octubre 14, 2020

Festival de San Sebastián 2020: Nomadland

La lírica de la América huérfana.

La ausencia de un hogar. La sustracción del código postal de tu última residencia. Los desheredados del sistema. Así arranca Nomadland, la última y celebrada obra de Chloé Zhao, y con ellos apuntala la radiografía de la América huérfana del sistema, pretendidamente igualitario y lleno de oportunidades. Estamos sin lugar a dudas ante la mejor película de esta edición del Festival de San Sebastián. Y la del Festival de Venecia, donde se alzó con el León de Oro. Y la del Festival de Toronto, donde ganó el acariciado Premio del Público, trampolín desde hace años para ser una fuerte contendiente en los Oscar. Más allá de galardones a uno y al otro lado del Atlántico, Nomadland se alza como una de las películas más importantes del 2020 por derecho propio. Por calidad artística y por su capacidad para sacudir el corazón.

La vida es un constante movimiento. Una sucesión cíclica de encuentros y experiencias que enriquecen el devenir de uno. Explícitamente en Nomadland es un movimiento incesante, sin rumbo y por carretera cruzando los Estados Unidos en busca de un ápice de aquello llamado hogar. En este viaje en autocaravana, Fern se erige como la protagonista indiscutible y a su alrededor aparecen múltiples caras de la misma moneda: la vida nómada como mecanismo para subsistir en un sistema aciago al porvenir de cada uno. Este caleidoscopio de mujeres y hombres desarraigados configuran un retrato de los distintos recovecos de las raíces de América. El personaje de Frances McDormand se vislumbra, en cierto modo, como una especie de alter ego de la propia Chloé Zhao: un viaje en primera persona para aproximarse a esta realidad desde el realismo más cercano al documental. La experiencia narrada en primera persona reuniendo un elenco con actores no profesionales. La fina línea entre la ficción y la no ficción para ofrecer un cautivador amalgama de relatos personales. El verismo como motor de la emoción más primaria y menos artificial.

Nomadland arranca con el personaje de McDormand trabajando en las instalaciones de Amazon durante la campaña de Navidad: poniendo etiquetas de direcciones postales a hogares de todo Estados Unidos mientras ella carece de ello. Su vida nómada consiste en compras físicas aquí y allí, en herencias de compañeros de viaje perdidos o en regalos de nuevas amistades (Dave, interpretado con hondura por David Strathairn). Una familia, también, en constante cambio y movimiento. No obstante, la familia de sangre siempre es un buen cobijo para encontrar -aunque se momentáneamente- el arraigo y reconforte emocional. Una dosis de energía para retomar el sendero del destino y los caminos que, en última instancia, uno decide emprender. La sociedad empuja, sí, pero el ciudadano tiene su espacio de libre elección y la toma de decisiones define nuestro carácter y modo de vida.

Los estragos de la crisis financiera son el punto de partida de este viaje crepuscular, pero la película no focaliza su objeto de estudio en las consecuencias económicas, sino en una de ellas: los nómadas del siglo XXI. Como apuntó Manu Yañéz en su crónica desde Venecia, el espíritu nómada ha estado presente desde la propia fundación de los Estados Unidos: los colonos del Atlántico al Pacífico, la conquista del Oeste, los soñadores tipo Jack London… Fern y el resto de personajes son el último revelo. Todos ellos son el eje vertebrador de esta profunda reflexión acerca de la humanidad y la belleza en el mundo. Zhao casi brilla más en el guion: las conversaciones entre la protagonista y los compañeros nómadas son maravillosas y de ahí surge tanto la espontaneidad y el verismo buscados como la carga dramática del film. La austeridad formal y narrativa como conquista de la grandeza fílmica (y emocional).

Por otro lado, la emoción de Nomadland también nace de la simbiosis de Fern con la naturaleza, su soledad frente a la inmensidad es sumamente evocadora. La cineasta realiza largos planos por el entorno natural, situando a la protagonista a contracorriente del mundo globalizado. Todo ello aderezado con una belleza visual y sonora a cargo de la magnífica fotografía de Joshua James Richards y la exquisita música de Ludovico Einaudi, nunca en exceso, siempre al servicio de la lírica entre imagen, tiempo, espacio y relato. Otro de los puntos a favor de la película es la omnipresente Frances McDormand. Alejada de sus papeles más reconocibles, ofrece una interpretación sutil y cautivadora. Se adueña de la película, como su personaje, pero siempre cede el espacio necesario al elenco no profesional. La diferencia entre brillar por encima o brillar con el resto. La oscarizada actriz cumple con lo segundo.

Resulta muy estimulante comprobar cómo se comunican The Rider, la anterior película de Chloé Zhao, y la presente Nomadland. La América huérfana del sistema mostrada desde un inusitado realismo y lirismo en el cine estadounidense. La sociedad olvidada, los márgenes de unas comunidades sujetas a la costuras del sistema. Una cineasta china se ha erigido como la gran cronista cinematográfica de los Estados Unidos de hoy y de siempre. Relatos universales y atemporales que sacuden al espectador desde el realismo más puro, desprovisto de artificios dramáticos. Nomadland es una de las grandes películas del año y a Chloé Zhao ya se la puede considerar una de las grandes cineastas del cine USA contemporáneo.

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