23 de mayo de 2022

Críticas: Canallas

Machacones y márgenes.

La búsqueda de la verdad es una constante en la filosofía de Daniel Guzmán. Al igual que sucedió con A cambio de nada (España, 2015), el director barniza su nueva cinta con una valentía intachable. Independientemente del guion, la (arriesgada) idea de dirigir una comedia de farsantes y bribones con actores no profesionales es, ante todo, un desafío digno de admirar. El cine español cuenta con muchos antecesores, desde José Luis Guerín, pasando por Jaime Rosales, Daniel Monzón, Isaki Lacuesta y, en los últimos años, Carla Simón. Pero Guzmán – tal y como Javier Fesser hizo con su rompedora Campeones (España, 2018) – es de los pocos que consigue exprimir su elenco (no experimentado) hasta los extremos. Hacia territorios inexplorados y comprometidos en los que cualquiera, sin un mínimo de bagaje, comenzaría a temblar compulsivamente con la aparición de la primera lente o el primer “¡acción!”. Y en el caso de Canallas (2022), cuando las revelaciones logran responder con excelsa notoriedad, la película parte con la ventaja de recibir (y merecer) un plus de reconocimiento crítico.

Canallas es una comedia cuyo engranaje funciona gracias a sus personajes. La fuerza del humor reside en los protagonistas, en las decisiones que toman y la manera con que reaccionan a sus desgracias. Existe un sistema de dependencia con ellos, son individuos histriónicos y tiernos que llaman la atención, por un lado, por su manera de hablar, y por otro, por sus características físicas. Una comedia voraz con una estructura clara y simple: plan-ejecución-reacción. O lo que es lo mismo, los protagonistas actúan y la realidad responde contra ellos. El principal peligro de ello es la tendencia a la repetición. Desde el inicio, el espectador sabe que los tres amigos – Joaquín (Joaquín González), Brujo (Daniel Guzmán) y Luismi (Luis Tosar) – viven en situaciones desesperadas, y su afán por conseguir resultados hace que sus ocurrencias viajen hasta la radicalidad más imprevista. Los acontecimientos avanzan in crescendo. Cuando parece que el plan no puede ser más arriesgado, cuando parece que nada puede salir peor, llega una propuesta todavía más espectacular y que duplica las consecuentes desgracias. Si se desplaza el elemento sorpresa que endulza sus estrategias de supervivencia, la estructura de la película resulta reiterativa. Todo se resume en un plan, un desarrollo y una tragedia que el director exprime una y otra vez. El espectador conoce de antemano que la desventura siguiente será catastrófica, y que, ocurra lo que ocurra, a los tres les sucederá lo impensable. Las posibilidades de que impresionen son muchas, pero los incesantes giros de guion acaban siendo víctimas de un tratamiento monótono.

La segunda película de Guzmán está repleta de personajes secundarios. Son arquetipos presos de la deformidad. Algunos resultan más tiernos que otros, y la mayoría invierte su tiempo en sobrevivir dentro de los márgenes de la sociedad: el amante de la madre del protagonista (Víctor Ruiz), su hermano maestro de Wing-Chun (Chema González), los protestantes con enanismo, los matones dirigidos por el Gallego (Luis Zahera). Cuando los personajes resultan desconocidos (novedoso), es decir, cuando aparecen por primera vez en pantalla, la risa del espectador surge de forma inmediata. La gracia no está en lo que dicen, sino en la manera absurda y auténtica con la que lo hacen. Con sus características más extrovertidas y reconocibles a simple vista: los problemas de dicción del protagonista, el tono enternecido de Esther, el ímpetu y la juventud de Jacinto ‘Popeye’. La risa aterriza al principio, cuando el espectador se cruza con individuos dispares y llamativos. Pero, asimilados los roles, la gracia comienza a desaparecer lentamente. Cuando el público consigue capturar la esencia de los distintos arquetipos, lo que resultaba novedoso, ahora se vuelve recurrente, apático y disoluble, y todo por una misma razón: porque la gracia no depende de lo que dicen, sino de los elementos que componen sus características sociales – el cómo –. Una vez reconocidos, nada resulta innovador. Son individuos tiernos, pero que terminan cansando por su redundancia. A partir de ahí, la intriga permanece intacta, quizá, por la arbitrariedad de los acontecimientos entrelazados.

El final se transforma en el principio. Los protagonistas – marginados por decisión propia – regresan a donde empezaron. Sus manos continúan vacías y Joaquín parece no haber aprendido la lección. Pese a su aparente tendencia a rizar el rizo, a someter a los personajes a un sinfín de desdichas delirantes, Canallas camina por una inmensa senda de honestidad: los personajes no mienten y el universo desfigurado en el que se mueven, su tendencia a visibilizarlos a todos, versa sobre un único y concienzudo sentido: todos forman parte de los márgenes de la sociedad.

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