28 de septiembre de 2022

Críticas: La cima

Superación y apetito.

La cima (España, 2022), la nueva película de Ibon Cormenzana, es una metáfora con un mensaje evidente: Mateo, un hombre dispuesto a escalar el Annapurna, una de las montañas más peligrosas del mundo, es rescatado por Ione, una veterana alpinista refugiada en una humilde cabaña. Mientras el primero lucha por una antigua promesa, la segunda debe de combatir una crisis existencial. A medida que la recuperación de Mateo avanza, la relación de ambos individuos alcanzará cotas de complicidad soberbias, y juntos conformarán el elemento más prolífico del filme. Está vez, el director de Alegría Tristeza (2018) cuenta con los trabajos de Javier Rey y Patricia López Arnáiz, reconocidos nacionalmente por sus papeles en la serie de televisión Fariña (Ramón Campos, 2018) y la película Ane (David, P. Sañudo, 2020), respectivamente.

No es (ni pretende ser) una película ambiciosa, sino todo lo contrario. Es un drama de superación con un claro camino establecido y que no aspira a representar lo insaciable. Mateo e Ione no solo constituyen el corazón de La cima, sino que cargan, de manera imperiosa, con el peso de toda la película. A pesar de las poderosas características físicas donde se desarrolla la acción – en ocasiones, la sensorialidad del entorno se siente ligeramente interrumpida por el inconfundible uso de la pantalla verde –, las piezas entre las que se mueven son el minimalismo y la sencillez. El Himalaya no es el enemigo principal; el verdadero conflicto surge de las voluntades humanas, de la necesidad de evolucionar. La planificación y el recurso musical son fieles seguidores de los convencionalismos narrativos porque el objetivo de la narración es otro: es retratar a los protagonistas y acompañarlos en sus distintos viajes emocionales. El uso de la cámara en mano, constantemente adherida a la sombra de los personajes – personajes que, pese a sus notorias diferencias, no brillan por la originalidad psicológica: mientras Mateo es valiente e iluso, Ione es cauta y experimentada, y juntos conforman extremos como oportunidad de aprendizaje –, facilita la materialización del mensaje por su inmediato carácter naturalista. Los encuadres, imperfectos y conceptualmente descuidados, construyen un pacto con la realidad de los individuos y conducen el ojo del espectador directo a sus emociones y, con suerte, a la conmoción.

Con todo, la película se desarrolla sin un atisbo de riesgo. Todo resulta previsible. No es una nueva guerra para la historia. Pese a los obstáculos que lastran a los protagonistas – la inexperiencia, la tormenta, la nieve – apenas se percibe suspense en la narración. La simplicidad que construye el conflicto de Mateo e Ione mantiene la incertidumbre dormida hasta el epílogo, cuando la valentía provoca que la vida de Mateo penda de un finísimo hilo de esperanza. Los dos se enfrentan a realidades incompatibles, pero consiguen obtener el mismo grado de interés porque de sus contrastes nace el atractivo de la relación: tanto uno como otro sueña con escalar su propia cima. Y al final, la emoción adquiere su mejor resultado: en lugar de proseguir con la cronología de los acontecimientos, el director decide encapotar la cúspide con una elipsis imprevisible. El espectador pensará que la cima es una meta suicida, pero, cuando menos se lo espere, descubrirá que, en realidad, la cima ya ha sido conquistada y el protagonista lo ha conseguido. Un desenlace costumbrista que Cormenzana logra embellecer de manera congénita y sin artificios.

La metáfora termina con una intensa mirada al vacío. Atrás se perciben los restos de un viaje que comenzó en el mar y terminó en las nubes. Entre las grietas de las montañas se escucha el dolor de los héroes. Es el eco del esfuerzo y la recompensa. Una película sobre la realización personal, los sueños y el carácter fútil de la vida. Los protagonistas triunfaron; el público se marcha, pero el apetito sigue mirando la pantalla.

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