octubre 11, 2020

Festival de San Sebastián 2020: Crónica 1

Primera crónica del 68SSIFF con Allen, Akelarre y Kurosawa.

La 68ª edición del Festival de Cine de San Sebastián está siendo (y lo seguirá siendo) distinta a todas las anteriores. Como todo en este atípico 2020. Por eso resulta balsámico haber inaugurado el certamen con Rifkin’s Festival, la nueva película de Woody Allen, rodada en la ciudad vasca y ambientada durante un Zinemaldia ficticio. Una celebración alegre y mágica del propio festival y, más ampliamente, una oda al poder sanador del cine. El eterno secundario Wallace Shawn (habitual en cintas del director) se afianza como el enésimo (y excelente) álter ego del cineasta neoyorquino. Lo primero que cabe destacar es que no estamos ante una postal alleniana al estilo de su periplo por Roma o Barcelona; de hecho, podría asemejarse más al juego referencial de Midnight in Paris y a su encapsulamiento en un tiempo y espacio determinados de las preocupaciones de los protagonistas. Una burbuja de unos días. Como la experiencia de vivir el festival in situ. Quizás, solo por este tangencial acierto de la película, a un servidor ya le ha parecido mejor de lo esperado.
No obstante, la verdad es que Rifkin’s Festival es, en buena parte de su metraje, una comedia inspiradísima, rescatando al mejor Allen, al más divertido. Sobre todo, en esos sueños (o pesadillas) desternillantes que rinden homenaje a los grandes maestros del séptimo arte europeo: Fellini, Bergman Buñuel, Godard o Truffaut. De hecho, la película es una sátira sobre la industria del cine, los egos de los cineastas, la figura del crítico y periodista culturales, el menosprecio a la historia del propio país (el personaje de Shawn reniega de los clásicos norteamericanos, el europeo, en cambio, los adora). El resto, la trama central de la película, es un reciclaje de varias películas de Allen; una apreciación que llevamos haciendo muchos años ya con sus últimas películas. Las reflexiones acerca de la fidelidad, la búsqueda de la felicidad y el arte resultan certeras y algunas muy elocuentes, pero nada brilla como otrora en la filmografía de un cineasta irrepetible. Rifkin’s Festival es una buena comedia, bajo la fórmula del Allen más perezoso, pero funciona en sus notables dosis de humor y en su viaje mágico al Festival de San Sebastián. Los diez días que nos embriagan a todos los asistentes como marco ideal de una celebración del cine.

Akelarre

La Sección Oficial a competición ha arrancado con Akelarre, el nuevo trabajo de Pablo Agüero, tras la insufrible Eva no duerme, también presentada en el Zinemaldia (edición 2015). Su nueva película es un cuento rural a modo de caza de brujas, una alegoría de la persecución hacia las mujeres desde tiempos inmemoriales. Ambientada en 1609, un grupo de mujeres son acusadas de brujería, tras haber participado en una fiesta en el bosque mientras todos los hombres de la aldea han partido a la mar por trabajo. Solas y desamparadas, la sororidad entre ellas será su mejor arma para hacer frente a la violencia del estado absolutista. El juez Rostegui no tiene certezas, pero tampoco ninguna duda de su culpabilidad. Akelarre es un interesante relato acerca de la dicotomía entre libertad y coacción, aunque peca de un irregular desarrollo y de ahondar poco en los personajes, al menos, se echa en falta mayor calado emocional en el calvario de estas mujeres. Agüero acierta en el aspecto formal, todo parece calculado al milímetro y luce con la fotografía y el encuadre, pero en el guion no se esmeró tanto. Un drama solvente, con un desenlace estimulante, pero cuyo viaje resulta más inane de lo que cabría esperar.

Por otro lado, la Sección Perlak arrancó con tres de sus títulos a competición por el Premio del Público. Uno de ellos fue La mujer del espía (Wife of a Spy), flamante ganadora del León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Venecia. Premio merecidísimo. La labor del cineasta japonés es impecable. Estamos ante la película más clásica del director, pero no por ello convencional, al contrario; el filme rebosa modernidad por los cuatro costados. Algunas escenas son de una belleza visual impagable (el bombardeo, por ejemplo) y parecen fotogramas de otra época; quizás este aspecto suponga un plus para los más cinéfilos. Al fin y al cabo, Kiyoshi Kurosawa utiliza el clasicismo para acercarse a las verdades y mentiras del pasado de una nación (ese Japón roto por la II Guerra Mundial), aquellas historias que se instauran en la sociedad y de las que nadie parece poder confirmar en toda su integridad la autenticidad de lo acaecido. En este drama histórico de espías, al final el espectador sale reconfortado por un desenlace absolutamente deslumbrante y conmovedor. La devastación de un país y de una mujer. Una comunión de dolor sumamente evocadora y emocionante.

La mujer del espía

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