12 de abril de 2024

Festival de Sitges 2023: Vincent debe morir

Vincent debe morir, una carta a la esperanza.

¿Qué pasaría si, de repente, un día cualquiera aquellas personas que conforman tu entorno te empiezan a agredir sin motivo aparente? Esa es la cuestión, sobre la superficie, que plantea el debutante Stéphan Castang en Vincent debe morir, largometraje con el que apela a una vena más genérica que por momentos deriva en comedia negra salvaje e incluso se atreve con un componente afectivo ciertamente insólito, casi ajeno a lo que se podría esperar de una producción de estas características, pero que además expone para trazar una parábola sobre hacia dónde nos dirigimos como sociedad. Es, de hecho, uno de los diálogos que el protagonista entabla con un personaje que parece estar pasando por su misma situación, el que dilucida la direccionalidad de un título cuyas intenciones por suerte en todo momento emergen claras y cristalinas, sin ocultar su rumbo y sabiendo modular cada matiz sin que parezca (no es así) por ello que estamos ante una idea desaprovechada. En dicha conversación, ese personaje lanzará a Vincent un interrogante que habla muy a las claras sobre nuestra naturaleza: «La pregunta no es ¿por qué?, sino ¿hasta cuándo?». Dichas palabras condensan a la perfección la esencia de un film cuyos mecanismos derivan, afortunadamente, más allá del simple brochazo, de la asunción de una violencia que se puede percibir como divertida en ocasiones (de hecho, el propio Castang fuerza algunas situaciones en ese sentido), confusa en otros ámbitos, pero ante todo huye de lo fácil y propone incógnitas, interpela al espectador para que la reflexión no quede en un mero ejercicio genérico y Vincent debe morir llegue más lejos de lo que su premisa sugería en un principio.

Todo ello queda, además, implementado en un universo en constante evolución, donde los personajes pueden lanzar hipótesis pero en el que en realidad lo único cierto es cómo nos atañe esa violencia desmedida (que no injustificada, ¿o es que acaso hay justificación para algún tipo de violencia?) que desborda a Vincent y le lleva a huir ante una situación imposible de abordar lejos de cualquier cuestión planteada. Castang ahonda pues en esa sensación de desconcierto, e incluso de vacío (y es que es imposible sentirse más solo y desamparado que Vincent llegados a cierto punto) con acierto, y juega a la perfección sus bazas para llegar exactamente a un punto de alguna manera inaudito, pero que despeja cualquier duda sobre el sentido y, ante todo, el tono que busca alcanzar Vincent debe morir.

Al frente encontramos a un Karim Leklou que no es ni mucho menos casual que esté despuntando en los últimos tiempos (le hemos visto en obras como Una cuestión de honor, Un pequeño mundo y la siempre recomendable e infravalorada El mundo es tuyo de Romain Gavras), y que sabe abordar la fragilidad del personaje sin renunciar ni por un solo momento a ese componente cómico que se presenta a medida que va explorando las posibilidades de la particular coyuntura que le tocará afrontar.

Pero Vincent debe morir no es sólo un film a través del que reflexionar, del que hacer vehicular un discurso del todo relevante en los tiempos que corren; es, asimismo, una carta a la esperanza, a no renunciar y persistir para poder encontrar ese pequeño remanso de ¿paz? y amor. Y lo logra mediante un relato que sostiene decisiones discutibles y que se siente desequilibrado en algún momento (quizá el tramo tras la aparición de Vimala Pons —¿qué tendrá esta chica con los “Vincent’s”?—, punto clave de la propuesta, no posee tanta fuerza como uno desearía, si bien dibuja estampas tan indispensables como su plano final), pero que se sostiene gracias a la frescura que emana y a la franqueza y luminosidad de unas ideas que por sí solas hacen brillar el film, y lo alzan como una de esas ‹raras avis› indispensables que se guardan un hueco en la memoria, fagocitándola con un afecto que el cineasta traslada a sus protagonistas con apenas unos apuntes.

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