20 de septiembre de 2021

Críticas: Cuestión de sangre

De lugares y búsquedas.

Hay tres nombres propios en Cuestión de sangre que la presuponen como uno de los títulos de la temporada. El protagonista: Matt Damon, uno de los actores más carismáticos y populares de las últimas tres décadas en Hollywood. El director: Tom McCarthy, autor de la oscarizada (y algo sobrevalorada) Spotlight y la muy superior The Visitor. El guionista (uno de los cuatro): Thomas Bidegain, colaborador habitual de Jacques Audiard. Presentada con todos los honores en el último Festival de Cannes, la película es un buen drama familiar que nunca termina de engrasar favorablemente todas sus piezas, pero deja buen sabor de boca con el buen hacer de estos tres nombres propios.

La película comienza en un pueblo perdido de Oklahoma con Bill Baker trabajando en una plataforma petrolífera, un escenario árido que dos siglos atrás hubiese sido el emplazamiento idóneo para un western. Su hija está en prisión en Marsella, acusada del asesinato de su novia, lleva cinco años de condena cumplidos y todavía le restan cuatro. En la visita del presente año, Bill emprenderá una búsqueda de la verdad de lo que ocurrió, un nuevo testimonio puede suponer la reapertura del caso y la excarcelación de la joven Allison. Un viaje de reconciliación y expiación con todos los ingredientes precisamente del género citado anteriormente, estamos, por tanto, ante un western crepuscular en la urbe francesa. Padre coraje, bandas callejeras y dilemas morales entre el bien y el mal.

El principal escollo de Cuestión de sangre es la frágil combinación entre el drama paterno-filial, el nuevo interés romántico de Bill (Virginie, una actriz con una hija pequeña) y el thriller criminal. Todos estos frentes componen una película deslavazada en todo momento, con tres arcos narrativos que nunca terminan de casar unos con otros y cuando se funden en el tercer acto, el resultado es algo insatisfactorio. Si bien Tom McCarthy logra mantener el interés en todo momento pese al extenso y abultado metraje, el guion, pese a contar con la notable y habilidosa pluma de Bidegain, es tan irregular como los vaivenes entre Bill y Allison. El sello Bidegain se palpa, es así, pero es su libreto menos lúcido hasta la fecha, quizás porque comparte créditos con otros tres guionistas y no tiene a un gran cineasta que lo convierta en imágenes. Por supuesto, Tom McCarthy frente a Jacques Audiard se queda en un mero aprendiz. Un director artesanal de Hollywood frente a un cineasta con todas las letras.

El tercer nombre propio es el de Matt Damon. El protagonista de la saga Jason Bourne ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera con un papel agraciado para lucirse y sacar rienda suelta a distintos registros. Para un servidor siempre es un placer reencontrarse con Abigail Breslin, la joven promesa de Pequeña Miss Shunshine, siempre desaprovechada y aquí con suficiente espacio para demostrar su talento. La escena final entre ambos es absolutamente arrebatadora, sobre todo, por su trabajo y no tanto la construcción emocional de MccCarthy. El título original es Stillwater, el nombre de la localidad donde viven los protagonistas en los EE. UU. profundos. Una palabra que resuena en la Cuestión de sangre del título español: el amor paterno-filial sin límites. El perdón y la aceptación inevitables y sanadores.

 

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