29 de noviembre de 2023

Festival de Sitges 2023: El reino animal

Adèle Exarchopoulos desaprovechada en Sitges.

Thomas Cailley, que realizó un fantástico debut con Les combattants, se pasa a un fantástico voluble en su nuevo trabajo, esta El reino animal que poco necesita para inmiscuir al espectador en un contexto de lo más particular, bordeado por la distopía y presentado a través del relato familiar de un padre y su hijo ante una ausencia materna que siempre planea sobre sus pensamientos, y no parecen querer admitir con facilidad. Es, de hecho, ese arranque tan poderoso la causa que podría llevarnos a pensar en un film que fluye en un patente desequilibrio, y es que si bien en su ecuador engarza subtramas que pueden poseer cierto interés y otorgar cierta densidad a la exposición del universo presentado por el realizador francés, es tan cierto como que nos encontramos ante momentos que en el mejor de los casos se sienten mero relleno, exponiendo un vacío que hace un flaco favor a la historia narrada por Cailley. Pongamos como ejemplo la aparición del personaje interpretado por Adèle Exarchopoulos, que si bien no llega a proponer desvíos que habrían añadido un componente innecesario al film, parece ejercer más bien como comparsa hasta el punto que de desaparecer ni siquiera tendría una gran incidencia en la trama.

De hecho, y pese a ello, El reino animal funciona desde su vertiente fantástica sobrevitaminando un relato que nos habla acerca de temas comunes (el descubrimiento, la exploración de la naturaleza propia, los vínculos con el adulto) y colindantes a un cine que continúa transitando sobre una coming of age que se ha asentado con fuerza y no deja de proponer muestras cada vez más dispares, pero del mismo modo agota un filón que cada vez está más lejos de sorprender. Y es que sí, puede que la cinta de Cailley sepa nutrirse de otras vertientes e incluso acaparar su raigambre genérica para derivar en un “espectáculo” más visual, pero a fin de cuentas aquello que dispone es un terreno un tanto manido, poco dispuesto para la sorpresa o para el golpe emocional dejando a un lado un par de secuencias bien urdidas y, en especial, algo desnortado en esa mixtura que busca acercar el fantástico a un terreno más dramático pero nunca termina de encontrar los puentes necesarios o incluso la estabilidad que dote al conjunto del tejido idóneo como para derivar en un impacto, por mínimo que este pueda ser.

No todo son malas noticias en la última obra de Cailley, que de hecho traza una interesante parábola y tiene la capacidad de disponer una conclusión con un clímax de lo más eficiente, del que cabe destacar en especial las decisiones de montaje y planificación, que dotan de una fuerza indispensable a su punto final. Algo que, desafortunadamente, no se traslada al resto de la propuesta, que si bien se ve con facilidad y no posee grandes defectos de forma y contenido, echa en falta un riesgo inexistente: al final, es tal la contención de El reino animal durante buena parte del metraje, que resulta complejo encontrar estímulos adecuados por más que todo tenga un buen empaque y un propicio desarrollo dramático. A fin de cuentas, El reino animal se diluye en una suerte de corrección que con toda probabilidad puede ser su mayor pecado, huyendo de una evolución que no halla incentivos más allá de la creación y presentación de un universo cuyos sugerentes meandros quedan, en ocasiones, en un triste remedo que justifique una escena de acción bien rematada sin mucho más que aportar.

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