7 de octubre de 2022

Críticas: Elvis

Baz Luhrmann vs Elvis Presley.

Que el Elvis de Baz Luhrmann sea un fracaso es una cuestión de ritmo. Como el sexo, o la oratoria o el rock n roll de cuyo Rey trata esta historia. Otro asunto es esa coronación mundialmente aceptada, más bien cuestión racial -el ritmo que sonaba en la radio era para negros y blancos el mismo-. De la segregación de los años 50 en Estados Unidos, de la división que en el mercado había entre música para unos y otros, muy consciente era el Coronel Parker (Tom Hanks) quien se sirvió de un joven carismático y talentoso de Memphis para vender la “música de negros” a los blancos.

Allí nació Elvis y su pelvis, a la que la cámara de Luhrmann trata de acompasarse durante dos horas y cuarenta minutos, libre, salvaje, impúdica como las miradas de las chicas que perdieron el juicio y con él su inocencia, incapaces de ocultar el calor que les atravesaba la espina dorsal al ver aquel vibrante paquete. Sin ápice de vergüenza, pero con remordimientos morales, acudían al reventar de una mentalidad casta y caduca, cuyo certificado de defunción nos recita el Coronel sobre una imagen a la que no sabemos muy bien por qué no se la deja explicarse por sí sola. Y es que en esta película cuando la cámara no tropieza, la palabra -hablada o escrita- le pone la zancadilla.

La de Luhrmann es una sesión de cardio que agota, sobre cinta de correr porque no avanza, y en algún traspiés cae de bruces partiéndose los dientes contra el suelo. Ya no es solo que Baz empiece subiendo las revoluciones, sino que no las baja jamás. ¡Y al espectador que que le zurzan! El australiano lo levanta del suelo con alguna de las apabullantes -ya lo eran las originales- reconstrucciones que elabora de las más icónicas actuaciones de Elvis -igual que con éste hacía su manager, a quien poco le importaba su salud-.

Lejos del carrusel desenfadado de Moulin Rouge, de su condición de tiovivo caleidoscópico o tobogán psicotrópico, Elvis es un lobo con piel de cordero, devorador de interés para todo espectador que le haya encontrado tres pies al gato -o se haya dado cuenta de que a falta de uno cojea-. Invita -empuja, más bien- a preguntarse dónde ha quedado la fluidez del director de musicales más famoso, estridente, barroco y hábil -junto a Damien Chazelle- de las últimas décadas, y a recordar por trauma que Bohemian Rhapsody ya ganó un Oscar a Mejor Montaje; a buscarle sentido a que Luhrmann arroje una ruleta de casino al fondo de la pupila de Tom Hanks o a que juegue con Las Vegas como un niño con una maqueta.

¿De qué sirve todo esto si el montaje va a ser un coitos intrruptus en el que secuencias solapadas para el clímax emotivo-musical -uno no sabe ya si se preocupa por lo que a Elvis le pasa o por saber si el próximo rasgueo de guitarra caerá a tiempo con los espasmos de Austin Butler- se tropiezan unas con otras? Y hay películas -esta semana está en cartelera Everything everywhere all at once– y directores -Edgar Wright, Mathew Vaughn, el ya nombrado Chazelle, ¡incluso Satoshi Kon!- que han mostrado y siguen demostrando lo importante de la planificación de movimientos de cámara, match-cuts o virguerías similares para que el caos de una imagen danzante se convierta en eso: una danza -y no un batiburrillo resultón de pasos más o menos afortunados-.

Aquí nunca se ha tratado -y NUNCA se tratará- de dar la razón a plumas de hace cincuenta años, de alabar las sutilezas del plano secuencia como André Bazin, ni de despreciar ramalazos caóticos, desmembrados e inaprehensibles -sobre todo cuando son los mismos que hacían vibrar las piernas de Elvis Presley-. Para algo existen las tijeras y el collage, los pinceles y la pintura abstracta. Pero no era la intención aquí, donde los dientes del lobo bajo su piel prestada -de cordero, sí, pero nada convincente- sufren de las caries propias del biopic hollywodiense: uniformidad estructural -ascenso ingenuo y caída drogodependiente-, tibieza emocional y conformismo moral. Cuando las encías de la película no sangran por convertir al Coronel Tom Parker en su narrador, por el hecho de sustentarse sobre el testimonio de alguien despreciable -Hanks consigue con su cargante acento volverlo insoportable-, lo hacen por haberse partido las palas en otro exagerado y virtuoso movimiento de cámara hacia ninguna parte, ahogado por imagen analógica, letreros explicativos que aparecen de la nada e incluso dibujo de cómic.

Toda esta parafernalia -junto a los samples con base de trap o la entregada y mimética interpretación de Austin Butler- se sustenta desde el comienzo sobre una incógnita propia de thriller: ¿quién mató a Elvis? Y el misterio, resuelto a los cinco minutos de película, difícilmente puede mantener la atención, sobre todo cuando concluye con el chantaje emocional de un narrador al que nadie respeta. Caído el concepto, poca motivación queda para seguir corriendo sin avanzar. Y no como en los sueños, sino sobre una cinta de correr. En un gimnasio muy bien decorado, eso sí.

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