23 de mayo de 2022

Críticas: The Northman

Hear me, Odin.

En la mitología nórdica se tenía una concepción cartesiana de lo imaginario y lo real como un todo, lo que era posible de imaginar, existía en el mundo real y es lo que Robert Eggers ha intentado hacer con The Northman (EEUU, 2022), notándose, pero, un deterioro en algunas escenas y planteamientos formales. La mano que alimenta la película quiere seguir nutriéndose de sus ganancias y, la idea de la accesibilidad como vehículo para llegar al gran público, peca de paternalismo para con su posible audiencia. Y ese es, probablemente, el gran ‘pero’ de la película. Este hecho reduce la gran compleja maquinaria para la que estaba destinada a ser la película. El primer film de gran presupuesto del director estadounidense (ni más ni menos que 90 millones de dólares) es un juego de gigantes que pocos se pueden permitir y el precio a pagar se ve privado en sus formas.

La épica de The Northman es atravesada por referencias tan diversas como las tragedias de Shakespeare y los mundos imaginarios de Tolkien. No siendo la película ninguna de esas obras por separado, pero ambas en conjunto, ya que comparten lugar común en su procedencia. Son unas referencias que van atrás y adelante en el tiempo, como ya lo hizo Shakespeare inspirándose en la leyenda de Amleth (nombre que recibe el protagonista de la película), una leyenda que, aunque no se conserve la pieza, la historia ha conseguido navegar a través de los años. Eggers convierte a Hamlet en algo que actúa en futuro para la actualidad fílmica en la que está ambientada la película. Esas relaciones son como las nornas (deidades de la cosmología nórdica, semblantes a las valkirias) que se creía, tejían el destino de los hombres, como en la fábula que el director presenta, las que escuchan el volcán clamar venganza, las que entretejen el tiempo y la historia -el pasado, el presente y el futuro en uno- las que, en definitiva, deciden el destino de sus protagonistas.

Si atendemos a las formas, nos encontramos con una cantidad incesante de simbología nórdica, no siendo esta demasiado explícita más allá de lo necesario para la contextualización histórica que requiere la narración. Sería imposible, por ejemplo, plasmar una realidad en la edad media en el sur de Europa sin mostrar alguna cruz cristiana, lo mismo en un contexto vikingo. Pero más allá de lo evidente en la praxis ambiental, Eggers utiliza los símbolos para mover la cámara.

En la simbología vikinga se cree que sus pueblos utilizaban el símbolo que recibe el nombre de vegvísir como brújula solar, el cual guarda cierto parecido a la rosa de los vientos. El emblema está compuesto con una serie de líneas cruzadas y en cada una de las extremidades residen símbolos similares a las runas, concretamente unos símbolos que reciben el nombre de sigilos. La palabra vegvísir en islandés significa ‘aquello que muestra el camino’ y no es baladí que Amleth busque encontrarse con su objeto de venganza siendo mostrado a través de movimientos de cámara, los cuales dibujan formas poligonales, como por ejemplo rectas, curvas y ángulos de noventa grados.

En la primera mitad de la película somos abducidos por trávellins laterales, frontales, y verticales, panorámicas de trescientos sesenta grados, cámaras en mano fluidas, todos pareciendo crear un dibujo que se asemeja mucho a las formas del emblema anteriormente descrito. Es cuando el protagonista se encuentra con su objetivo, cuando la cámara se apacigua y el espectáculo motriz al que nos habíamos montado, como si de una montaña rusa se tratara, se calma para pasar a unas formas más convencionales, a unas líneas rectas que solo cogen como referencia el horizonte y los vértices entre el cielo y la tierra. Y no es una decisión que formalmente pierda sentido en su conjunto, pero sí se siente como si nos hubiéramos bajado de una atracción que ya ha acabado y ahora pasáramos a sentarnos en la cantina de al lado. Esa decisión actúa a modo de contradicción, sirve como retrato de un realismo mágico a través de las vivencias y creencias de unos pueblos que creían vivir en un mundo de fantasía, esta fantasía choca con sus propias identidades y permean en sus personalidades y visiones de sí mismos, haciendo de ellos, personajes de las propias leyendas que encarnar. Si hay un tema claro en la película es la identidad a través del linaje y la problemática que reside en esa identificación.

Pero si algo funciona como la seda en The Northman es el uso del sonido junto con su calidad técnica. El sonido de los cuerpos peleándose nos remite al sonido del metal de películas como Lancelot du Lac (Robert Bresson, Francia, 1974), actuando aún así en contraposición a la austeridad a la película del francés, frente al desarrollo sonoro de la misma, la cual tiene un uso del sonido que roza lo barroco. Una idea que crea contraste, como es el día rutinario frente a las noches silenciosas y desaturadas, las cuales, también están fragmentadas y contrapuestas a las noches quemadas por el fuego que iluminan los rituales del film. La luz y la oscuridad, el día y la noche, la vida y la muerte. Todos estos artilugios entran para colisionar en un todo que, junto con la contradicción identitaria del protagonista para con su presente y sus sonidos rítmicos que nos transportan a tiempos atávicos, conjugan una pieza que, si bien tiene pretensiones formales artísticas, y en muchos casos, logra dejar a la vista sus mecanismos y el por qué de ellos, deja un sabor de boca de haber visualizado una precuela intimista de El señor de los anillos: La comunidad el anillo (Peter Jackson, EEUU, 2001). El problema de encumbrar a ciertos directores puede provocar un despiste cuando obra tras obra parece que saque una obra maestra, esta no lo es, como no lo son muchas, no siendo este término peyorativo, sino abogando por la serenidad y la distancia entre lo que es capaz de provocarnos y lo que realmente es.

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