23 de mayo de 2022

Críticas: Ariaferma

Hallar la humanidad entre rejas.

Cuando uno visualiza una prisión muy probablemente no sea la imagen del lugar lo que a primera instancia venga a su mente, sino ese claustrofóbico sentimiento ocasionado por la privación de la propia libertad. Ahí, esas relaciones de poder presentes en la sociedad, se hacen aún más evidentes y rígidas: unos dan órdenes, otros aseguran su debido cumplimiento y los restantes se aseguran de obedecerlas. Bajo este contexto, Leonardo di Costanzo decide recuperar esa relación de encierro abordada en su ópera prima L’intervallo (2021) para traerla a un entorno más auténtico en Ariaferma (2021): la prisión de Mortana.

Esta antigua cárcel del siglo XIX -totalmente ficticia- se encuentra en proceso de desalojo y, por problemas burocráticos, un grupo de oficiales se verán obligados a permanecer en ella más tiempo del previsto para vigilar a una docena de prisioneros hasta su indeterminado traslado. De esta manera, la película arranca pronto con ese juego relacional entre carceleros y reclusos, dos grupos en oposición que se encuentran encerrados en ese lugar en contra de su voluntad: unos por mandato de sus superiores, otros como consecuencia de sus actos.

Ese componente espacial en Ariaferma se configura como uno de sus pilares desde un principio. Tras situar al espectador en una zona alejada e indeterminada de Italia a través de planos generales que anuncian ese aislamiento, en el interior del presidio se empieza a operar una modesta puesta en escena. La cámara hace un seguimiento de la acción aprovechando el carácter angosto del lugar y sirviendo, en momentos puntuales, como sustituto de esas miradas vigilantes que observan ante los barrotes. Sin llegar a ser para nada claustrofóbica, esa opresión se entremezcla con los claroscuros de una prisión casi en la penumbra, tenuemente iluminada por luces que se funden e hilos de luz natural que se cuelan tenuemente por las ventanas.

Asimismo, bajo la batuta de una música -entre lo litúrgico, lo rudimentario y lo percutivo- que exalta la hostilidad y la ambigüedad del lugar, el centro penitenciario deviene un microcosmos propio en el que, poco a poco, va ganando terreno una decadencia tanto arquitectónica como moral. Di Costanza se asegura de remarcar la primera con varios momentos en los que la cámara sale al exterior y documenta esas fachadas que se resquebrajan, pierden su color y dejan huecos irregulares tras su caída. En cuanto a la segunda, se hace inevitable en el momento en el que los personajes comienzan a interactuar entre ellos y, dentro de esa situación excepcional para ambos, nuevas relaciones comienzan a surgir ante la distensión de las reglas y los protocolos.

La mirada cenital, que aparece en contadas ocasiones y remarca esa arena en la que se fuerza la convivencia, remite a la idea penitenciaria panóptica de Bentham. Si bien el espacio se ve reducido en la película y ya no es un gran edificio con una torre vigilante central, el formato circular en cuyo centro siguen situándose los celadores se mantiene. De esta manera, se vuelve a ese aspecto relacional en el que el observador se convierte, desde una visión “foucaultiana”, en un ente de poder que todo lo visiona y que esconde la capacidad sancionadora frente a la que los observados, ergo los presos, adoptan una posición sumisa. No obstante, es interesante cómo desde el guion se va reformulando todo esto lentamente y se va poniendo en cuestión todas esas relaciones de poder sobre unos y otros. La relación principal entre el guarda Gaetano Gargiuolo (Toni Servillo) y el reo Carmine Lagioia (Silvio Orlando) -sólido dúo interpretativo a lo largo del film- ahonda en esto y permite mostrar a través de los diálogos un juego de dominio en el que no siempre es el mismo personaje quien lleva el control, ni siempre se impone el mismo al que en teoría se le ha otorgado el poder dentro de esa institución.

Ese debilitamiento del orden preestablecido permite avanzar a la historia hacia un acercamiento entre ambos bandos. Estos van poniendo de lado las diferencias hasta sentarse todos codo con codo en una misma mesa, en una escena con reminiscencias a Caravaggio. Tras toda esa animosidad que vertebra la narración, subyace una historia que habla sobre la humanidad y la solidaridad que trasciende esa ordenanza de poderes que peca, a veces, de endurecerse e insensibilizarse. Aun así, es aquí donde entra el debate moral que el film plantea y frente al que se pronuncia con cierta ligereza. La dimensión humana de cada individuo no debería verse condicionada por la privación temporal de su libertad entre rejas -como se aseguran de atestiguar algunos de los personajes-, pero ¿esa misma dimensión no queda en tela de juicio según los actos cometidos que lo han llevado a esa situación? Ariaferma prefiere permanecer en un terreno seguro donde lo formal y lo temático discuten coherentemente sin deslumbrar, mientras que se mantiene en una posición ajena a todo ese divagar más filosófico. Quizás esa prudencia general hace que al final una película con ingredientes y propuestas potenciales se quede en una obra acertada, pero sin grandes impresiones.

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