7 de diciembre de 2021

Críticas: La crónica francesa

La superposición de estampas.

En estos instantes en los que parece que la normalidad pre-pandemia es una realidad cada vez mas palpable, las distribuidoras españolas han optado por una estrategia desquiciada de bulimia cinéfila que bien puede resultar en un fracaso conforme lleguen las cifras en las próximas semanas: bombardear octubre y noviembre con poderosos estrenos de grandes nombres del cine comercial y de autor, con títulos tanto del nuevo curso como del pasado que habían quedado en espera desde entonces. Tenemos entre manos el nuevo trabajo de un director consagrado cuyo tráiler ya pudimos ver hace casi dos años, que formaba parte de la selección de trabajos de Cannes 2020 y que compitió a su vez en la Sección Oficial de este año. Pero al fin se estrena en nuestras pantallas La crónica francesa, carta de amor al periodismo de Wes Anderson en colaboración con su equipo técnico de confianza y un amplio reparto lleno de talento y prestigio. Trabajo que fue recibido con entusiasmo en la ciudad francesa y que mantiene impacientes a los cinéfilos y sobre todo a los fanáticos, familiarizados como estamos todos con el estilo del americano y sabedores de lo que nos podemos encontrar. Y antes de entrar en profundidad, es innegable que nos encontramos ante una película que hará las delicias de los mas adeptos. Y en lo que a su estilo y virtuosismo, supone la mayor celebración del mismo de toda su carrera. Esta hipérbole también es, a su vez, su mayor problema.

La crónica francesa ofrece la experiencia inmersiva de experimentar en imágenes la lectura de un número del suplemento cultural que da nombre a la película. Una película revista, un recorrido audiovisual a través de sus diferentes secciones. Un discurso escrito transformado en mundos físicos y aventuras desquiciadas. Un homenaje a los pormenorizados reportajes de publicaciones prestigiosas del siglo pasado como fue The New Yorker y al espíritu aventurero de estas historias cargadas de matices y reflexión cultural. Un filme poliédrico por definición, bañado en puntos de vista y afanado en resaltar la importancia de la personalidad de los narradores para moldear sus historias. Un viaje que sostiene que lo verdaderamente valioso no son los hechos sino la narración que se construye a su alrededor, el arte para servirse de recursos lingüísticos y semánticos para darle riqueza y dotarlas de capacidad de fascinación.

Un tributo a este mosaico literario que sirve de excusa a Anderson para filmar una suerte de compendio de toda su obra, pues podríamos decir que todas sus películas están comprimidas en La crónica francesa. Todos sus rasgos estilísticos desfilan presos del frenesí por la pantalla: portadas, intertítulos, escenas congeladas, perfiles, planos simétricos, travellings laterales, cambios de altura, zooms, alzados de los decorados, maquetas en stop-motion…e incluso algún otro que remite a algunas películas específicas que no detallaré por no hacer spoiler formal. Un festival mayestático de prodigiosa dirección de arte, virtuoso trabajo de vestuario o depuradísima dirección de fotografía. Elegante y heterogénea partitura de Alexandre Desplat, diálogo ingenioso que va mutando entre los distintos narradores en off, humor físico, acción disparatada o melodrama tragicómico. Un filme técnicamente deslumbrante que es imposible no admirar, en el que no dejan de desfilar actores maravillosos con desigual reparto de tiempo en pantalla y registros dispares pero mayormente acertados. Una catedral Andersoniana que queda para el análisis en años futuros.

Es tal la ambición del filme, queriendo comprimir cuatro o cinco películas distintas en apenas 108 minutos de metraje, que la experiencia resulta agotadora, en un viaje histérico y atropellado que se ahoga a sí mismo. Menos suele ser más en el cine, y nos encontramos ante una película que parece dirigida a espectadores con déficit de atención, que no discrimina elementos ni ocurrencias y amalgama de igual manera genialidades y frivolidades. Un torrencial de verborrea y elementos visuales que permanecen dos segundos en pantalla que tras el asombro inicial derivan a una honda desconexión y a un hartazgo analítico, habiendo sustraído los elementos interesantes de la propuesta apenas han pasado treinta minutos. Bien hubiera funcionado cada historia por sí misma, y sin embargo su estructura de ligereza, cinismo y correcalles provoca que para cuando lleguemos a la tercera historia, con mucho que valorar, nos encontramos plenamente saciados. Es un caso claro de ramas que no desean que veamos el bosque, en el que nada reposa el tiempo que necesitaría y por lo tanto induce a una desconexión emocional absoluta. Una película que podríamos considerar inexpugnable en su fútil perfección, lo que derive a que sea muy curiosa pero un tanto intrascendente.

Una obra de visionado imprescindible para cinéfilos y que sin duda fascinará a los más fanáticos de Wes Anderson, y que no debemos dejar de valorar a nivel artístico, ni dar por sentado el virtuosismo con el que el tejano manipula el espacio. Pero consideradas las cotas de sus trabajos recientes, La crónica francesa es una experiencia tan virtuosa como descompensada y frustrante, más ruidosa que sustanciosa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

veinte − siete =