julio 9, 2020

Críticas: La fiesta de despedida

La fiesta de despedida - Cinema ad hoc

Yayos israelíes en apuros.

Los caminos de la feel-good movie son cada vez más inescrutables. Lo testifica la aparición cada temporada de un puñado de películas ligeras que, desde la humildad y gracias al poder del boca-oreja, logran convocar enormes cifras de espectadores en las salas durante meses a la par que los cautivan por completo. Pero muchas son las llamadas, como demuestran unas carteleras cada vez más trufadas de este tipo de propuestas, y muy pocas las elegidas para seducir. Se antoja necesario ofrecer algo que vaya más allá de la repetición de una fórmula, poseer esa indescriptible chispa capaz de prender a tu madre o al que te vende la fruta.

La fiesta de despedida, debut en el largo de los hasta ahora cortometrajistas israelíes Tal Granit y Sharon Maymon, parece ser uno de los títulos agraciados este año con ese don que tantísimo suele costar traducir a la crítica. No sólo obtuvo el Premio del Público en el Festival de Venecia, sino que se impuso en la sección competitiva de Valladolid a títulos como Whiplash entre unánimes aplausos y vítores. El enfoque decididamente amable que otorga a un asunto a priori tan delicado como la eutanasia se presenta como clave en cualquier lectura de su buen recibimiento, más que un cuerpo cinematográfico en el que no logra apartarse de la tibieza.

La fiesta de despedida (2) - Cinema ad hoc

Su promoción nacional la presenta como “una comedia ingeniosa y conmovedora”: más allá de valoraciones personales, no existe trampa ni cartón en tal definición, puesto que todo lo que pretende es oscilar entre ambos polos sin abusar de ninguno. Es recomendable, por tanto, tener claro al acercarse a ella que la apuesta de Granit y Maymon es realizar una película confortable sobre un tema profundamente incómodo, esto es, compensar con blanquecino humor su irrenunciable amargura. Todo se basa en la búsqueda de un equilibrio entre la temática y su destemplado prisma, en el que el único riesgo que decide asumirse, nada nimio, es el de asfixiar por sobredosis o reiteración.

La apuesta llega en esta ocasión a buen puerto, gracias tanto a unos protagonistas entrañables como a la decisión de abordar el conflicto desde sus propias implicaciones y no a través del exterior. Se trata de contemplar la eutanasia a través de unos seres de avanzadísima edad, que lo han vivido todo y cuya armónica existencia se ve alcanzada por la acuciante necesidad de poner punto y final al agónico sufrimiento del prójimo. Recientemente hemos visto aproximaciones de muy superior hondura a personajes con dilemas similares, pero que La fiesta de despedida no sea precisamente Amor (Michael Haneke, 2012) no supone ninguna razón de peso para despreciar su contenido.

La fiesta de despedida (3) - Cinema ad hoc

En una decisión digna de elogio, todo el peso de una película que habla sobre el final de la existencia es concedido a los ancianos, sin excesivo relieve sobre sus tiempos pretéritos. La anunciada “celebración de toda una vida” es, en realidad, el desarrollo de un presente que toca a su fin, en el que la supuesta negrura del humor resulta del todo inexistente, y parece escudarse en la complejidad de su planteamiento para no hacer estallar esa oscuridad contenida en la desnudez debida a las lagunas mentales o la condición homosexual que aún yace oculta a una edad tan avanzada. Las bromas al respecto son decididamente inocuas, aunque honra que no se escondan de serlo.

La secuencia introductoria de la conversación con un impostado Dios, incluida también en el tráiler promocional, resume a la perfección esta filosofía. Fragmentos como el mencionado, o la canción tradicional israelí que interpretan todos los protagonistas en un inserto de dudoso cometido, son los que acaban por dotar de identidad a un trabajo que se acoge a una fórmula, pero con cierto encanto. Lo vemos en el caso de las máquinas del carismático inventor, que permiten que la eutanasia sea ejecutada por la voluntad del propio paciente sin que se produzca la mediación de un tercero: en un guiño tan mínimo está contenido todo el dilema moral, transformando lo espinoso en una asumida simplicidad.

La fiesta de despedida (4) - Cinema ad hoc

En lo meramente cinematográfico, los argumentos para que lo visto deje algún tipo de poso son más bien escasos, sin rebasar la realización en ningún momento el terreno de lo funcional. Ciertas lagunas de guión o la falta de definición en algunos personajes tampoco ayudan a que La fiesta de despedida perdure como algo más que una película simpática, que permitirá ese gesto tan apreciado por muchos de esbozar una sonrisa ante una situación complicada. El agrado con que se contempla y el posible debate que vuelve a poner sobre la mesa son sus principales bazas, tal vez las únicas. Un balance suficiente con holgura, aunque su amabilidad la llegue a situar en el alambre de una cobardía que no creo que se le pueda achacar.

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