2 de julio de 2022

Críticas: West Side Story

La cara B de América.

Unos edificios en ruinas. La imagen de apertura de este nuevo West Side Story deja sus intenciones claras desde el principio: el crecimiento de un barrio, ciudad o país es a costa de sus ciudadanos. La destrucción de los barrios de clase obrera, la mayoría de los cuales habitados por los migrantes e hijos de éstos, los verdaderos forjadores de los Estados Unidos, es la demostración palpable de que el ansiado “sueño americano” está pervertido desde su concepción. El conflicto entre los Jets y los Sharks no es más que un juego de niños ante la ferocidad de la violencia del sistema. El amor entre Tony y María es el intento de reconciliar la fractura entre ambos grupos de vecinos. Pero como ya conocerán la inmensa mayoría de los lectores, como mucho el romance es un punto de inflexión, en ningún caso, la solución. La fatalidad se multiplica hasta devenir en tragedia shakesperiana.

Servidor es uno de tantos escépticos ante una nueva adaptación del inmortal musical de Broadway llevado a la gran pantalla en 1961 por Robert Wise y Jerome Robbins. West Side Story es una de las mejores películas del género en los pocos más de cien años de historia cinematográfica. Steven Spielberg, tras cinco décadas de carrera, ha decidido lanzarse al género con la difícil tarea de resistir a las comparaciones con la obra maestra ganadora de 10 Oscar. Por cierto, en el teatro neoyorquino el musical creado por Leonard Bernstein, Arthur Laurents y Stephen Sondheim ha tenido tres adaptaciones. Por tanto, lo del adjetivo innecesario no lo verán en esta reseña. Si el artista (Spielberg) piensa y está convencido de que puede aportar algo, bienvenido sea. Y así es. Para empezar, la enésima demostración de lo gran cineasta que es, ofrece su mejor trabajo desde Munich.

Su nueva versión, en ningún caso remake, puesto que parte de un original teatral no del filme de 1961, adquiere un nuevo halo en su perspectiva social con un discurso político mucho más potente, desde algunas novedades argumentales en el guion hasta la decisión de incluir mucho más español en el metraje o el fichaje de actores y actrices hispanos para los papeles de los Sharks. También por ejemplo en la fortaleza de los personajes de María y Anita, menos inocentes y más echadas para delante. Es decir, el cambio lógico de la sociedad en estos años (véase lo propio con La Cenicienta y Moana en Disney, por ejemplo). El guion de Tony Kushner es brillante, tanto por la reactualización del musical como por el desarrollo de los personajes en los nuevos tiempos, así como los leves cambios, como el personaje que aquí interpreta Rita Moreno (la Anita de la película de 1961) y el nuevo sentido que le da a Somewhere.

Spielberg deja claro desde el travelling inicial y la primera secuencia musical que estamos ante un espectáculo cinematográfico de primer orden. La puesta en escena, la reconstrucción de la Nueva York de los años 50, el asombroso apartado técnico (fotografía, dirección artística, vestuario, sonido) y su manejo con la cámara son una proeza de las que muy pocos directores pueden presumir. Números como el de América o Cool son la demostración más majestuosa de su dominio por el lenguaje cinematográfico y concretamente del musical, un género que nunca había testeado y del que obtiene el cum laude, como otrora con el terror, la aventura o la ciencia-ficción. Pocos cineastas (Stanley Donen, Vincente Minnelli, Bob Fosse, Jacques Demy, Baz Luhrman, Gary Trousdale & Kirk Wise o el propio Robert Wise, entre otros) han entendido el musical en la gran pantalla con la misma maestría que el director de La lista de Schindler.

El nuevo West Side Story también brilla en el apartado interpretativo. Ellas ganan la partida, está clarísimo. Ahora bien, Mike Faist como Riff está soberbio (qué voz, cómo baila y qué rostro tan magnético), David Alvarez es mucho mejor Bernardo que el injustamente oscarizado George Chakiris, y hasta Ansel Elgort cumple con muy buena nota como Tony, un actor que nunca ha sido especialmente de mi agrado. Rachel Zegeler es la gran revelación de la película, sin carrera previa como actriz y conocida por subir vídeos cantando en su casa, ilumina la pantalla en cada nueva aparición y se luce en sus momentos más álgidos como Tonight, I Feel Pretty o A Boy Like That. Su compañera en este último número es Ariana DeBose, segunda gran revelación. Ella tenía el reto de sobreponerse al recuerdo de Rita Moreno y se adueña del personaje con una firmeza y convicción muy naturales. Tiene varios momentos estelares, pero sobre todo América, el único número que es superior a la adaptación de Wise y Robbins. Spielberg y Kushner aportan una nueva dimensión a ese número: la hermandad de toda una comunidad, pese a los recelos, para sobreponerse a los prejuicios sociales y las falsas promesas del escudo social.

De hecho, este número ejemplifica a todos los niveles la visión moderna de Spielberg hacia West Side Story. Y, sobre todo, su visión política en todo ello. El musical ha sido su vehículo de lucimiento para ofrecer su retrato de la cara B de América, un país forjado por miles de migrantes, entre el odio, la supervivencia y la lucha día a día para sobreponerse a los obstáculos del sistema social, político y judicial. La lucha entre los Jets y los Sharks no deja de ser una metáfora de la fractura social que impera en el país en el último lustro. Lástima que en la vida real no existan unos Romeo y Julieta o Tony y María para buscar la reconciliación. En definitiva, West Side Story es una de las mejores películas del año y una adaptación que iguala a la anterior versión, ni palidece ante ella ni empequeñece a la otra. Ambas coexistirán como clásicos de su tiempo y magníficos ejemplos del enorme talento de sus respectivos cineastas. Servidor, pese a ser un gran admirador de Spielberg, todavía no se cree lo magnífica que es. No hay una versión mejor que otra, hay dos grandes películas a partir de ahora.

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