21 de julio de 2024

Críticas: Insidious: La puerta roja

El recuerdo debe permanecer.

En la era del dominio oligopólico de las IPs del cine comercial contemporáneo, son una rareza enriquecedora aquellas franquicias capaces de construirse a sí mismas sobre materiales originales en lugar de marcas o personajes asentados en otros medios de expresión o en pasadas películas engrandecidas por el paso del tiempo. Por muchos es conocido el talento de James Wan aportando ideas tras la cámara, pero es también digna de estudio su astucia como productor, siendo capaz de alumbrar varias sagas de terror que han sido capaces de perpetrarse en paralelo, incluso de ramificarse, durante mas de una década. Expediente Warren y sus variados spin-offs frecuentan la taquilla con regularidad, pero cerramos julio con un regreso mucho mas demorado: Insidious: La puerta roja, la quinta entrega de la saga de proyecciones astrales que, además, cuenta con el regreso de la familia Lambert interpretada por Ty Sympkins, Rose Byrne o Patrick Wilson, que además se estrena con el presente largometraje como realizador. Una propuesta que, en sintonía con manifestaciones mainstream, mira en el pasado para poder avanzar para, pese a todo, procurar un cierre a la línea narrativa principal. Una serie inaugurada con dos poderosas entregas filmadas por Wan que ha sabido mantenerse después con una continuidad digna y eficaz, y la presente entrega no viene a cambiar el estado de las cosas. Un muestrario trágico de vías que nunca llegan a ser plenamente exploradas, pero que estructura los suficientes rasgos para captar el interés y asegurar el beneplácito de los aficionados de las entregas anteriores. Un nuevo exponente de sanación de traumas a través de la lucha fantástica.

Uno de los frentes principales de la narración de Wilson, que sorprende dedicando mas atención al factor emocional que a la pirotecnia terrorífica, es la convulsa relación paterno-filial entre Josh y Dalton. Una dialéctica dolorida y distanciada marcada por el resentimiento y el ansia de redención que, como en tantas otras entregas recientes de franquicias, sólo es posible mediante el diálogo con el pasado. Cicatrices veladas de sucesos cruentos de las primeras entregas afloran con fuerza inusitada para atormentar a ambos. Y lo hacen, y he aquí el guiño jugoso, a través de la personal expresión artística de Dalton. En la ficción es la pintura el canalizador, pero esta reflexión bien puede trasladarse al medio cinematográfico como puerta para dar salido a los miedos mas profundos del ser humano. El pincel reabre la herida, y el conflicto principal del filme se desarrolla en dos vías: la concienciación de sendos protagonistas masculinos del motivo de su distanciamiento y años de desconexión por un lado, y cerrar la vía de acceso psíquica a entes malignos por otro. El horror gótico como reflejo y símbolo de los cismas familiares, en un desarrollo que bascula entre la afectación y la congoja lacrimógena con cariño por sus personajes y el tiempo de exposición necesario.

El espacio del campus aporta un conjunto de matices cómicos refrescantes, principalmente en la figura de la compañera de habitación, así como nuevas opciones escenográficos de tensas confrontaciones vinculadas entre realidad y espacio astral, pero deviene una oportunidad perdida. El filme se apoya en una emotividad a flor de piel tan aceradas por momentos como azucarada en su clímax, pero contrarresta este rasgo con un aplomo endeble trazando su red de suspense. Las amenazas monstruosas y su manera de representarse en la película oscilan entre la rutina y la desidia protocolaria con respecto al vocabulario visual de la franquicia. Las cinco entregas se han servido de los espíritus y las posesiones para afrontar cotidianos, pero quizás sea esta la que menos sepa articular la esfera sobrenatural de manera evocadora. Melodías y motivos visuales familiares que aseguran el confort del fan, pero no enriquecen ni aportan nuevas dimensiones al imaginario. La seguridad de lo ya conocido, miedo con sordina. Una película por tanto dotada de cierto interés temático y respeto por su trasfondo dramático, fácil pero honesto, pero que se contempla sin mayor alteración que leves sacudidas, todo un pecado considerando las coordenadas de la obra que James Wan ha cimentado durante décadas. Sus extensiones son tan seguras como cobardes, resignadas a no abrir fugas que puedan sacudir conciencias o atraer nuevas sensibilidades entre el patio de butacas.

Mucha introducción, escaso nudo y tierno desenlace, que subraya en demasía sus intenciones emocionales. Niebla, colores, azules, vaciados sonoros o maderas chirriantes, desenfoques y elementos que salen y entran del cuadro como sentido de los jump-scares que son santo y seña de las franquicias de espíritus de Wan. Por todo ello Insidious: La puerta roja se suma a una saga que no ha tenido ningún tropiezo, pero que se despide con muy poco que decir. Y en este ocasión, debiendo su resonancia a los réditos obtenidos por las dos entregas de Wan, reciclando su riqueza en beneficio propio para una conversación en retrospectiva con poco que apostillar por sí sola.

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