octubre 20, 2020

Críticas: Qué extraño llamarse Federico

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A la maniera de Fellini.

En un momento del filme que hoy abarcamos, Federico Fellini y Ettore Scola, encontrándose ambos en uno de sus asiduos paseos en coche por las calles romanas en busca de inspiración fílmica, se encuentran con un artista callejero que por mucho que intenta crear una obra manierista, es decir, a la man(i)era de Miguel Ángel o Rafael, asume desde su propio y humilde talento que jamás alcanzará el nivel de los maestros renacentistas. Sobre estos cimientos  parece erigirse esta Qué extraño llamarse Federico, algo mucho más personal e interesante que un simple biopic al uso.

Ettore Scola, quien muchos cinéfilos seducidos por la extensa y excelsa cinematografía italiana del siglo XX conocerá por obras tan imperecederas como Una jornada particular (1977), retrato de esperanzas y desilusiones de sujetos individuales que consiguen ausentarse durante horas de una sociedad fascista o Brutos, feos y malos (1976),con su desencantada ironía con la que desliza la maldad que florece sobre los estamentos más marginados de la sociedad sin abandonar los elementos propios de la comedia negra; presentó en 2013 en La Mostra de Venecia, tras diez años de inactividad cinematográfica, su particular homenaje a Federico Fellini, quizás el más emblemático de los directores de cine italiano (y del mundo), ya no solo desde la admiración profesional, sino desde su más sentida amistad.

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El film, aunque intercala secuencias documentales sobre el making of de algunas películas y cortes de escenas fellinianas, se mueve desde sus inicios en el mundo de la ficción. Y sin embargo, el devenir de los acontecimientos no se narran desde una misma puesta en escena formal y coherente, sino que como pasa con el cine del homenajeado, todo el largometraje se desliza, en este caso siempre acompañado por la aparición de un narrador todopoderoso que se dirige amablemente al espectador muy similar al que se inmiscuye en los recuerdos fellinianos en Amarcord (1973), por los propios pensamientos y deseos de Scola, quien, como su amigo, se vale de sus propios recuerdos para originar de la nada una sensación evocadora de sus propias memorias, en este caso las compartidas con Federico.  Así pues, advertimos la admiración que desde joven le despierta, sus inicios en el mundo de la caricatura satírica y la búsqueda de sobreponer su libertad artística a la opresión fascista que vigilaba sus trabajos hasta finales de la IIGM. Y todo ello, como no podía ser de otra manera, es narrado desde el buen humor y el exceso, dotando a la música, al festejo y a la alegría un papel primordial. Pero Scola no se limita a hacer la película que Fellini hubiese querido hacer tras su muerte, sino que le enfoca su personalidad, sus deseos, sus inquietudes. Las películas del ganador de cinco Oscars a película de habla no inglesa, merecidamente reconocido en el largometraje, se alejan del nerorrealismo de sus primeros años (etapa que en la película de Scola se refleja en blanco y negro), para inmiscuirse en un mundo mucho más personal, festivo, colectivo. Sin embargo, en muchas ocasiones, detrás de esta fachada tan alegre, se esconde la incomprensión, la falta de empatía, el egoísmo más malsano, la exuberante virtud de la ignorancia. Quizás se pueda reflejar en la escena que comentábamos acerca de sus Oscars, cuando un pueblo de lo más variopinto se rinde a lo logrado por el director italiano en la Américas para honrar el cine de su país. ¿Son realmente sus admiradores? ¿Por qué se atribuyen el éxito de otra persona? ¿Buscan ahogar su fracaso festejando y apropiándose un éxito ajeno? Muy inteligente es el corte sobre la filmación de La dolce vita (1960), en una pausa en el pleno caos de la escena de Anita Ekberg en la icónica Fontana Di Trevi, con un visible enfado del director italiano rematado en el momento en que se le acerca un alto cargo de la Policia para reconocer que es un gran fan suyo mientras le llama Roberto Rossellini.

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Pero Scola no tira por ese camino. Decide otorgarle a Qué extraño llamarse Federico un final grandioso, considerar real la pena que asola a los que se despiden en la tumba de Federico, regalándole unas de sus últimas grandes explosiones de música y diversión, de barroquismo, de belleza formal intercalando bellísimas escenas preponderantes de su cine, sus obsesiones por el deseo, el jolgorio, la libertad, pero en Scola siendo un poco más esperanzador, como ese pequeño rayo de luz que atraviesa el gélido, oscuro e irónico mausoleo de un soñador como lo fue Fellini. Y antes de llegar a todo esto, Scola nos abrirá su corazón, rememorará las largas charlas con Federico, sus búsquedas incesantes de inspiración creativa, su relación con el alter ego felliniano Marcello Mastroianni, sus diferencias a la hora de proyectar al mismo en la pantalla. También habrá cabida para los eternos debates sobre la ficción. ¿Dónde está la realidad? ¿Realmente buscan abarcar la realidad? ¿Qué hay de realidad en esta inmersión en la amistad de ambos directores? En una escena se reconoce como el propio Fellini era capaz de inventarse recuerdos inexistentes ante la prensa. Nunca sabremos que hay de realidad o no en este largometraje, mucho más complicado sería discernir lo real de lo deseado, evocado o soñado en el cine de Fellini, pero siempre contaremos con el poder de la imagen como medio en el que conectar con las ideas que flotan en la mente de su director, y siempre que volvamos a revisar su filmografía, volaremos por encima de su personal universo, por el grotesco devenir de sus preocupaciones, por la belleza alegría ligada a la melancolía y a la desesperanza.

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