20 de septiembre de 2021

Críticas: Dune

Sensaciones encontradas con el blockbuster interrumpido.

¿Puede una misma película asombrarte a niveles como pocas obras fílmicas son capaces y, a su vez, causarte antipatía por la megalomanía de su autor? Sí. Servidor no recuerda un caso previo ahora mismo, pero Dune ha provocado aplauso y frustración a partes iguales. Ambas sensaciones son a causa del brío y tropiezo del director, en este caso, Denis Villeneuve, uno de los mayores cineastas contemporáneos del cine norteamericano. El arriesgado proyecto de adaptar la totémica novela de ciencia-ficción nos trae de vuelta al mejor Villeneuve (hay secuencias que son de lo mejor del año) y al Villeneuve menos acertado (grandilocuencia excesiva, la falta de concreción). Es su película menos buena, pero el conjunto es un notable blockbuster de autor, de difícil recorrido comercial, con una libertad creativa a celebrar, aunque no siempre se ejecute de la mejor forma, y plagado de ideas visuales y metáforas sociales y políticas muy estimulantes.

El sempiterno viaje heroico cual Ulises o Moisés. El cine se ha nutrido de este arquetipo desde sus inicios y con la irrupción del blockbuster mucho más: Superman o Luke Skywalker serían dos de sus máximos exponentes. El Paul Atreides de Dune, la mastodóntica novela de Frank Herbert, también responde a esta definición: un joven que se ve inmerso en una guerra por el poder, observa la destrucción de todo aquello que conoce hasta ese mismo instante y siente la llamada del destino para reconducir la situación y salvar vidas. Un destino del que no tiene escapatoria, debe afrontar la coyuntura y tomar las riendas del inesperado devenir. Lo mejor del Dune de Denis Villeneuve es precisamente la construcción del personaje protagonista y su arco argumental, por muy interrumpido que nos deje el The End. Y Timothée Chalamet está magnífico en el papel. Este Paul Atreides puede leerse, si se quiere, como una encarnación de la juventud desencantada tras la crisis financiera de 2008 y la sanitaria del 2020.

Dune ha tenido dos adaptaciones (y media) en el cine. El primer intento fue fallido: en los años 70 el cineasta chileno Alejandro Jodorowsky empezó a desarrollar el proyecto, junto a un equipo artístico que incluía al brillante ilustrador Moebius, pero todo quedó en una producción fallida que ha derivado en un excelente documental: Jodorowsky’s Dune. Años más tarde quien sí pudo rodar y estrenar la adaptación a la gran pantalla de Dune fue David Lynch. Eso sí, su montaje inicial era de ocho horas y lo redujo a cinco para su exhibición cinematográfica, pero los productores finalmente estrenaron una versión de solo 137 minutos. Una película que nada tiene que ver con la concepción del director de Terciopelo azul. Finalmente, ahora en 2021 y no en 2020 como estaba inicialmente previsto por culpa de la pandemia del coronavirus, Denis Villeneuve estrena la Parte 1 de su Dune (148 minutos) con el deseo de poder rodar y estrenar la Parte 2, siempre y cuando el éxito en taquilla y la Warner allanen el camino.

Sea dicho de entrada, si la segunda parte no se lleva a cabo será una derrota de todos, el primer damnificado, nosotros, el público. Por tener una historia inconclusa y también por perder la oportunidad de visionar otro blockbuster alejado de las franquicias y el ritmo frenético de las propuestas de los grandes estudios. El Blade Runner 2049 de Villeneuve ya era una rara avis dentro del marco hollywoodiense y su acercamiento al universo literario de Herbert no dista demasiado de su notabilísima secuela del clásico de Ridley Scott. El canadiense, demasiado amigo aquí de la solemnidad y la pomposidad en la puesta en escena, deslumbra con secuencias dignas de análisis por sí solas como el asalto de los Harkonen a la Casa de los Atreides, la persecución en las asombrosas naves libélula o el advenimiento del héroe Paul frente al duelo con un Fremen.

Este Dune es rehén y afortunado de su propia concepción bigger than life. Por un lado, el director de La llegada es capaz de provocar el hastío en pasajes alargados y conversaciones vacías que no cumplimentan el arco dramático central y el desarrollo de los personajes. Por otro lado, Villeneuve demuestra una vez más su enorme talento cinematográfico en set piece para enmarcar, en su destreza para narrar con las imágenes (el alzamiento de Paul, su periplo por el desierto con la madre) y su capacidad para aprovechar el material original de los 60 para hablar del aquí y ahora y, por supuesto, del futuro. En definitiva, su Dune resulta tan antipática como arrebatadora.

Si bien la condición de primera entrega resta espacio a los personajes de Zendaya y Javier Bardem, ambos demuestran en pocos minutos todo lo que podrán ofrecer a sus personajes, Chani y Stilgar, respectivamente. Ya se adueñan de ellos. Así pues en este Dune brillan dos actores por encima del resto: Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson. Si sus personajes resultan tan estimulantes desde buen inicio es por la magnífica interpretación de los dos. En el otro lado de la balanza está la BSO de Hans Zimmer, omnipresente y, aunque no resulta tan molesta como en sus colaboraciones con Christopher Nolan (Dunkerque y Tenet), la ausencia del silencio es clamorosa y los compases de Zimmer terminan por resultar cargantes.

Dune es una experiencia cinematográfica de primer orden. Hay que disfrutarla en la pantalla más grande posible con el mejor sonido posible. Entusiasmará más o menos, pero el trabajo de Denis Villeneuve es remarcable, pese a sus excesos de sobriedad y solemnidad. Su estructura de primera parte también es una losa. Quizás, cuando se pueda apreciar la continuación, el conjunto y, en concreto, esta primera entrega crecerá. Porque como nos dicen al final: «Esto es solo el principio».

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