octubre 18, 2020

Críticas: Una segunda madre

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Un nuevo Brasil.

Un plano fijo de una piscina abre Una segunda madre. Un niño feliz juega en el agua mientras una mujer le observa, se ríe de sus juegos, se preocupa por él, le regaña, le ordena que salga y le arropa junto a ella con la toalla, como haría una madre. La madre por la que el niño pregunta sin demasiado interés está demasiado ocupada para compartir su infancia, y deja esta tarea a su criada Val que será quien cuide y eduque a ese niño como si fuera su propio hijo aunque para ello deba ser ella quien abandone a su hija para criar al hijo de otros.

Anna Muylaert afronta en su cuarto largometraje varias problemáticas que a día de hoy se siguen viviendo en Brasil. Por un lado cuestiona las relaciones entre madres e hijos sea cual sea su condición social. Bárbara se queja de que su hijo quiere más a Val cuando desde pequeño ha dejado toda su educación en manos de ésta, y Val no entiende que su hija Jessica no la respete cuando ella hizo lo propio abandonándola para trabajar. Por otra parte, Muylaert se acerca a un Brasil joven, con una forma de pensar muy alejada de las convenciones sociales que aun siguen arraigadas en hogares como el de los patronos de Val. Un Brasil simbolizado en Jessica para quien las etiquetas no significan nada más que una forma de esclavismo en el que se niega a participar.

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Pero sobre todo la directora se enfrenta a ese otro Brasil clasista que no permite la intromisión en su círculo de confort de un elemento considerado inferior. La llegada de Jessica a la vida de su madre, y por extensión a la de sus jefes, saca a relucir los prejuicios de un sistema de clases arcaico. El soplo de aire fresco que por un lado supone la joven para el patriarca, un ser anodino y depresivo a merced de su esposa, se convierte en amenaza para Bárbara. Una amenaza no para su matrimonio, sino para un estilo de vida que no admite ningún cambio y mucho menos si proviene de alguien que por su condición social debería subordinarse a ella en lugar de aspirar a algo en la vida.

Muylaert concede a la cámara la misión de hacernos ver el mundo como lo ven sus protagonistas. Mientras en la primera parte abundan los planos fijos, tomados sobre todo desde la cocina o desde la habitación de Val, observando desde esos puntos la vida desde el mismo sitio en el que la interna la ve, con la llegada de Jessica la cámara comienza a moverse. Realiza movimientos sutiles, sin violencia, indicando que algo ha entrado en esa casa para desestabilizar el statu quo reinante entre sus habitantes desde siempre. El punto de vista se traslada hacia el salón, hacia la piscina e incluso hacia el resto de habitaciones de la vivienda a medida que la influencia de la joven se va haciendo más patente en la familia, para bien y para mal. Pero mientras los recursos técnicos apoyan un discurso punzante sin necesidad de recurrir a excesos dialécticos para enfatizarlo, el simbolismo a través de detalles como las tazas, la piscina o el helado que unos y otros pueden o no pueden tomar, se muestra en algunos momentos demasiado grueso, demasiado obvio perdiendo así parte del encanto de la sutilidad con la que inicialmente se plantea la película.

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Una segunda madre encierra así más de lo que a primera vista parece ofrecer. Bajo el aspecto de drama familiar más propio de las telenovelas que la propia Muylaert escribió y rodó para televisión, la película suscita un amplio debate sobre las cuestiones anteriormente descritas, haciendo hincapié en la necesidad de escuchar a las nuevas generaciones que están exentas de prejuicios sociales. No hay un final feliz gracias al triunfo del amor filial como en una telenovela. Hay una ruptura con un sistema arraigado durante siglos, una ruptura suave, arriesgada y temerosa de lo que pueda llegar con el principio de una nueva era, de una nueva sociedad.

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