3 de octubre de 2022

Críticas: El hombre que vendió su piel

En el lado correcto.

“Yo no soy cínico, el mundo lo es.” Bajo esta premisa, articulada por el carismático Jeffrey Godefroi (Koen de Bouw), configura la directora tunecina, Kaouther Ben Hania, el discurso de El hombre que vendió su piel (The man who sold his skin, Túnez, 2020), ambientada en pleno desarrollo de la Primavera Árabe. Una sugerente y estimulante crítica al sistema capitalista que aúna y estructura como leitmotiv el esnobismo identitario del mundo del arte y la indiferencia estremecedora de Occidente. Ben Hania plantea, a través del amor imposible entre los jóvenes sirios Sam Ali (Yahya Mahayni) y Abeer (Dea Liane) como motor del relato, una reflexión sobre la autonomía individual bajo el marco provocador del drama, el romance y el humor negro.

Sam, exiliado en Beirut, acepta un pacto faustiano con el artista Godefroi con el fin de llegar a Bruselas y reencontrarse con Abeer. Busca la liberación a través de medios poco ortodoxos (accede a que su espalda sea el lienzo del artista) que, paradójicamente, le convierten en esclavo de su propio cuerpo. El filme entrelaza la candente crisis de los refugiados sirios y la trivialidad del arte conceptual, cuya unión recae sobre la mercantilización humana (haciendo referencia a la situación precaria de los refugiados que conduce al riesgo de ser víctimas de trata o de otras formas de explotación) como vía de escape para Sam. Un retrato de dos realidades antagónicas. Libertad y elitismo frente a supervivencia y sometimiento. Privilegiados y condenados por el mero hecho de nacer, en palabras del protagonista, “en el lado correcto del mundo” o no. Una denuncia a la doble moral de las clases más favorecidas que ya se exploró de forma similar en la producción sueca The square (Ruben Östlund, 2017).

A pesar de partir de una idea sumamente tentadora y compleja, la película acaba adoptando la narrativa de fábula con su correspondiente moraleja. Propone, a través de una ruda visión de la sociedad contemporánea, cuestiones y dilemas éticos sin llegar a desarrollarlos con la madurez precisa. La férrea carga que recae en el peliagudo – y algo forzado – romance trivializa el relato, hasta el punto de suscitar la idea de que si no fuese por la turbulenta historia de amor como elemento motivacional para Sam, el drama de los exiliados carecería de trascendencia.

Si bien en cuanto al fondo la película no alcanza el culmen, sí lo hace en lo que a formas se refiere. La directora explora artísticamente, junto al director de fotografía Christopher Aoun, el concepto de libertad de un modo extremadamente interesante. Crean una particular atmósfera donde los espejos juegan un papel clave en pos de los límites de la identidad y la libertad, construyendo a través de encuadres y movimientos de cámara realidades que cuestionan hasta qué punto es reflejo identitario cómo actuamos en sociedad, ¿pueden las acciones definir quiénes somos? ¿Lo que mostramos es lo que somos? ¿O fingimos para ser parte del sistema en base a unos pretextos ya instaurados? Hay en los planos que recogen los encuentros entre amantes una alta carga significativa resultante de una línea vertical que les separa. Con la singularidad de que frente a Abeer no hay obstáculos que le limiten, mientras que frente a Sam sí. Toda una declaración de intenciones. Ben Hania subraya, a través del lenguaje cinematográfico, la diferencia de clases y de posibilidades entre ambos. El hombre que vendió su piel, pone en jaque las convicciones morales de Occidente y abre el debate atemporal sobre el valor de la vida, la explotación de la vulnerabilidad y precariedad ajena, la desigualdad intrínseca del capitalismo y los límites del ser humano.

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