23 de mayo de 2022

Críticas: Great Freedom

Libertad en diferido.

Nos encanta legislar, hacer ley de todo, absolutamente de todo. Sea cuestión de regular el tráfico o nuestros sentimientos siempre debemos distinguir entre lo que podemos y no podemos hacer. Claro está que construir la norma, igual que un dique, deja a gente fuera; personas que construyen sus relatos a las inmediaciones de nuestros caprichos; historias muchas veces ignoradas tales como la que relata Great Freedom (Große Freiheit, Austria, 2021), la última película de Sebastian Meise.

Hemos aquí, en el tercer largo del austriaco, a un sujeto aplastado por la justicia, alguien que sale del campo de concentración para entrar sin solución de continuidad en la cárcel. La liberación universal llevada a cabo por los aliados (¡oh sorpresa!) no fue tal. Puede que gasear judíos hubiese generado un poco de estupor y malestar cuando el Tercer Reich cayó en 1945, pero por aquella época cualquiera de los países civilizados de Occidente estaba de acuerdo con el artículo 175 del código penal alemán, según el cual las felaciones entre hombres salían a pagar; deuda que no se saldaba con una multa, sino con la propia libertad.

La historia del artículo 175 y sus terribles consecuencias es también la historia de Hans, a quien las fobias personales de algún reconocido legislador llevaron, recién salido de un campo de concentración, directo a prisión. Interpretado perspicazmente por Franz Rogowski, Hans mantiene una relación intermitente, compleja y ambigua con uno de los presos, Viktor (Georg Friedrich), quien entra en conflicto con su sexualidad, así como con el mundo en general. En el relato escrito por Thomas Reider y el propio Meise, nuestro protagonista entra la friolera de tres veces en prisión (no por capricho hablamos de “relación intermitente”), cada una de ellas en una década diferente (1945, 1957 y 1968).

Si debemos destacar algo de la cinta sería su audaz organización temporal. A través de ella, este drama homosexual dota de potencia emocional a una película que no es desde luego formalmente rompedora, a excepción de que consideremos cinematográfica la ausencia de imagen. Y es que la oscuridad a la que nos condena (o, mejor dicho, a la que condenan a nuestro protagonista) por momentos permite que un llanto desesperanzado nos transporte de un año a otro como si estuviésemos en una máquina del tiempo. Aquí reside su gran baza estética: en conectar a través de objetos, palabras y textos las tres condenas de nuestro protagonista. Es en el impacto emocional que retroactivamente ciertos elementos generan que la película triunfa.

Los hábiles y arbitrarios saltos temporales ejecutados por Meise consiguen que los cigarros, las biblias o los tatuajes embauquen al espectador, quien olvida por momentos cierta convencionalidad que de fondo lleva el relato para admirar la actuación de Rogowski, llena de ambivalencias en su confrontación de edades dispares, adversidad que el intérprete consigue dominar para crear la ilusión de que algo constante permanece. Es la existencia humana, esa con la que todos nos podemos sentir identificados; el “¿cómo has cambiado” y el “sigues siendo el mismo” pronunciados a la vez. Casi nada.

Al final, Great Freedom resulta un drama carcelario efectivo pero convencional, cuya idiosincrasia (que casi podríamos catalogar de análisis legislativo) eleva el caso particular al nivel de consigna general. La historia de Hans no es solo un alegato contra la injusticia manifiesta de la ley, sino también una reflexión valiosa sobre lo que significa ser libre.

Cuando Meise introduce al comienzo y a mitad de metraje la imagen en cinta no solo le está negando a la libertad cualquier clase de entidad, sino que está ilustrando la ambivalencia de lo audiovisual. El mismo material fotosensible que lleva a Hans al presidio es el que mantiene todavía vivos sus recuerdos más felices. Y sin embargo, son estas últimas imágenes las que destruyen lo que él más quiere. Ahí reside la cuestión: la felicidad mata cuando está acotada por el terrorista más silencioso de todos, la ley. Y poco importa que se abra la veda. Siempre es demasiado tarde, siempre es insuficiente.

Y si no me creen, vean lo que hace Hans cuando papá estado le cede amablemente su “great freedom”. Es entonces cuando uno entiende perfectamente por qué Segismundo envidiaba a los peces.

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