28 de septiembre de 2022

Críticas: Morbius

¡Exprópiese, Sony!

Habría que preguntarse en algún momento (cercano a poder ser. Urge.) qué ocurre cuando los directores y las directoras entran en contacto con las franquicias de superhéroes. Qué se habla con los ejecutivos de Sony, Marvel o DC a puerta cerrada; cuáles son las condiciones de Warner Bros para que productos como el Escuadrón Suicida (Suicide Squad, EEUU, 2016) de David Ayer o La liga de la justicia (Justice League, EEUU, 2017) de Joss Whedon lleguen a salas. Averiguar cuánto hay de impedimentos corporativos, de condicionantes empresariales, o si es que una vez entran ahí los realizadores sufren una especie de enajenación mental, ictus, derrame (a la fuerza de asumir que lo que les espera en la sala de reuniones no es un tratamiento Ludovico como aquel por el que pasa Alex en La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, Reino Unido, 1971)).

No es que Daniel Espinosa sea un nuevo Kubrick; entiéndase, no se trata aquí de ensalzar filmografías que tienen poco de destacable, pero sí de competente (algo de lo que carece Morbius (EEUU, 2022)). Viniendo como viene de dirigir Life (EEUU, 2017), un efectivo revival de Alien cuya tensión conseguía con creces disimular la estupidez de su perezosa historia, es hasta cierto punto llamativo que el director sueco de origen chileno haya firmado un desastre cinematográfico de este calibre. Porque Morbius compite por ser (debe decirse, por decencia cívica, por respeto al cinematógrafo, aunque sea un objeto que dé más disgustos que alegrías) la peor película de superhéroes de los últimos veinte años.

Algo, no hay duda, debe de ocurrir en esas salas aclimatadas. Un eureka, una revelación, tras la cual se decidió contratar a los guionistas de un chasco tan grande como Drácula, la leyenda jamás contada (Dracula Untold, Gary Shore, EEUU, 2014). Para Matt Sazama y Burk Sharpless es lógico que el villano de Morbius decida comenzar a asesinar gratuitamente a viandantes. Cuando era pequeño tres chavales del colegio de enfrente se metieron con él, enfermo, como estaba, de un sucedáneo de la polio, en una secuencia con reminiscencias a momentos tan terribles de la historia del cine como el comienzo de Un monstruo viene a verme (J.A. Bayona, España, 2016). Recurso éste, que, dígase de una vez, tan solo funciona en comedias de instituto, por arquetípico, y que en el género superheróico necesita de mayor empaque emocional y densidad dramática para construir un villano interesante. Y esto ya se hizo, con una verja, una fotografía descolorida y menos metraje no una, sino dos veces con un personaje de cómic llamado Magneto (X-Men (Bryan Singer, EEUU, 2000), X-Men: Primera generación (X-Men: First Class, Mathew Vaughn, EEUU, 2011)). Aun así, Morbius se ha negado a aprender de ninguna de las sagas de superhéroes que le preceden.

Lo que sea que se habla a puerta cerrada no contempla ni las más mínimas nociones de guion; y no porque se las salte o las subvierta (¡¡más quisieran los guionistas de Dioses de Egipto (Gods of Egypt, Alex Proyas, EEUU, 2016)!!), sino porque, tratando de seguir una fórmula trillada y ya por mucho tiempo perfeccionada, deslustran incluso la convención. Sirva de ejemplo un par de policías (desaprovechados Tyrese Gibson y Al Madrigal) que no saben más que el espectador, y cuya única función es llegar tarde a escenarios de un crimen atroz, en el que los cuerpos, vacíos de sangre, cubren el suelo de un enorme buque. Describen lo que ya se ha mostrado en pantalla sin conflicto interior propio, sin reflexión psicológica, despertando el aburrimiento o noqueando la atención del público. La cámara se aleja en un plano general sobrevolando el océano. Finalmente leemos el nombre del barco en la popa: “Murnau”. El cinéfilo se revuelve en la silla y Bram Stoker araña su ataúd.

Si todo esto que rodea al protagonista ya suena terrible, el diseño y la psicología de este villano residual de Spider- Man que se ha empeñado en adaptar Sony (entendiendo por residual aquello que “queda de un todo cuando se quita otra parte”. La buena.) no es mucho mejor. Jared Leto se aleja de la demencia sonrojante de su Joker y, por desgracia, de su disonante intervención en La casa Gucci (House of Gucci, Ridley Scott, EEUU, 2021), para interpretar a un engreído científico que captura murciélagos de una recóndita cueva de Costa Rica con la intención mezclar su ADN con el de los humanos. Este doctor que rechaza premios Nóbel como quien baja a comprar el pan es acompañado por su ayudante, la Dra Bancroft (Adria Arjona), una especie de Pepito Grillo que a la hora y media se torna interés romántico, exiguo para las circunstancias cinematográficas (gratuito para las extra-fílmicas) pero que, sin embargo, a fuerza de que haya una pelea final, deberá funcionar como motivo emocional para que Morbius se líe a mamporros.

Si el Doctor (a quien, una vez se modifica el ADN con monstruosas consecuencias, los guionistas creen Jekyll y Mr. Hyde) tiene medianamente claro por qué se tiene que dar de leches con Milo, este millonario que ha financiado sus investigaciones para curar esa enfermedad que los dos padecen y que, parece, le estima mucho por 10 minutos que compartieron en pantalla al comienzo de la cinta (cuando un jovencito Leto le salvó la vida con un bolígrafo) no parece comprenderlo. Su intérprete, Matt Smith, confesó hace unos días en una entrevista que no entendía a su personaje, así que imagínense a los espectadores cuando lo ven poniéndose un traje, bailando frente al espejo de una opulenta habitación en una secuencia completamente innecesaria e inexplicablemente larga que bien podría ser el spot de una fragancia de Giorgio Armani; momento al que llegan tan solo los espectadores, ya que los cinéfilos han huido o perecido hace escasos minutos ante una sacrílega referencia visual a Keyser Söze.

Hacia el final, por fin, ambos ex-amigos planean en slow-motion (sin alas porque el ADN de murciélago revierte las leyes de la física) dejando a su paso unas estelas moradas y naranjas respectivamente, carentes de justificación alguna en dos horas, introducidas no sabemos si por falta de confianza en la percepción de unos espectadores ya por nueve décadas educados en el color del cine y sus códigos o porque, siendo conscientes de que su montaje es caótico y chapucero, los señores trajeados de la sala de reuniones sabían de buena fe que ningún ser humano iba a ser capaz de seguir la secuencia. Lo peor (si es que aún puede haberlo) es que estas escenas, con efectos digitales bastante cutres, son las más entretenidas de toda la película.

En algún momento de la charla entre Espinosa, los guionistas y los mandamases de Sony tal vez se contemplase la posibilidad de, sabiendo que se va a producir una cutrez de proporciones blockbusterianas, orientar el proyecto hacia la autoconsciencia, la irreverencia, la desfachatez asumida y bien llevada de la saga Venom. Pero no, con la gravedad propia de los proyectos de envergadura se decidió tomar partido por un drama desmembrado y perezoso echando mano de un villano que a nadie le importa y que tan solo tiene por objeto conectar el MCU con los proyectos de Sony. Así, obligan al espectador no solo a quedarse sentado unos minutos más tras tal torrente de insulsa cinematografía, esperando dos escenas post-créditos carentes anclaje en todo el metraje, sino a preguntarse por enésima vez qué ha pasado (extra-cinematográficamente hablando) para que todo haya salido tan mal. Y esta búsqueda incesante de explicaciones, sobre dónde ha quedado el sello de Espinosa o por qué CODA: Los sonidos del silencio (CODA, Siân Heder, EEUU, 2021) ha ganado el Oscar a Mejor película, devalúa, tristemente, el valor de toda imagen.

Puestos ya en esta situación inabordable, queda claro que lo que pueda pasar en el Área 51 no es ni remotamente tan importante como lo que ocurre en los despachos de las grandes productoras. ¿A quién le importa la disección de extraterrestres cuando tiene la ciudad empapelada con posters de dudoso gusto estético con la cara de Jared Leto a medida 120×180? Habría que tomar cartas en el asunto, hacer algo de activismo fílmico, e incluir en la agenda política un plan de regeneración ordenado por prioridades: primero, prohibir el coaching en general, luego, acabar con el monopolio de Disney, y más tarde, cuando llegue el momento, las reuniones entre realizadores y altos ejecutivos. ¡Exprópiese Sony! Y el mundo, de seguro, será un lugar mejor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

cinco × dos =