3 de octubre de 2022

Críticas: Veneciafrenia

Recuperando la ciudad local.

Mal que pese a gran parte del sector de la crítica, tan trascendental es en la aproximación a una película el hecho fílmico (la propia película, su construcción, planos, montaje…) como el hecho cinematográfico (las condiciones de la producción, el momento cultural en el que la película ve la luz…). Podemos pretender engañarnos, pero el contexto siempre influye nuestra percepción y acercamiento a un nuevo largometraje, y la propuesta de terror española que hoy nos ocupa diríase que padece una maldición desde hace algunos meses. Se trata de Veneciafrenia, último trabajo del prolífico y singular realizador bilbaíno Álex de la Iglesia que hace las veces de primera entrega de la futura antología de largometrajes de terror The fear collection y que fue presentada en el pasado Festival de Sitges.

Se esperaba para octubre, pero tras un par de retrasos llegará finalmente a las salas este 22 de abril. Una de los puntos de partida más descabellados de la trayectoria del director, al cual procuré acercarme de la manera mas limpia y objetiva posible pese al viciado y derrotista contexto que la acompañaba. Y como sucede de manera recurrente en el cine de De la Iglesia, su aventura veneciana contiene bastante potencial, pero este se manifiesta con unos resultados decepcionantes. Un torbellino con sugerentes ideas y extravagante personalidad que dista de ser el desastre que muchos pregonaron, con demostraciones claras de pulso pero también flaquezas consecuentes con lo que no deja de ser una producción atropellada.

Por mucho que los analistas nos afanemos en buscar lecturas metafísicas, simbólicas o sociales en cada decisión creativa tomada por un cineasta, la realidad es que dos de cada tres de sus opciones persiguen dar forma física a ideas visuales. Resulta evidente que el núcleo de esta historia era juntar el terror con la estética de las máscaras y trajes venecianos a los que el turismo global tiempo ha que despojó de significado. Y sin embargo, aunque el impulso germinal es esteta, De la Iglesia logra construir a su alrededor un discurso temático que es tal vez lo más jugoso de la peculiar cinta: las comunidades locales enfrentadas a ese idiotizado, enajenado y ruidoso turismo global al que observan como el gran enemigo de su propia identidad. La rebelión comunitaria de los lugareños y la preservación de costumbres ancestrales para erradicar desde la seducción a los lozanos forasteros con ganas de fiesta y desenfreno sexual.

Una propuesta explosiva que apuesta por la claridad por entretener, por el apunte cómico y por apuntes de violencia explícita y expresiones sangrientas en la vena del cine de género de serie B y los giallos italianos de los 70. Una montaña rusa de amigos españoles yendo a los canales a festejar sin cortapisas que nunca se detiene y encadena verborrea, carrera de cámaras y ebullición corporal con tenebrosa intriga y drama velado. Una propuesta autoconsciente y desenfadada sostenida sobre una necesaria suspensión de incredulidad que sólo puede funcionar si estamos dispuestos a aceptar la apuesta sin cuestionarla demasiado. La presencia de Armando de Razza y Cosimo Fusco aportan oleadas de carisma y presencia a la película, y la doble identidad española-italiana de la película, así como su apuesta por unos repelentes millenials neoliberales españoles como protagonistas con los que ser despiadado, la dotan de interés.

Álex de la Iglesia representa una figura apasionante en términos de producción, pues pocos son capaces de sacar adelante proyectos tan creativos y ambiciosos con presupuestos moderados y reducidos planes de rodaje. Sin embargo, esta eficiencia ha jugado en esta ocasión en detrimento de una película confeccionada a salto de mata, que habría merecido mucho más reposo para dejar un impacto más indeleble. Hay un exceso agotador de planos demasiado breves, y de cámaras que se mueven con poco sentido más allá de incrementar el pulso de, todo sea dicho, un filme con mucho brío. Para ambientarse en una de las ciudades más bellas del mundo con elegantes trajes de época, es sorprendente lo poco que luce, debido principalmente a su neutra y plana fotografía. Y si bien apuesta por un tono trash mayormente conseguido, sus partes de afectación dramática no resuenan con la fuerza de sus momentos equivalentes en 30 monedas, pues la historia deriva a intensos momentos cargados de cierta solemnidad que vienen precedidos por una ligereza rauda que no da espacio para el desarrollo dramático. Y sorprendentemente, pese a apostar por la escalada de explosividad demente y violenta propia de su filmografía, ofrece un desconcertante epílogo anticlimático. Un amasijo borroso de semillas mal germinadas.

Desfasada y ruidosa, Veneciafrenia nos adentra en un parque de atracciones en el que podremos vivir una experiencia amena y trepidante si nos dejamos llevar por su tren de la bruja. Es también uno de los trabajos menos logrados de su autor, así como una versión venida a menos de todo su potencial.

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