertas explosiones interpretativas. Pero sabemos que el director nunca se va a conformar con un pequeño muestrario si puede incluir el catálogo completo, aunque no quede del todo clara su visión actual de México por mucho que haya buceado por su historia, aunque se repita a través de la sugestión de sus imágenes. De todos modos, Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades demuestra que tanto Silverio como su alter ego tras las cámaras son narradores natos, que saben hacer que fluya la imagen hasta el impacto, que se consume en los detalles (me sigue maravillando que le diera un código de colores en la vestimenta a cada miembro de la familia) y en los trucos cinematográficos, y que reconoce en el entretenimiento una especie de arte complejo y elevado, donde todo es posible.

Los excesos también se pueden disfrutar en una gran pantalla, aunque percibas las costuras, sobre todo si las neuras creativas (y no tanto las imperfecciones humanas) son el motivo principal de una película. Esto de autoanalizarse es algo que han practicado muchos directores, y quizá lo interesante es que aquí no hay un desnudo integral, sino un collage de las posibles versiones de uno mismo. A nadie le sorprenderá que todas sean bonitas.

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