24 de junio de 2024

Críticas: Indiana Jones y el dial del destino

El ayer nos pertenece.

Resulta una tendencia contrastada e irrevocable que toda saga cinematográfica popular que sigue activa en la actualidad debe recurrir, de un modo u otro e independientemente de cuán grande sea la leyenda o cuán distanciada está en el tiempo, a la mitomanía. Gran parte de ellas recurren a estrategias de pleitesía reverencial al pasado para apelar a las nuevas generaciones de espectadores, que aún incluso sin disponer de la vinculación fuerte de las vivencias pasadas conecta con la estrategia efectista de la nostalgia. La nueva entrega de una venerada saga que nos ocupa en esta crítica optó también por este enfoque que, en este caso, se presenta como la opción mas coherente si consideramos el imaginario e identidad de la serie en cuestión. Un cierre para un relato que parecía tiempo ha concluido, y al que ni siquiera su aparente arbitrariedad le ha impedido ser uno de los estrenos mas deseados del 2023. Paramount y Disney (por su compra de Lucasfilm en 2012) se alían para estrenar por todo el globo, tras su première en Cannes, Indiana Jones y el dial del destino, quinta entrega de las aventuras del arqueólogo del látigo y la Fedora que vuelve a estar protagonizada por Harrison Ford pero no dirigida por Steven Spielberg, sino por James Mangold. Una secuela modélica en lo que a su respeto aplicado a los rasgos canónicos de la franquicia se refiere que, pese a que en su afán por no desbordarse aqueja cierta falta de personalidad (en contraste con la injustamente denostada cuarta entrega) propone un atractivo discurso de correlación entre fondo y forma, proponiendo un espectáculo a la altura de las entregas previas y eficaz como despedida del personaje. Una ejemplar encarnación fílmica de un apasionante dilema: la incierta convivencia entre los imaginarios fílmicos clásicos y unas formas digitales en constante definición.

Quizás sería temerario sobredimensionar el cariz de reflexión meta-cinematográfica de El dial del destino, pero la primera y mas grata sorpresa del largometraje es que su convincente guion se refleja en la esencia de aventura clásica de la forma (respetuosa con el cine de Spielberg y los rasgos de estilo del cine familiar de Amblin) de tal manera que el fondo dialoga, literal y simbólicamente, con el pasado. Tanto el héroe en su viaje interno crepuscular, como el villano agazapado en una identidad postiza durante décadas, como el genio extraviado o su interesada hija, se cruzan y combinan en un viaje en el que las respuestas y anhelos solo pueden materializarse en un tiempo pretérito. Un ayer que toma en el filme la apariencia de épocas distintas (las cuales no desvelaremos para no arruinar la experiencia de aquellos que van a la sala de cine por las tramas), pero aún incluso ese 1969 en el que el argumento se ubica, momento de relevante cambio social y arenas movedizas para varios personajes que buscan la salida (Indy a la cabeza) se nos presenta como un mundo que ya no volverá, escenario de escapismo fantástico (aún cuando la saga nunca ha perdido sus vinculaciones con la ciencia) donde se germinaron los movimientos que transformarían nuestra sociedad para siempre.

Pasado lleno de reconocible iconografía cinematográfica donde nos sumerge el portentoso prólogo de la película, que mantiene la tradición de las anteriores entregas de abrir con un portentoso capítulo de acción que, en la mayoría de casos, es superior a la aventura que le seguirá. El filme, no exento de emoción honesta, se construye como respetuosa despedida, pero este prólogo demuestra que la saga no tendría motivos para continuar hasta el infinito, en lo que es el debate mas rico que abre el visionado. El protagonista es un anciano dolorido y mermado, y el filme jamás disimula o pasa por alto este matiz, pero muchas secuencias de su desarrollo evidencian que las capacidades tecnológicas son tan improbables de acotar en su capacidad de evolución que pronto podremos situar los relatos en cualquier época o espacio y poblarlos de humanos de la edad y apariencia que deseemos, independientemente del estado físico del modelo en la vida real.

En otro orden de cosas menos sugerentes, nos encontramos ante un filme en el que todos los aspectos están adecuadamente calibrados y en el que cada factor funciona, que logra aquello que parecía lo más difícil: acertar el tono de asombro y sentido de la maravilla juvenil, recuperando la fascinación por lo sobrenatural y el respeto por el conocimiento, y planificar la acción con un oficio y destreza que logra que no extrañemos en demasía a Spielberg. Las dinámicas interpersonales funcionan por su dinamismo, y los nuevos personajes ejercen de ingenioso contrapunto del carácter de Indy. El villano al que da vida Mads Mikkelsen rebosa carisma, y aunque sus motivaciones y desarrollo de personaje abracen una tradición del serial caricaturesca y desfasada, casa bien con el espíritu juguetón de la película. Tal vez el mayor problema del filme es que su corrección generalizada resulta funcionarial, y en su exceso de calibración nada chirría pero tampoco deslumbra, ningún elemento vuela alcanzando su máximo potencial, negándose más encanto y capacidad de desborde por su evidente intención de querer agradar al mayor número de espectadores posibles.

En contraste con las exhibiciones de coreografías de extras y decorados mecanizados de las entregas de Spielberg, los empastados digitales de esta película de Mangold tienen las de perder. Sus set-pieces no son especialmente creativas ni serán memorables, en una película que se cuida afanadamente en no hacer sombra al mito que reverencia. Sin embargo el paso del tiempo iguala, y hará desaparecer estas decepciones inevitables, pues nada puede estar a la altura de la mirada mitificadora. Mirada que aún acompaña a sus infantiles y ligeras predecesoras que, despojadas de estos anteojos, tienen mucho menos de lo que ofrecer que lo que muchos proclaman. Si aquella trilogía es su religión, Indiana Jones y el dial del destino es un visionado imprescindible.

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