diciembre 15, 2020

Críticas: Lux Æterna

Aquelarre epiléptico.

Podemos nombrar un nutrido grupo de realizadores de cuyos trabajos, para bien o para mal, siempre sabemos que esperar, o a que debemos atenernos. Autores de estilo consolidado y trayectoria homogénea, que tras décadas de trabajo alcanzan la privilegiada posición de afrontar nuevos proyectos con absoluta libertad creativa. Realizadores que ofrecen un producto único, y que se va refinando con los años. Sin duda alguna, Gaspar Noé sería uno de estos nombres. Un director provocador y ajeno a tendencias o convenciones narrativas que divide a la crítica a la par que fortalece un grupo de seguidores cada vez más nutrido. Esta semana llega a Filmin su último trabajo, en perfecta consonancia con las coordenadas de Clímax: el mediometraje Lux Æterna, protagonizado por Charlotte Gainsbourg. Proyecto presentado en la edición del 2019 del Festival de Cannes y que nos llega rodeado de secretismo e incógnitas. Aún sabedores como somos de las flaquezas de los proyectos del francés, no eran necesarios muchos alicientes para descubrir su nueva aventura. Y el mediometraje que nos llega no alcanza las cotas de sus grandes obras, pero es una pieza más que interesante que hará las delicias de sus seguidores más pasionales. Una propuesta presa de sus propias características tonales y caprichosa a nivel narrativa, pero de una abrumadora fuerza formal.

La actriz Beatrice Dalle se presta a interpretar a una bruja en una desafiante película sobre aquelarres dirigida por una veterana directora. Pero problemas técnicos inesperados, un tenso clima de trabajo en el set de rodaje y brotes de agresividad descontrolada entre los participantes, convertirán la grabación en un abrasador y asfixiante infierno. Un ejercicio de gradual y desasosegante escalada de tensión, una escalera en perpetuo acceso hacia la locura y la enajenación angustiosa. Una vuelta de tuerca a la iconografía de los aquelarres y las brujas en un contexto técnico contemporáneo. Citas a Dreyer, latín y pantallas partidas construyen la identidad de la película. De la conversación y cordialidad inicial al caos, la violencia y el deambular en círculos en una caldera de focos, cámaras y sets a medio componer. Su reparto está lleno de caras conocidas del cine galo de los últimos años, y todos operan en un registro acertado, con mención especial para las dos mujeres protagonistas. Como ya ocurriese en Clímax, la puesta en escena es notable, con deliciosa fotografía granulada y largas tomas de seguimiento con cambios de altura y coreografía interna de considerable dificultad técnica. El dispositivo de la pantalla partida da lugar a resultados plásticos jugosos, pues al combinar el montaje tomas grabadas desde diferentes posiciones (se recurre en varios instantes al plano subjetivo tomado por el móvil o videocámara de alguno de los personajes) juega con la presentación simultánea de las acciones desde distintos ángulos y puntos de vista.

Desde una posición hiperbólica se representan los rodajes cinematográficos y el clima de trabajo de los diferentes equipos humanos implicados como un ecosistema viciado y cruel de egos fuera de sí, constantes problemas de comunicación y crueldad permanente en el trato humano. Y como no podía ser de otra manera, el incendio de la ficción tiene su eco en la grabación en un final epiléptico, un espectacular epílogo ininteligible de luces y colores al son de estruendosa música clásica que, aún desde la incomodidad más absoluta, no puede sino ser admirado a nivel cinematográfico, justificando por sí solo el visionado de la película.

Si bien Clímax se ceñía a un universo propio de suma coherencia interna, en esta ocasión no hay mimbres argumentales que justifiquen el clima de insoportable conflicto, forzado de una manera artificial. Las citas y referencias manejadas se integran en el producto final de manera pretenciosa y gratuita, como fortuita es a su vez la estructura argumental de infortunios. Nada parece regir el devenir ni la lógica de los acontecimientos más allá del capricho provocador de Noé, lo que induce a una desconexión por parte del espectador durante gran parte del nudo y un calado hasta cierto punto inofensivo a la ofensa buscada y despiadadamente introducida.

Todos aquellos que seáis sensibles a las luces fuertes y que no toleréis películas centradas en epatar e incomodar al espectador debéis huir de Lux Æterna como la peste. Pero aún en un claro estancamiento narrativo, los logros formales del último cine de Noé son un buen motivo para que los más valientes le den una oportunidad. No sorprende ni revoluciona lo previamente ofrecido, pero confirma al enfant terrible de nuestro tiempo como un realizador en gran estado de forma.

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