27 de febrero de 2024

Críticas: Las chicas están bien

El amor me pertenece.

En tantas ocasiones la acción no es sino el vehículo, y el fin último no es el destino sino el viaje para llegar hasta él. Una filosofía creativa frecuente, peligrosamente colonizada en ocasiones por el liberalismo, se estructura alrededor de la idea del proceso como obra en sí misma. Experimentos que concitan a las artes con la vida, y emprenden viajes donde el rumbo, si ha de construirse, es sobre la marcha. Sobre estas coordenadas líquidas y liberadas se construye la ópera prima española que nos ocupa en la presente crítica. Una sensible obra estival que se estrena tras ser presentada en el pasado Festival de Karlovy Vary, y que supone una nueva incursión de la productora de Jonás Trueba, Los ilusos, que dialoga como si de una doble sesión se tratara con Tenéis que venir a verla. Se trata de (título que es toda una declaración de intenciones de fondo y forma) Las chicas están bien, debut en la dirección de la actriz Itsaso Arana, habitual del cine de Trueba, y concentrada en un relato de cinco mujeres protagonistas: Irene Escolar, Bárbara Lennie, Itziar Manero, Helena Ezquerro y la propia Itsaso, directora delante y detrás de la cámara. Una delicada obra de cámara sensual y vitalista, que funciona muy bien en sus propios y definidos términos y abre una experiencia reconfortante al espectador con una personalidad estilística asentada y reconocible. Algunos de sus esquejes resultan insustanciales, y sus conceptos apenas quedan esbozados en la mayoría de los casos, pero nos encontramos ante un cuento fílmico de encomiable gusto.

Cinco mujeres, siete noches, una casa de campo. Un texto a afrontar sin líneas rojas, sin hombres, sin prisa. Una película ensayo, ya marcada desde los créditos iniciales, que se desarrolla como campo de pruebas y también como terapia de género. Un viaje estático, en suma, que busca que las chicas estén bien en todos los sentidos del término. Convivencia intergeneracional de admiración, nerviosismo y dudas donde las barreras se diluyen y la ficción y realidad se fusionan. Un texto teatral de princesas y damiselas en la Edad Media al que aproximarse buscando el reflejo. Unas jornadas donde las pasadas de textos, las pruebas de movimiento o los ejercicios de interpretación tienen la misma importancia para el conflicto interno de cada una de las mujeres que las largas conversaciones grupales en los intersticios de reposo, tanto alrededor de una mesa con copas de vino o remojando las enaguas de los trajes de época de la obra en un río.

Nos hallamos, como ya habrá podido deducir el lector, ante una fábula teatral en la que las propias intérpretes son los personajes sobre los que orbita la investigación de Arana, que se sirve del texto de princesas como catalizador. Una divagación que busca la invocación de sentimientos a través del gesto poético, que busca con desigual fortuna que cada una de las cuatro mujeres de la obra puedan aflorar y resolver sus respectivos conflictos. Como rasgo común, la manera de cada una de ellas de lidiar con el amor o el recuerdo. La familia, los desafíos laboral de la interpretación o futuras maternidades se ensamblan como focos de angustia que evolucionan en sincronía. Planificación en largas tomas tanto fijas como de basculación rotativa intercaladas por planos detalles de bordados y fragmentos de elegante música clásica que priman la acción; en este caso, la palabra. Por lo tanto, es evidente que las cinco interpretaciones femeninas son los mayores activos del filme, y no en vano están todas afinadas, carismáticas y con un espacio individual marcado pese a la estructura grupal. De personalidades marcadas y diferenciadas, todas dejan su imprenta desde la entonación y la mirada, destacando especialmente una Irene Escolar de contagioso ánimo, elegancia corporal y gestualidad expresiva y frágil. Cuatro mujeres que se aceptan, se perdonan y se permiten amar desde sus propias reglas.

La apuesta por la jovialidad lírica y la liviandad bañan a la película de una falta total de gravedad que puede ser interpretada por muchos espectadores como una jugada circunstancial o anecdótica. Es juguetona, sí, pero también conformista, que lanza ideas sobre el lienzo pero descarta profundizar en la mayoría de ellas. Y como probablemente, por paradójica, estaba destinada, cuando los hombres entran en escena el filme se diluye. Resulta una opción tan cotidiana como a su vez banal que las subtramas de un par de las mujeres acaben dirigidas a dinámicas de apego hacia varones cuya presencia en el filme es tan secundaria como innecesaria. Decantándose por la naturalidad, su último tercio se adentra en situaciones triviales que apenas podrán suscitar más que complicidad generacional. Itsaso tiene suficiente con la comodidad del espacio sensible y refinado, dando pie a una película que acaba demasiado pronto, apenas cuando algunas de sus ideas empezaban a sofisticarse.

Transparente, bucólica y esperanzadora, Las chicas están bien se suscribe a su condición de esbozo hasta las últimas consecuencias en el más frustrante de los sentidos, picoteando de unos pocos conflictos personales y confrontándolos entre sí mediante la representación teatral de vestido y palanquín. Pero como primer trabajo supone un contrapunto hermoso de la cartelera actual, y un alegato de reafirmación y determinación femenina inspirador.

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