septiembre 12, 2020

Críticas: Pride

PRIDE

Fighting Margaret Thatcher

En marzo de 1984 la administración Thatcher por medio del Consejo Nacional para el Carbón cerró 20 de las minas de carbón repartidas por el Reino Unido, con la consiguiente pérdida de miles de empleos. Esta drástica decisión llevó a los mineros que todavía conservaban sus puestos de trabajo a convocar una huelga que tendría nefastas consecuencias para la economía nacional pero aun más para los propios huelguistas que vieron mermadas las ayudas que el Estado les daba a ellos o a sus familias. Tampoco salieron bien parados los sindicatos de mineros, en especial la Unión Sindical de Mineros, que asistieron a su declive mientras la dama de hierro salía reforzada de su negativa a admitir las condiciones de los trabajadores. Durante el año que duró la huelga, muchas fueron las decepciones y muestras de incomprensión hacia los mineros, pero también pequeñas historias de solidaridad que surgieron durante todos esos meses de incertidumbre para la clase trabajadora, como la de otro colectivo marginado por la sociedad como era el de los homosexuales. En pleno descubrimiento del SIDA, al rechazo que ya de por sí sufren quienes tienen una orientación sexual inconcebible para una gran parte de la sociedad educada en torno a unos cánones retrógrados, se le sumaba entonces el miedo a contraer una enfermedad mortal que se desconocía cómo podía contagiarse.

PRIDE

El artífice de este capítulo en la solidaridad con la lucha de los mineros fue un joven activista gay llamado Mark Ashton, quien utilizó su poder de liderazgo no sólo para reivindicar los derechos de los homosexuales sino también para demostrar que más allá del colectivo al que se representa, la lucha por lo que es justo no entiende de clases sociales, de diferencias generacionales ni de opciones sexuales. Sobre este hecho y los testimonios y las actividades que se llevaron a cabo, y que el propio colectivo fue documentando en la película All Out! Dancing in Dulais, se fundamenta la comedia Pride. Permitiéndose numerosas licencias sobre los hechos reales que acontecieron durante los meses que duró la campaña Lesbians and Gays support the miners, la película arranca en el momento en el que Ashton decide movilizar a sus compañeros de lucha en las calles de Londres para hacer campaña para ayudar a las familias de los trabajadores en huelga, y a partir de ahí narra las dificultades por las que tuvieron que pasar para que dichas familias aceptaran su ayuda.

La segunda película de Matthew Warchus, quien desde que debutara con una suerte de telefilm con grandes estrellas llamado Círculo de engaños allá por 1999 no había vuelto a ponerse tras las cámaras, recoge el testigo de las comedias británicas con trasfondo social como las películas menos intensas de Ken Loach, Full Monty, con la que ya se la ha llegado a comparar, o Billy Elliot con la que comparte además contexto político-social. La cuestión es que Pride no alcanza el grado de implicación con el espectador que poseían estos otros films debido sobre todo a la inconsistencia de su desarrollo. Tal vez sea fruto de un montaje en el que se han desechado aspectos importantes para entender el porqué de ciertas decisiones de los personajes, o puede que ya desde el propio guión, primer trabajo como guionista del actor Stephen Beresford, se aprecien dichos agujeros con los que la historia no termina de cuajar a pesar de que los hechos que se cuentan en ella sucedieran de verdad. El desconcierto que provocan las acciones de los protagonistas, un sentido del humor demasiado propenso al chiste fácil de los encuentros entre homosexuales y mineros pueblerinos, y la épica con la que pretende emocionar en ciertos momentos, acaban pasando factura a una película que con otro tratamiento podría haber supuesto un resurgir de esa comedia social británica de la que hablábamos antes.

PRIDE

Porque no basta con tener entre el reparto a nombres tan atrayentes como Bill Nighy o Dominic West, o recurrir a la nostalgia musical con una banda sonora plagada de grupos ingleses que reivindicaron a través del dance-pop la libertad y diversidad sexual, véase Bronski Beat, Culture Club o Frankie goes to Hollywood por poner varios ejemplos. El buenrollismo sin fisuras entre los jóvenes londinenses y la mayor parte del pequeño pueblo del condado galés de Durham frente a la intolerancia de unos pocos que intentan sabotear su alianza, y el recordar constantemente que la solidaridad entre colectivos desfavorecidos es suficiente para intentar cambiar el mundo, pesan más en el argumento de Pride que una mayor mordacidad a la hora de encarar los conflictos sociales de los que habla. Se convierte así en una comedia demasiado light y destinada a un público poco exigente más que en la recreación más realista de un momento histórico cargado de reivindicaciones, que derivaría además en unos leves pero importantísimos cambios políticos y sociales para los colectivos homosexuales impensables poco tiempo antes.

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