7 de octubre de 2022

Críticas: Memoria

Un sonido concreto es solo sonido.

Repensar la imagen es siempre una tarea estimulante, es reflexionar en cómo los avances técnicos de la captura de la luz han cambiado el arte del cine o cómo el imaginar ciertas imágenes han revolucionado la ciencia de aprisionar el tiempo visual. Pero pocas veces paramos a pensar qué pasa con el sonido. El lenguaje del cine son imágenes, nos repetimos, pero también son sonidos. Las diferencias tecnológicas en la imagen coartaron al cine de ser una cosa u otra, de verse de una manera o de otra, pero lo que revolucionó y cambió la forma de hacer películas, verlas y cómo desarrollarlas expresivamente, fue la llegada del sonido. Es por eso que entre el año 1928 y el 1929 hubo un cambio de etapa en la historia del cine, muchísimo más importante en el desarrollo de este arte que el cambio que significó la llegada del color o de diferentes formatos como podría ser el scope.

El sonido, en el cine de hoy en día, se entiende como algo natural a diferencia de su hermana expresiva, la imagen, que es donde la ficción ocurre, que es lo que la desarrolla. Cabría pensar qué pasaría si ese sonido que entendemos que está en su propia naturalidad, recreara la ficción (o no) de un mundo que ha existido siempre, desde el inicio hasta el final de los tiempos. El sol podría apagarse, pero si por un río siguiera cayendo agua, ese sonido no desaparecería. Quizás al principio fue el sonido y después la luz.

Esta naturalidad es en la que reflexiona Memoria, la nueva película que el tailandés Apichatpong Weerasethakul estrena después de un largo año de espera tras su recorrido por el Festival de Cannes. La memoria del sonido en una línea de tiempo que no es recta, sino que se entreteje con el espacio, el material en el que reverbera y las sensaciones que produce, creando ‘una bola de concreto que choca contra un fondo de metal rodeado de agua de mar’ como dice Jessica (Tilda Swinton). Podría ser la vida después de la muerte, tocarse para escuchar o dormir para morir y despertar.

Experimentamos el mundo de una forma no lineal, la memoria del mundo, o en otras palabras, la historia, aparece ante nosotros desde un presente hacia un pasado, llegamos a él pasando por retazos que se interconectan según se va adquiriendo más conocimiento y, no solamente a través de los libros, si no también a través de nuestra genealogía, el edificio en el que vivimos, el suelo que pisamos, todo es historia y, por lo tanto, está en potencia de narrar, de tener en él o ella una memoria. Todo lo que existe cuenta algo. Memoria nos hace pensar en más allá de los hechos que componen las causas y consecuencias de la historia, nos hace preguntarnos cómo sonaba el mundo en todas esas historias que aprendemos, en pensar si será lo mismo la memoria que la historia. Manifiesta el mundo sin preguntas y respuestas, simplemente siendo. Mantiene a su protagonista en planos fijos en los que ella sube y baja escaleras, atraviesa calles en diagonal, observa conciertos de música, creando un mapa voluble en busca de un sonido que, si bien, ella encuentra palabras para describirlo, la única definición concreta será el propio hecho sonoro. El sonido es sonido, lo demás son palabras, imágenes, tiempo…

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