3 de marzo de 2024

Críticas: Pobres criaturas

Teatro de marionetas delirante, bello y atroz.

Cualquier película de Lanthimos es un acontecimiento. No lo es por sus premios porque, aunque los tenga, no los necesita; no lo es por las polémicas que suscita, que son abundantes y extensas; no lo es por su extravagancia, aunque evidentemente la tenga. Lo es porque cada uno de sus visionados es un estímulo para el espectador. Algo insólito, diferente y muy personal.

Desde Canino hasta La favorita, pasando por Langosta, desde El sacrificio de un ciervo sagrado hasta sus primeras incursiones en el largometraje con las menos conocidas y estupendas Kinetta y Alps, el griego por excelencia, tras la pérdida del gran Angelopoulos, nos ha brindado varias historias inclasificables, especiales, con un punto de sordidez y extremadamente irresistibles.

La mirada Lanthimos es una manera de entender el audiovisual, muchos dirían que con un cine macabro, con un cine que no quiere a sus personajes y no puedo estar más en desacuerdo. Y mi trabajo aquí consiste, me lo van a permitir, en intentar explicar el porqué. Pero en realidad no vengo a hablar de mi opinión, sino de una película en concreto: Pobres criaturas, que consiguió el Leon de Oro a la mejor película en el pasado Festival de cine de Venecia con un jurado presidido por Damien Chazelle (La La Land, Babylon) y hace unos días ha conseguido 11 nominaciones a los Oscar, entre ellas mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guion adaptado.

Lanthimos adapta una novela que se antoja deliciosa pero de difícil lectura de título homónimo, escrita por Alasdair Gray y publicada en 1992. El guion corre a cargo de Tony Macnamara (responsable de los guiones de Cruella y, en colaboración con Deborah Davis, del de La favorita, con la que cuenta con algunos elementos en común y está dirigida también por el maestro griego).

Protagonizada por Emma Stone, quizás en su papel más inquietante, perturbador y complicado de su carrera pero a la vez el más estimulante y eficaz, la cinta cuenta con una banda sonora del debutante Jerskin Fendrix a la que se pueden explicar los mismos adjetivos que a ella, y por tanto, una partitura exquisita, aunque no de sencilla escucha. ¡Qué cosas! Cuando todo cuaja y parece que encaja a la perfección, cuando cada oficio de cine dentro de una película llega a lo mismo, se suele dar una gran obra, pero ¿ello quiere decir que se trate de un visionado sencillo? El día que Lanthimos haga una película sencilla de ver habrá perdido su esencia y, posiblemente, ya no será Lanthimos.

La fotografía corre a cargo de Robbie Ryan, responsable de La favorita y los apartados de dirección artística, vestuario y maquillaje y peluquería destacan especialmente por generar unos universos propios inolvidables y persistentes en el imaginario de cada espectador.

Pero si algo destaca de esta película única es su personaje protagonista. Una suerte de monstruo de Frankenstein infantilizado con cierta tendencia a lo repulsivo e incluso a lo perverso e hipersexualizado en un mundo que no permite contextos donde los derechos de la mujer son la razón de ser. Este personaje es Bella Baxter y estoy convencido de que pasará a los anales de la historia como uno de los hitos cinematográficos sobre personajes femeninos de todo el siglo XXI. Créanme, quizás dentro de unos años la gente ya no hable de Lanthimos, ni de su cine, ni de ese prodigio de interpretación que fue una chiquilla llamada Emma Stone, pero sí lo harán de la alocada Bella Baxter que con su determinación, con su lucha, con su sexualidad y su libertad para ser sin que nadie la dirigiera como una marioneta, consiguió cambiar no solo su existencia sino al mundo.

Permítanse, gusten del cine de autor o no, dejarse llevar por este cuento de hadas retorcido y dirigido con delicadeza a la vez que con sorna, en los vericuetos de un viaje único a lo que es en realidad el feminismo. Una exuberante tarta disfrazada de cuento perverso, donde los hombres son los perpetradores y las mujeres las que sufren sus sinrazones.

Se puede asistir a los fondos del infierno, a la decrepitud humana; al verdadero amor y a la exploración del feminismo, la libertad o la sexualidad, pero ante todo pensar en las pobres criaturas que el desalmado de Yorgos Lanthimos se vaya encontrando por el camino. Una delicatessen visual tan exacerbada como pura.

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