octubre 14, 2020

Críticas: 13 minutos para matar a Hitler

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Intentos frustrados.

De todos es conocida, o al menos de una gran mayoría de cinéfilos de todo el mundo, la reunión que en 1962 tuvieron dos grandes del celuloide internacional como fueron Alfred Hitchcock y François Truffaut. Reunión que sirvió de base para el libro “El cine según Hitchcock” y para el documental Hitchcock/Truffaut que llegará a los cines en pocas semanas. Entre muchas otras cosas de las que estos dos genios hablaron largo y tendido, no podía faltar un detallado análisis sobre un género del que el director británico era un maestro: el suspense. Hitchcock explicaba a su interlocutor que es indispensable que el público esté perfectamente informado de los elementos en presencia. Si no, no hay suspense.

Uno de los ejemplos para entender el concepto de suspense que se mencionaba en la conversación, era el atentado que sufrió Hitler el 20 de julio de 1944 en su cuartel militar de Rastenburg. Tras varios intentos fallidos, el coronel Claus von Stauffenberg logró activar la bomba que llevaba oculta durante varios días en su maletín para que explotara mientras se celebraba una reunión de Hitler con los altos mandos militares. Trasladando el ejemplo real a su plasmación en el cine, lo que Truffaut y Hitchcock querían demostrar la tensión que se produce en el espectador al saber que en ese maletín hay una bomba mientras las personas que se encuentran en la pantalla son ajenas a este hecho. Hitchcock describía la diferencia entre la sorpresa y el suspense de la siguiente manera: Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: «No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar.» En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense.

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Toda esta introducción viene a cuento para explicar el estupendo inicio de 13 minutos para matar a Hitler. Oliver Hirschbiegel, quien después de aquella gran película titulada El hundimiento, y tras una carrera posterior plagada de producciones bastante mediocres, vuelve a Alemania para contar otro episodio relacionado con el pasado nazi de su país. En esta ocasión recupera otro atentado frustrado contra Adolf Hitler que sucedió el 8 de noviembre de 1939, dos meses después de la invasión de Polonia que supuso el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El comienzo de la película que nos ocupa es precisamente el desarrollo mismo de ese atentado. Da lo mismo que sepamos el resultado final de antemano. Hirschbiegel reproduce a la perfección las enseñanzas de Hitchcock sobre el suspense en esta escena, con el agravante de que, obviamente, el público esté siempre del lado de una persona que intente acabar con Hitler. Nos hace partícipe del sufrimiento de este hombre para colocar la bomba en el sitio correcto, para no dar un paso en falso o realizar un mínimo sonido que delate su posición. Mientras tanto, la cervecería se va adornando con las banderolas del partido nazi. La tribuna se prepara para que el Führer comience su discurso en conmemoración de su, también fallido, golpe de estado en 1923 por el que terminaría encarcelado. El público sabe que hay una bomba mientras Hitler pronuncia su discurso; el público ve a George Elser, el terrorista, muy lejos ya de allí tratando de llegar hasta la frontera con Suiza: el público espera en tensión la detonación y la muerte de Hitler así como la escapada de Elser. La tensión que genera el suspense bien ejecutado.

El riesgo que asume Hirschbiegel al comenzar su película con el suceso en cuestión a través del arte del suspense, implica necesariamente desarrollar el resto del metraje de manera que el interés no decaiga, bien volviendo atrás en el tiempo hasta ese preciso momento o bien relatando las consecuencias de dicho acto. Por desgracia, la decisión no excluye ninguna de las dos vías y a partir de ese momento, 13 minutos para matar a Hitler se bifurca en dos películas en una muy diferentes entre sí. Alternando dos líneas temporales distintas, el director recupera la atmósfera claustrofóbica con la que nos contó los últimos días de Hitler en El hundimiento, para recrear la detención y el interrogatorio de Elser. Al igual que en aquella, todo en esta parte de la historia se muestra desde una posición objetiva; hay tortura, sí, y métodos de interrogación basados en ella y en la amenaza, en la demonización antipatriótica del preso. Pero también se cuida de ofrecer esa ambigüedad del ser humano en la que no todo es blanco y negro, no todo es bueno o malo. Sin embargo, todo el interés que suscita la parte post atentado, se pierde al contrastarla con la vida de Elser antes de que se planteara cambiar el rumbo de la historia. La línea temporal que describe la juventud despreocupada del carpintero se desarrolla sin fuerza, sin un esquema con el que tratar de explicar los motivos que llevaron al protagonista a hacer lo que hizo. Se limita en esta parte a narrar su vida de mujeriego y su historia de amor con una mujer casada de su pueblo natal. Nada que nos haga entender, de una manera coherente, que una persona pueda tomar una decisión que le pueda llevar a la cárcel, o a un destino aún peor.

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13 fatídicos minutos pudieron haber cambiado el rumbo de la historia. 13 minutos de suspense que acabaron con la frustración del autor del atentado y de aquellos que deseaban el fin del nazismo. Hirschbiegel nos ofrece el suspense durante 8 minutos para aumentar unas expectativas que tampoco llega a cumplir. La falta de sutileza unida a una línea argumental carente de interés frente a la dejadez por potenciar la que sí lo tiene, relegan 13 minutos para matar a Hitler a un “lo que pudo ser y no fue”. Como la misión de Elser.

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