23 de mayo de 2022

Críticas: Alcarràs

Dramas rurales.

Decía la escritora catalana Caterina Albert i Paradís: “Todo el mundo, por humilde que sea, tiene en este mundo, no sólo su historia, sino también su prehistoria.” En Alcarrás (Carla Simón, España, 2022) la historia es el cultivo, la prehistoria es la tierra, el agua, el barro, todo eso que estaba antes que cualquier humano. La película nos sitúa en una fotografía genealógica de una familia a la que se le acerca el final de su medio de subsistencia y, por tanto, para muchos de sus componentes, su razón de vivir. Carla Simón nos ofrece una película que viaja desde la memoria histórica, a la herencia familiar, fundamentándola a través del frenético cambio tecnológico y cómo los intereses a gran escala afectan de forma individual a tan pequeñas comunidades como son los pueblos que viven de la agricultura, en este caso concreto, un pueblo como Alcarrás, situado en el interior de la provincia de Lleida, Cataluña.

En Alcarrás cada componente es una pieza que configuran una imagen, una unidad, un conjunto creado a través de diferentes perspectivas, cada uno de los miembros de la familia. Y ese puzle se configura a través de saltos de punto de vista de los diferentes personajes que entraman el linaje. Desde la visión infantil de crecer en una masía, al último eslabón del árbol genealógico: la persona fundadora de esos campos de cultivo. Es por eso que cuando la familia se percata que, por problemas burocráticos, no es dueña de las tierras que pensaba poseer, todas y cada una de las piezas pierden una extremidad, un vínculo para con el que poder acabar el rompecabezas. Desde los más jóvenes que acaban de empezar como los que ya tienen la espalda destrozada por el trabajo, convirtiendo el paisaje en algo infesto, algo que parece que si no lo miras no se desvanecerá.

Pero el enemigo acecha constantemente, haciendo de la fantasía del olvido impostado algo casi imposible. Hay camiones que de tanto en tanto aparecen, los que se van llevando retazos de historia familiar, pedazos de recuerdos, cachitos de tierra trabajada con tanto empeño. Los autos se asoman, con más regularidad según avanza la narración, simbolizando, la máquina, el adversario a vencer. La directora catalana disfraza al enemigo de progreso, el avance para algunos, el retroceso para otros. Las placas negras que aseguran salvar el mundo de una catástrofe provocan un terremoto laboral a quien más necesitaba esas tierras. El film presenta la dicotomía de lo solvente masificado frente a un comercio justo de proximidad. Y allí también reside una parte de la temática tan acertada: la doble moral de la reconversión energética.

Pero más allá de la historia y sus temas, la dirección está hecha con tal precisión como si de una cosecha a tiempo se tratara. A través de unas imágenes encuadradas en formato 4:3 -cuadradas como es la parcela en la que vive parte de la familia Solé, la que crea esa unión familiar-, saltamos de planos cortos que retratan la experiencia individual de los diferentes personajes que engloban la narración, la convivencia con el drama junto con la resiliencia -de mano de las mujeres- necesaria para llevar a cabo la última cosecha, a planos generales de conjunto. Los planos de conjunto aparecen en los momentos en que los ‘invasores’ llegan, son planos en los que se retrata la mirada y el silencio que deja el desarrollo de la trama, el vaciado del espacio, para convertirlo en un desierto de placas solares. Unos cosechan vaciando los árboles de frutos, para que luego las máquinas vengan a vaciar el paisaje de naturaleza.

Con una fotografía del color del melocotón, junto con unas actuaciones totalmente verosímiles -llevadas a cabo por parte de un elenco de actores no profesionales-, tenemos ante nosotras una película que podríamos nombrar de ‘postrealismo’ en tiempos de cambio de era. El futuro de la capitalización de las manos mengua, dando como resultado un mundo lleno de contradicciones con las que reflexionar. Dulce como una fruta madura, amarga como un melocotón cosechado antes de tiempo.

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