23 de mayo de 2022

Críticas: Belfast

Alma dentro del efecticismo.

Kenneth Branagh en su última película ha trasladado a la gran pantalla una retrospectiva de su infancia en el barrio donde vivía situado en cuya ciudad da título a la cinta: Belfast. El realizador irlandés filma esta cinta en blanco y negro igual que Alfonso Cuarón en Roma (México, 2018); hace de su antiguo barrio un personaje más como ha hecho Paolo Sorrentino en Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, Italia, 2021) y trata el tema de huir del lugar de nacimiento a una ciudad mayor para un mejor futuro, como ya hizo Pedro Almodóvar en Dolor y Gloria (España, 2018). Pero pese a tener estos elementos en común para contar parte de su niñez, Branagh se aleja enormemente de las visiones de estos directores y nos entrega una cinta alegre y esperanzadora más próxima a la visión que tiene un niño de la vida mostrada en Jojo Rabbit (Taika Waititi, EE UU, 2019).

El film comienza con planos aéreos genéricos en color de la actual ciudad de Belfast para, tras pasar un muro que lleva al barrio donde se desarrolla la acción, pasar al blanco y negro, introduciéndonos así a los recuerdos del director en los que se basan la película, mostrando un barrio lleno de vida, presentándonos el espacio donde se desarrollará la historia para pasar rápidamente a las revueltas de cristianos protestantes para expulsar a los católicos de lugar, estableciendo un tenso telón de fondo y contexto complejo de forma simple pero efectiva, en gran parte desde la mirada de un niño, siendo esto algo imprescindible para poder entender la historia y a los personajes. Esta mirada del mundo desde el punto de vista de un niño ayuda a crear una cinta cercana al espectador, viendo una familia con grandes problemas, pero también fuerte y unida, con momentos felices, con personajes que sin profundizar en demasía en ellos provocan empatía con el espectador. Pese al telón de fondo y premisa pesimista y dramática, Belfast es una película repleta de comedia creando un equilibrio perfecto generando multitud de emociones y mostrando un mundo feliz y repleto de esperanza. Es en las emociones cuando Kennet Branagh camina por la cuerda floja, consiguiendo provocar las emociones que desea en el espectador de forma efectiva, pero tan efectiva que lleva al espectador de la mano indicándole que debe sentir en cada momento de la trama carente de ninguna sutileza, como de si un cartel de aplausos invisible se tratase. Los diálogos ayudan a este paseo guiado de emociones, pero pese a esto se encuentran numerosas líneas con un gran valor de vida, potenciadas con las actuaciones de los actores sin destacar uno por encima de otro, transmitiendo realismo y naturalidad todas ellas.

Branagh vuelve a trabajar una vez más junto al director de fotografía chipriota Haris Zambarloukos. Nos entregan planos de gran belleza, estilizados y buscando siempre el impacto visual, teniendo así planos correctos y efectistas que sin gran peso narrativo logran funcionar y dar un sello autoral. El director utiliza contrapicados para mostrar la admiración desde la mirada de un niño, planos generales para contarnos el estado del barrio, miradas distorsionadas desde ventanas, las cuales poseen un gran peso en la película a nivel formal o primeros planos cuando la emoción de un personaje es el eje central de una escena. Entre todos estos tipos de planos, el realizador irlandés juega con los colores rompiendo la cromancia de la película cuando vemos otra película dentro de esta proyectándose en color, transportándonos a otra historia fuera de la que estamos viendo, transmitiéndonos el mensaje del cine como vía de escape de los problemas de la vida, hablando el director directamente al espectador, casi rompiendo la cuarta pared sin diálogos para mostrarnos su amor por el cine desde niño.

En definitiva, tras unos años centrado en el cine comercial con películas de encargo (algo de lo que es consciente con la referencia a Thor), Kenneth Branagh vuelve a entregarnos con Belfast una película con sello autoral, que pese a sus recursos efectistas sin correr ningún riesgo ni innovar, posee alma propia y consigue transmitir los sentimientos de su infancia al espectador.

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