23 de abril de 2024

Críticas: Los osos no existen

Películas no esiten.

Jafar Panahi tiene el mérito de ser posiblemente el director de cine que con más ingenio ha sabido rodar sus cadenas. Bajo la prohibición de producir cine durante 20 años el realizador iraní no ha dejado desde 2011 de realizar clandestinamente cintas a espaldas del gobierno; escondiendo pen drives en tartas, regalándonos con ingenio metraje comprometido para que circule cada vez que es posible por los festivales de cine europeos, recogiendo premios y reconocimientos allá donde va.

Con Los osos no existen (No bears en inglés y Khers Nist en persa), Panahi continúa haciendo de su mordaza una virtud y, en vez de, crítica mediante, deshojar las flores de su esclavitud al modo de Karl Marx, escoge capturar la belleza sustancial de las zarzas que desangran su ánimo, poniendo a prueba la resiliencia de un cineasta repudiado por su propia tierra. La ganadora del Premio especial del Jurado en el Festival de Venecia es una (o dos, o tres) bellísima historia sobre el amor imposible; una tragedia que es más vieja que Romeo y Julieta pero que en sus manos se transforma en una triste realidad. En ella las injusticias de las fronteras ideológicas y nacionales saltan a escena en un espejo que refleja a Panahi con la sociedad iraní de fondo.

Es difícil encontrar otro autor con su talento. Su audacia a la hora de engarzar sus metaficciones con su propia vida, de conseguir que el impacto dramático prevalezca aun en la revelación sin ambages del dispositivo cinematográfico es incomparable. Con todo ello sus obras llegan incluso a ser didácticas (al modo de Siminiani en nuestro país) en la forma en que narra de manera pedestre, con pocos medios, historias emocionantes y llenas de vida. Juega a poner en jaque el estatus de realidad de sus ficciones a través de una calculada puesta en escena con aspecto de documental que, al mismo tiempo, abraza el formalismo más cinematográficamente narrativo.

Panahi también vuelve a protagonizar su propia historia (viene de hacerlo en Taxi Teherán y Tres caras). Se presenta dirigiendo una película a distancia desde un remoto pueblo cerca de la frontera con Turquía. En él, la ley de la costumbre y sus anquilosados prejuicios llevan por el camino de la amargura a una pareja de amantes que encontrará su reflejo en la historia que el turista trata de rodar vía telemática (no sin numerosos problemas para encontrar señal). Es en este virtual rodaje donde el realizador se permite ser más explícito y enunciar su crítica a través de las ambivalentes interpretaciones de Mina Khosrovani y Bakhtiyar Panjeei, la pareja protagonista. Su oscilación entre el dentro y el afuera de la escena (¿los hay?) habla directamente a un público desconcertado que toma de pronto consciencia de lo que se está jugando en la película (¿cuál?) a través ciertos momentos que recuerdan en su audacia narrativa y su orgánica escritura a los brillantes diálogos escritos por su compatriota Kiarostami para Copia certificada.

Todo lo que ha aprendido desde que comenzase a rodar ilegalmente en su lujoso apartamento de Teherán está presente en Los osos no existen: desde los múltiples planos ideados desde el interior de un vehículo que ya fue capaz de conjugar en Taxi Teherán hasta la cesión del control de la cámara a la que tuvo que recurrir en Esto no es una película. En el pueblo donde comienza(n) y termina(n) esta(s) asfixiante(s) historia(s) (porque casi son una y la misma a nivel temático y conceptual) se celebra una boda. Panahi le cuelga una cámara a uno de los asistentes, su casero, instándolo a grabar todo lo que vea con cómicas consecuencias: el pobre piensa que está rodando cuando no y cree que no lo hace cuando la cámara, en efecto, sí está captando lo que ocurre. Es un chiste un tanto amargo para un cineasta privado de su arte y una muestra de que, con su talento, cualquier imagen basta para narrar.

El sentido del humor de Panahi se expresa a través de un patetismo presente en la imagen, en los personajes que lo molestan y hasta en el título. Su ‘punchline’, no obstante, es dramática, cínica, tremendamente pesimista. Un triunfo cinematográfico para el director de El círculo, que mantiene el talento para la acción y los planos secuencia que ya mostró en aquella cinta del 2000, pero que al mismo tiempo permite que lo impredecible cruce el plano; que cede el control de su arte porque desea que el cine persista incluso si él no está; que si se ve obligado a jurar (como en esta película) lo hace ante una cámara, aunque tenga que retirar el Corán para ello.

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