28 de septiembre de 2022

Críticas: Un pequeño mundo

El mundo del «sálvese quien pueda».

En su primer largometraje, Laura Wandel se pone como testigo para evidenciar fallas sociales. La película de la jóven directora belga, Un pequeño mundo (Un monde, 2021), estuvo nominada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes -que descubre a cineastas emergentes- y fue galardonada con el premio FIPRESCI, además de ser candidata a los Óscars 2022 por Bélgica. Sin entrar en el mundo de las alfombras rojas, este circuito de galardones se debe a que Un pequeño mundo genera un debate intenso y estructural sobre la infancia y la escolarización a través de una mirada cruda y realista, muy bien influenciada por los hermanos Dardenne. Anteriormente, Laura Wandel ya había competido en Cannes con su cortometraje Les Corps Étrangers (2014), sobre un fotógrafo de guerra que debe someterse a un proceso de reeducación en una piscina municipal y le teme a la mirada de los otros y a la proximidad con otros cuerpos. En ambas obras se puede vislumbrar algo que a la autora le interpela: la adaptación o la rehabilitación al mundo que nos rodea. Las piscinas, las percepciones, el mundo interno de la mente y los colores tenues y nublados son parte de sus films.

Ante la falta de afecto, la película de Wandel propone abrazos; ante la falta de escucha, juega con la complicidad de los silencios y desliza susurros; y ante la falta de un entorno seguro, pone el llanto. La cámara subjetiva está a la altura de la niña protagonista (Maya Vanderbeque), todos los adultos que quieren acercarse a ella deben agacharse para entrar en el plano. La corta profundidad de campo y los constantes desenfoques transmiten ese miedo claustrofóbico que implica el inicio de la vida escolar, sólo pudiendo ver una pequeña parte de lo que ocurre alrededor. La impotencia ante el desamparo se intensifica por la falta de música extradiegética y por el bullicio ensordecedor de la escuela. Los adultos no ayudan a resolver los conflictos y son les niñes quienes deben desenredar las relaciones sociales. Está tan bien transmitida la complicidad del silencio ante las situaciones de acoso, que brota naturalmente el susurro como aliado. El único personaje que escucha atentamente y ampara a Nora es su maestra con la que comparte las conversaciones más importantes pero en voz baja. La película empieza con el llanto de angustia de la niña por el miedo a lo desconocido en su primer día de clases, abrazada por su hermano más grande. Y termina con la imagen invertida y un llanto de desahogo por un aprendizaje “a golpes”, del que -mínimo- se deberían generar debates. La directora no romantiza el patio de la escuela, sino que analiza el universo escolar como un espejo crítico de la sociedad.

El proceso de integración a un nuevo mundo podría leerse en la metáfora de la piscina. Nora, primero, no se anima a tirarse al agua, en la próxima escena ya está dentro y, luego, aprende a patalear, pero cuando se desestabiliza la confianza con su hermano, traga agua y se ahoga. El mundo limitado por el edificio escolar encierra la puesta en escena, todo ocurre allí, en el aula, pasillo, baño y patio, y no se ve ni se sabe nada más: una referencia directa a las “primeras experiencias”, vivir sin saber qué hay más allá. Las pistas que vienen de “afuera” no hacen más que confirmar una visión socialmente crítica: el padre está en paro y la “maestra buena” (que podría representarse como la figura materna) debe abandonar la institución por mejoras laborales. Es un film sin sobresaltos pero tenso y agobiante, empatizando con la experiencia de Nora. Va in crescendo la angustia a medida que las aparentes soluciones empeoran el conflicto: en la medida que la niña se va adaptando, presencia el acoso que sufre su hermano mayor, y comienza un proceso tortuoso en el que debe descubrir qué es realmente lo correcto. De hecho, no es una película que plantee una moraleja y los problemas no se solucionan, pero porque en la vida real tampoco se solucionan. Laura Wandel plantea debates estructurales sobre el acoso escolar como representación de las relaciones sociales y de los valores familiares que, sin duda, apelan a cuestionar el adultocentrismo y la subestimación de las infancias. Pero Wandel no se retuerce en el pesimismo, sino que desde la sutileza simbólica del abrazo y desde el punto de vista de la infancia, aporta su visión. Ante la frustración de los protagonistas de no poder defenderse, el abrazo es contenedor y canalizador de la ira. La propuesta artística de ponerse como directora-testigo en una historia tan realista pone en evidencia un mundo, el mundo del “sálvese quien pueda”.

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