28 de noviembre de 2022

Entrevistas: Gaspar Noé

Entrevistamos a Gaspar Noé por el estreno de Vortex.

– ¿De dónde surgió la idea para esta película?

Gaspar Noé: De la vida, claro. Mi abuela tuvo demencia senil cuando yo tenía 20 años, lo vi de cerca. Más tarde, durante los últimos años de su vida, mi madre perdió también la cabeza. Le diagnosticaron epilepsia no convulsiva. Falleció rápidamente. Desde aquel momento, hace como diez años, siempre pensé que me gustaría hacer una película sobre lo que es el verdadero terror de la existencia. La demencia senil puede ponerte en situaciones mucho más pesadas que el final de Clímax, donde la gente está pasada de LSD.

– Viene por una necesidad personal de contar una historia…

G. N. : No era una necesidad. Era un deseo de hacer una película sobre cierto tipo de realidad que pocas veces vi representado en películas de ficción. Hay una película iraní que tiene un personaje con alzheimer y que está muy bien, se titula Una separación. Yo viví situaciones parecidas a las que allí se muestran. La gente cuando tiene demencia y no puede dormir entra en un estado de terror que es peor que cualquier dolor. No es que Vórtex quiera ser una película de terror psicológico. Son simplemente realidades que existen. Hay pocas películas que muestren este tipo de temas, porque están considerados como la cosa menos comercial del mundo. La gente le tiene mucho más miedo al alzheimer o a la senilidad que a la guerra, al sida o al COVID. La vejez es una cosa que te va a pasar. Viniste al mundo para envejecer y para morir, descompuesto del corazón o de la cabeza. Hubo una película hace unos diez años que recibió premios y que es el contraejemplo de esta tendencia: Amour de Haneke. Quizá desde entonces hay otras películas que se pudieron hacer, entre ellas la mía, que tal vez es más documental. Es una realidad omnipresente que se evita. Y, sin embargo, algo que está presente en toda familia. En toda familia hay asuntos de descomposición física o mental que son mucho más patéticos y duros que mi propia película, que es muy púdica. Estuve últimamente viendo a gente en auspicios para ancianos y la realidad de allí es diez veces peor que la de mi película.

– Es verdad que en Amour de Haneke…

G. N. : (interrumpe abruptamente) Sí, bueno, a mí me gusta mucho esa película. Lloré muchísimo. Pero Haneke no inventó la vejez. Todo el mundo va a ser viejo, todo el mundo tiene a sus abuelos o a sus padres que se murieron. El asunto es por qué tomó tanto tiempo al cine representar algo que es el terror último de todo ser humano. Hay pocas películas que muestren la senilidad, y ésta es más frecuente que las violaciones, de las que has visto cien millones en el cine. Atracos de bancos: doscientos millones. Y los atracos de bancos no ocurren con tanta frecuencia. No hay persona en el mundo que no tenga a al menos uno de sus familiares enfermo de la cabeza, sin ser capaz de reconocer a sus propios hijos.

– Esta película es diferente al resto de películas de tu filmografía…

G. N. : (vuelve a interrumpir) Me cansé de rodar adolescentes que se quieren drogar y que quieren follar… La vida no es tan solo bailar, follar y drogarse. Fue mi vida durante mucho tiempo, pero ahora ya… ¡Qué sé yo! (se ríe)

– Comparándola con el cine de Haneke, con quien compartes un tono muy pesimista y cínico por momentos…

G. N. : (interrumpe de nuevo) A veces hay directores a los cuales me siento cercano… (se prepara para irse por la tangente) Por ejemplo, la última película de Lars Von Trier (La casa de Jack) me pareció divertidísima. También hay una película de Ulrich Seidl que vi como quince veces que se llama Paradise: Love, y otra de Todd Solondz, Palíndromos, que vi como diez. Hay cierta forma de humor muy pesado que me encanta y que también tenían en su momento Buñuel o Berlanga. Veo las películas de Eloy de la Iglesia y me divierto mucho. Bergman no me cae bien porque no tiene humor. En sus películas solo hay drama.

– ¿Hay humor en Vórtex?

G. N. : ¡Sí! ¿Sabes por qué? Yo no quería poner humor, pero Dario Argento es muy divertido. Además, el que hace de hijo es un cómico de la tele, aunque en la película es tristísimo. En cualquier caso, la manera de hablar de Dario Argento es divertida porque así es él en la vida: te hace reír.

– ¿Tenías claro que los querías a los dos en la película, a Argento y Lebrun? ¿Cómo fue el rodaje con ambos?

G. N. : Fueron las primeras personas en las que pensé. Françoise, de hecho, no había visto ninguna de mis películas. No soy lo que podríamos llamar su ‘familia de cine’. Ella era adicta a Mizoguchi y Renoir. El día que la conocí le pedí su número y la llamé para esta película porque necesitaba a una mujer mayor y pensé en ella.

El rodaje fue muy rápido y se organizó de manera cronológica. Dario en la película no hace de él, sino de un crítico de cine. Aun así se comporta como si fuese él mismo. Utiliza su propio vocabulario. En cuanto a ella, tenía que interpretar un estado mental que desconocía, ya que pese a su edad nunca tuvo cerca un caso de demencia. Yo le puse documentales de alzheimer y vídeos de mi madre para que pudiese interpretar correctamente el papel. Me gustaba mostrarle esos momentos en los que mi madre movía los ojos y, en un momento, te dabas cuenta de que se encontraba en un estado de terror y de miedo terrible. Miras a la gente senil y en dos o tres segundos te das cuenta de que, ¡wow!, esta persona está en otra dimensión. Le dije: bueno, si puedes tratar de actuar con tus ojos para imitar este tipo de estados de pavor permanente en los que todo es inquietante… Yo vi ‘bad trips’ de mi madre en los que todo era eso: temor.

Vortex

– Hay una escena en la que Darío está hablando por teléfono de manera solemne sobre el cine mientras al otro lado de la pantalla Lebrun pasea desorientada por la casa. Habla del cine como sueño, lo cual contrasta con la pesadilla del otro lado de la pantalla. Más tarde nombra el mar en su sentido más poético. Es curioso que el anciano termine por desplomarse delante de una pantalla que proyecta eso mismo: el mar. Es el momento más irónico de toda la película…

G. N. : (interrumpe impaciente) ¿Sabes que la película que pasa en la pantalla es Solaris de Tarkovsky? Es un momento en el que aparece un torbellino marino. La música que suena en la película es de Bach, y le daba como un aire de iglesia a la escena, así que corté el sonido. Y sí, era irónico. Argento se está cayendo en el pozo que traga todas las vidas.

– En la conversación telefónica Argento nombra a Mizoguchi y Fellini. ¿Había en toda la escena un juego de contraste entre representaciones: una ideal y onírica del cine poético y en mayúsculas y otra más realista, la de tu película?

G. N. : Eeh, no. (y, de nuevo, por los cerros de Úbeda) ¿Sabes qué? Hablando de Mizoguchi… La conversación de Argento era improvisada. Lo filmé hablando con un crítico de cine que estaba en el cuarto de al lado. De sus treinta minutos de conversación me quedé con cinco minutos. Elegí los cinco mejores. En esos cinco minutos lo que en realidad decía Argento era “yo no sueño como Fellini o Bertolucci”. Cuando lo monté me lamenté, porque me gustaba la frase pero, ¿por qué hablaba de Bertolucci? Que yo sepa, él jamás hizo películas oníricas. Argento era muy amigo de Bertolucci y pensé que quizás era por eso. De todas formas le pregunté por qué había dicho “Bertolucci” y él me contestó “bueno, no sé, me ha venido. Yo siempre hablaba de estas cosas con él”. Y de repente, se me ocurrió: ¿y si lo grabo diciendo “Mizoguchi” en vez de “Bertolucci”? Así que lo probamos, lo pegamos encima y quedó perfecto. Parece que está diciendo “Mizoguchi”. Entonces uno ve la peli y dice: “¡Oh sí, por supuesto, está hablando de los grandes clásicos del cine, y Mizoguchi hizo películas sobre fantasmas y tal y cual, no sé qué…!” (se descojona. De mí, por supuesto, y de todo espectador gafapasta)

(Deja de reír y, para sorpresa de todos, vuelve a la pregunta) Es cierto que la representación de Vórtex es muy realista. Hay una película en la que sí que intenté hablar el lenguaje de los sueños, reproducirlo. Hablo de Enter the void, donde traté de captar el lenguaje mental de reinterpretación de la vida. A ratos funciona, a ratos resulta completamente artificial. Es muy difícil acercarse al lenguaje de los sueños, al de las pesadillas o las alucinaciones. Parece fácil, pero las pocas veces que lo intenté apenas me acerqué. En cambio, hay películas como Eraserhead o algunas películas de Maya Deren que se parecen a los sueños. En realidad los sueños son más en blanco y negro, sin diálogos… ¡Ah! Vi hace poco una película que les recomiendo si no la vieron. Me la regaló Guillermo del Toro, se titula The Appointment y es buenísima. Es una obra maestra del cine inglés de hace cuarenta años que a ratos habla el lenguaje de los sueños. La han editado ahora en Blu-ray.

– Hemos hablado de Amour por los vínculos que tiene con tu película. ¿Has visto The Father?

Sí, me gustó mucho. Lo que más me gustó es que es como Videodrome, que no sabes muy bien en qué dimensión estás ni quién es quién, como en los sueños. De repente, sueñas que tu padre viene a la casa pero tiene el cuerpo o la cara de otra persona. Pero sabes que es tu padre. Lo mejor de The Father es que estás viviendo la historia como el personaje con alzheimer, entonces no sabes si la hija es la hija o la enfermera es la enfermera. Hay una confusión que está muy bien. Ese juego está muy bien escrito. Es durita formalmente, pero la escritura me emocionó.

– ¿Qué te pareció la actuación de Hopkins? Que le dieran el Oscar y eso.

G. N. : Está muy bien. Era evidente que se podía ganar el Oscar y se lo ganó. La última película que vi donde me dije “joder, nunca vi a un actor transformarse tanto” fue la del tío este que hace de Churchil. ¿Cómo se llamaba…? ¡Gary Oldman! Durante toda la película estuve pensando “Este no puede ser Gary Oldman” y tan solo hubo dos o tres secuencias en la película donde le reconocí, por los ojos. Era como “no, no puedo creer que sea Gary Oldman” y de repente, por un segundo “¡¡¡Sí, lo vi!!!, ¡¡¡lo ví!!! ¡¡¡Por ahí pasó Gary Oldman!!!” (se parte la caja). Me fascinan los actores que se pueden transformar en otra persona.

Y por ejemplo, si lo opones a Françoise Lebrun, ella habla rápido, tiene mucho vocabulario. Componer una mujer con alzheimer y comerse las palabras o invertirlas era difícil para ella. Realmente era un asunto de composición, y ella está bien fresquita, activa, va a festivales y, al fin y al cabo, es en su vida todo lo contrario a lo que luego representa en pantalla. Ella también hizo un un ejercicio camaleónico, solo que sin prótesis.

– Has dicho que te has cansado de hacer películas de adolescentes drogándose…

G. N. : (En su línea) ¡Bah!, quizá algún día vuelva. Lo que me gustaría ahora es hacer una película con niñitos. Algo muy dramático pero con niñitos.

– Es necesario que sea dramático y triste, ¿no?

G. N. : Bueno… a veces los niños son crueles. Puedes hacer una película de terror puro solo con niños, o con niños martirizando a niños o viviendo situaciones extremas. Por ejemplo, cuando ves esta película japonesa sobre la bomba atómica, La tumba de las luciérnagas, es tristísima. Si hicieses una película con niños y con un tema como la guerra te saldría algo así. En Vórtex te identificas con Françoise y Darío, con su vida de ancianos. Perfectamente podría haber una película con niños en la que te identificases con ellos y con cómo tratan de sobrevivir. Había una película francesa de los años 50 que se llama Los juegos prohibidos donde también eran dos chiquitos que vivían en la guerra. Pues igual, a mí me apetece pasar a una película vista desde el punto de vista de unos niños.

– ¿Qué consideras que ha cambiado con respecto a la forma en que hacías cine antes de Vórtex

G. N. : Nada.

– Hombre, es evidente que hay un cambio con respecto a tus anteriores largometrajes, por lo menos en cuanto a provocación. Lo terrible aquí ocurre porque tiene que pasar, no porque tú introduzcas algo provocador o de mal gusto.

G. N. : Bebí menos alcohol en esta película (se ríe). Hay películas que hice un poco drogado y películas que hice un poco borracho. Esta la hice tranquilito. (se ríe todavía más)

– ¿Qué tiene que tener un final para que lo elijas así, como el de esta película? ¿Tiene que ser más impactante que coherente?

G. N. : Es importante que la película empiece fuerte y es importante que la película termine fuerte. En el trayecto pueden pasar veinte mil cosas, pero para mí las secuencias más importantes de la película son la primera y la última. Mi primera secuencia favorita es la de Un perro andaluz (hace el gesto de pasarse una cuchilla por la retina y se parte el culo). Esa sí que empieza fuerte, sí que sabe cómo comenzar. Entre los finales de películas que más recuerdo está el de La matanza de Texas (empieza a gritar como un loco y a sacudir sus brazos sobre su cabeza como si tuviese una motosierra entre las manos). Ese tío estaba loco.

– Hay muchas formas de hablar del alzheimer y de tratar temas delicados. En tu cine siempre tomas partido por el tono cínico, como el de la dedicatoria que abre la película (“Para aquellos cuyo cerebro se pudrirá antes que su corazón”). ¿Por qué siempre ese enfoque?

G. N. : Eso es cosa de la traducción. Lo tradujeron como “pudrir”, pero en francés es décomposer que significa “descomponer”. La traducción fue la que hizo la frase más pesada de lo que es en el original francés. Pudrirse es mucho más pesado que descomponerse.

– De todas formas, no es la primera vez que introduces frases bastante secas y pesimistas en tus películas. En Clímax, por ejemplo, con esa frase que dice algo así como “La vida es una imposibilidad colectiva”.

G. N. : (se ríe maliciosamente) Esa no sé de dónde la saqué. Se me ocurrió de repente y la planté ahí. (continúa riéndose)

– Para terminar, porque a los lectores siempre les interesa esto… ¿Cuáles son tus directores predilectos?

G. N. : Bueno, como en el amor, tienes tus amores. Puedes tener tus pasiones, cosas así… (se hace un lío) Yo crecí viendo películas de Kubrick y Pasolini. Después descubrí Eraserhead. Después no sé qué, eh… (se dispersa absolutamente) Descubrí a Fassbinder… esto, lo otro… (parece abstraído en su memoria). Tengo veinte mil directores favoritos. Últimamente he estado viendo todas las películas de Kinoshita. También todas las de Eloy de la Iglesia. Ahora estoy viendo cine iraní, y me gusta bastante… (entra el de FILMIN con un ejemplar de El País en el que aparece una foto suya y el titular “Ya no le tengo miedo a la muerte”) ¡Ah! ¡Ya salió!

– Está muy bien eso de no tenerle miedo a la muerte.

G. N. : Sí, ya no le tengo (se ríe a carcajada limpia contemplando su foto en el periódico).

Vortex

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